14 de febrero de 2012

Ser mercenario de la escritura

Tengo todo para empezar a escribir. Todo, menos la frase. Escucho Philip Glass y pienso cosas idiotas, burdas, indignas. No logro entrar en el post: no comienzo a escribir. 

Porque soy de creer que escