Por qué. No es que seamos todos frágiles, pero ella cae. Angustia como un camisón vaporoso, en pleno verano. Verla ahí, enfrente, sondear impotencia, que andaba muy lejana, ya. Algo generado a través de máquinas.
Leo Boccanera, pero es nada. Literatura es nada. Leo cualquier libro, y es nada. 177 pesos de distancia.
Como una telaraña. No la red, sino la otra. La que recoge sus cabellos, imagen de cuadro. Rostro atribulado al mango, turbulencia continua: las horas. Cómo puede entregarse, así, al dolor.
Goce es palabra de mierda. Adoquín en autopistas nuevas. La conmiseración.
15 de septiembre de 2009
5 de septiembre de 2009
Pero no vino
Me viene su nombre a la cabeza. Nombre de hidra, cabecita loca. Vengo de un día no tan largo (qué lindo amanecer a las tres de la tarde), que tuvo sus cositas. Pasó el alcohol, vinieron los mates: y la pausa de escuchar Ani DiFranco, de querer escribir. Pero se me viene su nombre: su eterno nombre, su repetido nombre, y el rostro ese.
Duerme en el sillón-baulera el Negro, y el humo azuloso (el azulenco de Daneri, si es que así era) de mi pucho parte del cenicero pirata y pasa por entre el monitor y mis ojos. Soy, claro está, de Unión San Vicente, pero ellos ni plata tienen para el merchandising. Y a caballo regalado no se le miran los dientes. Sobre todo porque es grandote, cabedor.
El Negro duerme o está por, y la heladera zumba a treinta centímetros de su cabeza. La habitación, a oscuras: sólo el monitor. Se compró, ¿cómo se dirá?, tizas pasteles; algo pintó en casa, y me lo va a dejar: primer cuadro para las paredes blancas. Eso sí: sin marco, sólo clavitos.
Pasa un auto a lo lejos. Por la Agustín Garzón, que hoy tenía todavía algún que otro charco. Ayer la esquina estaba inundada. Rostros de la calle. Y rostro de ella, que era el que iba a estar aquí, hoy. Los días, variopintos.
Pero ajustarse a la corriente. Ani DiFranco tira algo tristísimo, pero, hoy por hoy, vivo a lo seco: indiferente, ni serio, apenas sereno. Luna redonda, iridiscente: ni un beh para decirte.
Duerme en el sillón-baulera el Negro, y el humo azuloso (el azulenco de Daneri, si es que así era) de mi pucho parte del cenicero pirata y pasa por entre el monitor y mis ojos. Soy, claro está, de Unión San Vicente, pero ellos ni plata tienen para el merchandising. Y a caballo regalado no se le miran los dientes. Sobre todo porque es grandote, cabedor.
El Negro duerme o está por, y la heladera zumba a treinta centímetros de su cabeza. La habitación, a oscuras: sólo el monitor. Se compró, ¿cómo se dirá?, tizas pasteles; algo pintó en casa, y me lo va a dejar: primer cuadro para las paredes blancas. Eso sí: sin marco, sólo clavitos.
Pasa un auto a lo lejos. Por la Agustín Garzón, que hoy tenía todavía algún que otro charco. Ayer la esquina estaba inundada. Rostros de la calle. Y rostro de ella, que era el que iba a estar aquí, hoy. Los días, variopintos.
Pero ajustarse a la corriente. Ani DiFranco tira algo tristísimo, pero, hoy por hoy, vivo a lo seco: indiferente, ni serio, apenas sereno. Luna redonda, iridiscente: ni un beh para decirte.
2 de septiembre de 2009
Panorama con insectos
La siesta. Ha refrescado. Van dos días que el calor amaina. Hoy, un poco más que ayer. Trina de a ratos un pájaro. No pasan autos, o apenas. Las zapatillas verdes están bajo la mesa de la compu, quizá de hace una semana: llegué con los pies cansados, cuándo, y me las saqué, sin desanudarlas, y me quedé en medias: cosa que no recuerdo, cosa que sé.
Huesitos de pollo en el suelo: Felisa me los desprecia. Un poco de desorden, un poco de caos, y ya estoy en casa. El mate se ha lavado, y de a poco consigo terminar de despertarme; en algún momento de la noche parece que me saqué la remera, dormido: había estado transpirando. Desperté con una inmensa tortícolis, frío de estos días, y ni lavarme la cara.
Canta el pájaro un poco más seguido. ¿Será un gorrión? Al frente hay un baldío yuyesco; pero lo quemaron, no sea que las alimañas. Mi gata trae cosas, en el verano: un escarabajo rinoceronte, un alacrán. Caza bichos y los trae, saltando por la ventana, para comerlos acá.
Lo nuevo: una mosca, gorda, dando vueltas hace un rato.
Tapitas para diálisis. Chúker. Cuentas. Un paquete de salchichas, vacío. Varias etiquetas, vacías también, abolladas. Panorama que me cobija, en el que soy. Quizá lea Nicotra, para propiciar un poco más de alejamiento.
(Recibo un mail de un tal Javier Bluster. Asegura que su paciencia se ha agotado. Que todos en "la city" andan con la cara larga. Principalmente porque ganan poca plata. Porque van para pobres. Y que la culpa la tienen "los Kisner". Y que el viernes, a las ocho, cacerolazo y apagón. Y que "golpista o no golpista". Un particular...)
Huesitos de pollo en el suelo: Felisa me los desprecia. Un poco de desorden, un poco de caos, y ya estoy en casa. El mate se ha lavado, y de a poco consigo terminar de despertarme; en algún momento de la noche parece que me saqué la remera, dormido: había estado transpirando. Desperté con una inmensa tortícolis, frío de estos días, y ni lavarme la cara.
Canta el pájaro un poco más seguido. ¿Será un gorrión? Al frente hay un baldío yuyesco; pero lo quemaron, no sea que las alimañas. Mi gata trae cosas, en el verano: un escarabajo rinoceronte, un alacrán. Caza bichos y los trae, saltando por la ventana, para comerlos acá.
Lo nuevo: una mosca, gorda, dando vueltas hace un rato.
Tapitas para diálisis. Chúker. Cuentas. Un paquete de salchichas, vacío. Varias etiquetas, vacías también, abolladas. Panorama que me cobija, en el que soy. Quizá lea Nicotra, para propiciar un poco más de alejamiento.
(Recibo un mail de un tal Javier Bluster. Asegura que su paciencia se ha agotado. Que todos en "la city" andan con la cara larga. Principalmente porque ganan poca plata. Porque van para pobres. Y que la culpa la tienen "los Kisner". Y que el viernes, a las ocho, cacerolazo y apagón. Y que "golpista o no golpista". Un particular...)
13 de agosto de 2009
Pero no llueve
Último pucho. Leo otra novela de Paule Constant, que me entretiene por setenta, ochenta páginas. En algún lugar corre, gotea el agua, y no logro juntar dos palabras para un poema. (Porque la escritura da sentido al que la escribe, mientras la escribe.) La gata se lame, ya de vuelta de hacer la chanchada nuestra de cada noche: sabia naturaleza. Retumba lenta y cadenciosamente mi heladera: marca de tiempo, Kontakte personal.
No hay nada abierto en San Vicente; a no ser la estación de servicio. Cómo lucran con los precios: los trasnochados, los trabajadores, los que saldrán, sábado por la noche, del baile, en busca de más, de hacerla durar más. Pero no tiembla San Vicente de pobreza (relación): las vecinas (y yo, y yo) nos demoramos conversando con la almacenera, y le deseamos mejores ganancias, o nos quejamos a dúo, mientras ella sube de a retacitos los precios. Precios de no saber, de no querer saber nada más que los buenos días.
Gotea el agua. Al parecer, el tanque de los vecinos tiene una pérdida, rebalsa. El patiecito de entrada, mañana, estará un poco intransitable; y no lo anunciarán por Mitre Córdoba. La buena temperatura de hoy tal vez continúe, las chicas empezarán de a poco a lucir sus prendas de sudar. No nos querremos un poco más (no hablo ahora con vos, amor; disculpá): nosotros, los habitantes del pozo. A lo sumo, nuevas viejas estafas saldrán a la luz, y dejaremos de comprarle al de la pollería.
El de la pollería; y su chico, un retrasado de cráneo estrecho, de eterna sonrisa, eterna baba. Gira hurgándose la nariz y te detiene, sin palabras, con una mano que se contrae. Hacen que te suelte, ya que se queda prendido, y vuelve a girar. Va siempre de polera.
No hay nada abierto en San Vicente; a no ser la estación de servicio. Cómo lucran con los precios: los trasnochados, los trabajadores, los que saldrán, sábado por la noche, del baile, en busca de más, de hacerla durar más. Pero no tiembla San Vicente de pobreza (relación): las vecinas (y yo, y yo) nos demoramos conversando con la almacenera, y le deseamos mejores ganancias, o nos quejamos a dúo, mientras ella sube de a retacitos los precios. Precios de no saber, de no querer saber nada más que los buenos días.
Gotea el agua. Al parecer, el tanque de los vecinos tiene una pérdida, rebalsa. El patiecito de entrada, mañana, estará un poco intransitable; y no lo anunciarán por Mitre Córdoba. La buena temperatura de hoy tal vez continúe, las chicas empezarán de a poco a lucir sus prendas de sudar. No nos querremos un poco más (no hablo ahora con vos, amor; disculpá): nosotros, los habitantes del pozo. A lo sumo, nuevas viejas estafas saldrán a la luz, y dejaremos de comprarle al de la pollería.
El de la pollería; y su chico, un retrasado de cráneo estrecho, de eterna sonrisa, eterna baba. Gira hurgándose la nariz y te detiene, sin palabras, con una mano que se contrae. Hacen que te suelte, ya que se queda prendido, y vuelve a girar. Va siempre de polera.
26 de mayo de 2009
Des vermines!
Diáspora desacartonada, mi occipucio ralentizaba las comas de guardar, asido como andaba a la ventolina fraudulenta de los camalotes inmejorables que adolecían de isótopos vencidos. Mi batracio de ser, presa de agitaciones, regurgitaba inmune cada trajín que el Tío procurara de por entre los tablones de tonsura y Coca-Cola. (Cuando, más acá de las discrepancias, la suerte va, la yanta calcina fácil helechos o de la dentición de los sobacos magros. Más por lo general y el arrecife, verdinegros pecíolos especularán fiero, a semejanza de retenciones y reflejos.)
Y no era que mi dominó de chichises surtiera mejoría: dolida, mi quietud se aparecía por entre los cañaverales y calaveras como un muñeco estacionario de las ventiscas agradecidas. No era que la yacija y conseja de las viejas verrugas añorase el puente: la perra y sus adobes, inmaculados como la desazón, se estremecían por lo bajo. De todos modos, aunque el acta de espiante conminara a descerebrados alfeñiques a disponer de saldos y retazos cariacontecidos, mi cimitarra torpe se descomponía como la escolopendra del adiós en que no quise.
En ésa estábamos, La Cuarterona y yo. Azabaches y librerías, la viruta implacable, pagoda de la abuela, escanciaba mermas. El patiecito de enfrente, enfermizo y azulenco, vidrio de pie, conminaba a descorchar seguido, y la muy vaga, pelambre y espinacas por lo bajo, desmerecía apuntes trabados, mientras que yo deshilachaba los broches de perderse al fondo. Tranquilos como una foto, franceses en eso de reconcomer la espátula contra las cacerolas, taimada caminó.
Entonces, redepente, el vicio. Surtía su comisura una mala púa de azufre, y las azucenas de ocasión esponsoreaban calamitosos oxitracios la banda en disco, mientras que Bach -insulto y desgarrón-, rojizo como un bache, percutía peladuras y mancuernas, y repetía a quien quisiese timarlo que la congoja insostenible en alma es derechura a puerto de babucha en pie.
Quizás haya desplante en mi cornamenta, y tenga que sugerir que La Cuarterona, rabo de cúmulus nimbus que lejos azafranara el muelle, moliendas en mi malla, escanciaba en ese momento un puerro. Entonces, moneda, sopor y liviandad, el vicio, tenor de los arrieros, chupacabras y vuelta a dentición de los soñados, desentumeció de una el picaporte, nervado como una pollera.
La muy vaga escupió contra el viento de los osobucos galanos, y mi mate, materia fermentada en añosos algarrobos contra lumbago y fiebre, tomó de las itas la mansedumbre y se fue como una escarapela meada por detrás.
Circunfleja, La Cuarterona me regardeaba el fiambre, y yo tosí. Calidad de ventosa contra mejilla pustulácea y macilenta, Bach volvió de un saque, y comimos mucho.
Y no era que mi dominó de chichises surtiera mejoría: dolida, mi quietud se aparecía por entre los cañaverales y calaveras como un muñeco estacionario de las ventiscas agradecidas. No era que la yacija y conseja de las viejas verrugas añorase el puente: la perra y sus adobes, inmaculados como la desazón, se estremecían por lo bajo. De todos modos, aunque el acta de espiante conminara a descerebrados alfeñiques a disponer de saldos y retazos cariacontecidos, mi cimitarra torpe se descomponía como la escolopendra del adiós en que no quise.
En ésa estábamos, La Cuarterona y yo. Azabaches y librerías, la viruta implacable, pagoda de la abuela, escanciaba mermas. El patiecito de enfrente, enfermizo y azulenco, vidrio de pie, conminaba a descorchar seguido, y la muy vaga, pelambre y espinacas por lo bajo, desmerecía apuntes trabados, mientras que yo deshilachaba los broches de perderse al fondo. Tranquilos como una foto, franceses en eso de reconcomer la espátula contra las cacerolas, taimada caminó.
Entonces, redepente, el vicio. Surtía su comisura una mala púa de azufre, y las azucenas de ocasión esponsoreaban calamitosos oxitracios la banda en disco, mientras que Bach -insulto y desgarrón-, rojizo como un bache, percutía peladuras y mancuernas, y repetía a quien quisiese timarlo que la congoja insostenible en alma es derechura a puerto de babucha en pie.
Quizás haya desplante en mi cornamenta, y tenga que sugerir que La Cuarterona, rabo de cúmulus nimbus que lejos azafranara el muelle, moliendas en mi malla, escanciaba en ese momento un puerro. Entonces, moneda, sopor y liviandad, el vicio, tenor de los arrieros, chupacabras y vuelta a dentición de los soñados, desentumeció de una el picaporte, nervado como una pollera.
La muy vaga escupió contra el viento de los osobucos galanos, y mi mate, materia fermentada en añosos algarrobos contra lumbago y fiebre, tomó de las itas la mansedumbre y se fue como una escarapela meada por detrás.
Circunfleja, La Cuarterona me regardeaba el fiambre, y yo tosí. Calidad de ventosa contra mejilla pustulácea y macilenta, Bach volvió de un saque, y comimos mucho.
9 de mayo de 2009
Micronesia de las constataciones
Monedas y dromedarios, rígidos mausoleos que alumbran, pulcro tu neceser, varada la distancia; y eucaliptus. Monedas o la suculenta molienda de otras fuentes, monedas de la ríspida deshidratación, tibio reparo. Ínsitos crisantemos que nadie varará, ínsitos vislumbres al través de tu frontera henchida, migraña y feldespato. Arrimos a un no ser de patas chuecas, monedas y escapularios -vencidos, resistentes-, colosa, duermevela.
Cada vez que de tu semblante enhiesto se desprenden oropéndolas de ocasión, eslavos amancebados mediante la resolana, miríadas encarnadas de nada que ver, nada que palpitar, nada a que asistir. Oropéndolas como las habladurías y rejunte de desplantes, última mishiadura -la frase incauta-, molécula capaz que se desdice contra los acantilados del quién; y el quién que caminó, y que condujo a las itas hacia una doble escansión bituminosa, magulladuras e insípidos cristales, arde la mano.
Máxima estornuda, Máxima se sorbe los mocos, Máxima sonríe a la cámara desdentada. Sudor de espalda o cuenco, miniaturas y desgaje de la alcancía, pasamanerías y escalpelos que hallamos al desgaire, libros como el plástico que no terminamos de hundir entre las sienes, armas de un filo menoscabado que dejamos desvencijarse en la acordada extensión de la pereza, una risotada es como un ángel, un gemido es como la pared contra la cual dormimos, otro bostezo es como la disección gastada de las penas sobre el coral de la madrugada. Y no concederemos el esparto.
Así, desaforados y obtusos, pasan los monos de la adivinación en andas, y pasan los almaceneros de la sonrisa desvaída, y también pasan las alondras que nada quieren de nosotros. Como una vigilia de la condición suntuaria de los alces, tememos relinchando. Como un quiste oxidado y arrastrado a través de las galerías al uso, tememos el sopor de la indecisión en Luna, rapto veloz.
Porque ante cada colosa que decapita, nos inclinamos como los malintencionados de antaño, y somos la garita infiel y seca en la que yace el albino, y a partir de nuestra manoseada conducta concluimos penosamente que somos el olvido de lo que sucederá. Torres: aroma, y detención.
Cada vez que de tu semblante enhiesto se desprenden oropéndolas de ocasión, eslavos amancebados mediante la resolana, miríadas encarnadas de nada que ver, nada que palpitar, nada a que asistir. Oropéndolas como las habladurías y rejunte de desplantes, última mishiadura -la frase incauta-, molécula capaz que se desdice contra los acantilados del quién; y el quién que caminó, y que condujo a las itas hacia una doble escansión bituminosa, magulladuras e insípidos cristales, arde la mano.
Máxima estornuda, Máxima se sorbe los mocos, Máxima sonríe a la cámara desdentada. Sudor de espalda o cuenco, miniaturas y desgaje de la alcancía, pasamanerías y escalpelos que hallamos al desgaire, libros como el plástico que no terminamos de hundir entre las sienes, armas de un filo menoscabado que dejamos desvencijarse en la acordada extensión de la pereza, una risotada es como un ángel, un gemido es como la pared contra la cual dormimos, otro bostezo es como la disección gastada de las penas sobre el coral de la madrugada. Y no concederemos el esparto.
Así, desaforados y obtusos, pasan los monos de la adivinación en andas, y pasan los almaceneros de la sonrisa desvaída, y también pasan las alondras que nada quieren de nosotros. Como una vigilia de la condición suntuaria de los alces, tememos relinchando. Como un quiste oxidado y arrastrado a través de las galerías al uso, tememos el sopor de la indecisión en Luna, rapto veloz.
Porque ante cada colosa que decapita, nos inclinamos como los malintencionados de antaño, y somos la garita infiel y seca en la que yace el albino, y a partir de nuestra manoseada conducta concluimos penosamente que somos el olvido de lo que sucederá. Torres: aroma, y detención.
25 de abril de 2009
Callada caminó
Como la piedra que callaba, como la borra que tornaba al silencio, los lisiados caminan a compás y escupen insectos y calaveritas, dentición o almendras que al ludibrio asisten, inmiscuida paciencia o conformación de Escamandros, pecíolos nervados desde la ventana sofrenaban potros, incómodo dromedario y colapsada región de abetos, díscolo inconducente que a la tortura exorcizó del mal, llaga persiste.
Idos como contusos, idólatras y mancebías de ocasión, encarcelado rescoldo que a la hora de la caricia miente, oxímoros en el Estado de fluyente música, la marejada protosensible es como un arrefice de estaño, y las alcanforadas lechugas, caídas, como en parto, coadyuvan, menjunje solicitador, a la testamentaria refriega que los índigos proclaman, cariátide inconducente que todas las noches refresca a albinos, noche de mercedarias, noche de esfinges, noche que atiende al por mayor y que, difusa, forma colágenos estultos y degollaciones.
Fungir mediante el vientre lo que no llegó, o la pesada piedra que al arribo escuálida asoma, vientre galáctico, límite indiscernible que a dos brazos menoscaba, medida suntuaria y funeral, lazo de paredones, inmejorable estación de adioses, "callada caminó". Tomo mi mate a sorbos de jeringa, se desentiende el occipucio y parte, más quebradas, dolida la mañana, ferruginosa, mi espalda es osamenta que, regurgitada por la desviación, colapsa entre antorchas, adocenada suma.
Y lo que fue en el piso, vela arrumaco, mantel de ligamentos y circuito base a modo de colchas, es nada más que sombra de otro velo, velo suntuario y mentolada azucena, conmiserativo dosaje. Porque pese al azul de que obteníamos, liza mediante, pocos e inmisericordes pliegues, rotura de gramática, ardimos para la siega y fuimos morsa de desvelo. Placer deglutido.
Idos como contusos, idólatras y mancebías de ocasión, encarcelado rescoldo que a la hora de la caricia miente, oxímoros en el Estado de fluyente música, la marejada protosensible es como un arrefice de estaño, y las alcanforadas lechugas, caídas, como en parto, coadyuvan, menjunje solicitador, a la testamentaria refriega que los índigos proclaman, cariátide inconducente que todas las noches refresca a albinos, noche de mercedarias, noche de esfinges, noche que atiende al por mayor y que, difusa, forma colágenos estultos y degollaciones.
Fungir mediante el vientre lo que no llegó, o la pesada piedra que al arribo escuálida asoma, vientre galáctico, límite indiscernible que a dos brazos menoscaba, medida suntuaria y funeral, lazo de paredones, inmejorable estación de adioses, "callada caminó". Tomo mi mate a sorbos de jeringa, se desentiende el occipucio y parte, más quebradas, dolida la mañana, ferruginosa, mi espalda es osamenta que, regurgitada por la desviación, colapsa entre antorchas, adocenada suma.
Y lo que fue en el piso, vela arrumaco, mantel de ligamentos y circuito base a modo de colchas, es nada más que sombra de otro velo, velo suntuario y mentolada azucena, conmiserativo dosaje. Porque pese al azul de que obteníamos, liza mediante, pocos e inmisericordes pliegues, rotura de gramática, ardimos para la siega y fuimos morsa de desvelo. Placer deglutido.
8 de febrero de 2009
Jején dormido
Leo, y no recuerdo nada. Vacío, laguna retrospectiva. Sólo me queda la sensación general de lo que leí: la sensación-prosa, la -verso (bah: la poesía se relee, y eso ayuda al panorama -curiosa expresión-). Cuando retomo una novela, me sitúo inmediatamente en el contexto; pero, cerrado el libro, olvido todo, por lo general de un modo inmediato.
Puede que sea como escuchar cualquier canción en inglés: no sabés de qué habla, y después sólo lográs acordarte de esa música cuando la volvés a escuchar, y, entonces sí, recién ahí podés ir tarareándola mentalmente mientras suena.
Es una manera de ocupar el tiempo. Ponerse, por caso, a pensar cosas mientras se lee -pero esto se da, no se busca-. Así, me doy a dos discursos: el del texto en cuestión, y el de mi disparatar interior, que se ofusca -me sucede, en serio- por los mismos nimios motivos de siempre, o se entretiene directamente con pelotudeces al toque.
Por ejemplo, Un barbare en Asie, de Michaux. Uno podría hacerse de 20.000 anécdotas de viaje francófono, costumbres variopintas de los hindúes o los chinos, perrito de Li Po, y se pone a especular con algo así como: "pero qué observación que se pasa de sagaz; me gustaría acordarme de ella, para comentarla, al menos" (la frase, que no sucede, es un instante, un flash, en medio del leer). Y, al párrafo, no queda ni la idea misma de acordarse.
Cuando era joven (joven: diecinueve años) era tan máquina de leer como ahora: pero con memoria. Y andaba como Sancho: en vez de refranes, citas. Y la reunión se amenizaba, y cada tanto podía pasar por "el príncipe de la fiesta" (¿Oteriño?, aunque descontextualizado).
Treinta y cinco: la triste edad de los que, aparte las taras propias de cada cuerpo, ya la pifian previsiblemente, y mal.
Puede que sea como escuchar cualquier canción en inglés: no sabés de qué habla, y después sólo lográs acordarte de esa música cuando la volvés a escuchar, y, entonces sí, recién ahí podés ir tarareándola mentalmente mientras suena.
Es una manera de ocupar el tiempo. Ponerse, por caso, a pensar cosas mientras se lee -pero esto se da, no se busca-. Así, me doy a dos discursos: el del texto en cuestión, y el de mi disparatar interior, que se ofusca -me sucede, en serio- por los mismos nimios motivos de siempre, o se entretiene directamente con pelotudeces al toque.
Por ejemplo, Un barbare en Asie, de Michaux. Uno podría hacerse de 20.000 anécdotas de viaje francófono, costumbres variopintas de los hindúes o los chinos, perrito de Li Po, y se pone a especular con algo así como: "pero qué observación que se pasa de sagaz; me gustaría acordarme de ella, para comentarla, al menos" (la frase, que no sucede, es un instante, un flash, en medio del leer). Y, al párrafo, no queda ni la idea misma de acordarse.
Cuando era joven (joven: diecinueve años) era tan máquina de leer como ahora: pero con memoria. Y andaba como Sancho: en vez de refranes, citas. Y la reunión se amenizaba, y cada tanto podía pasar por "el príncipe de la fiesta" (¿Oteriño?, aunque descontextualizado).
Treinta y cinco: la triste edad de los que, aparte las taras propias de cada cuerpo, ya la pifian previsiblemente, y mal.
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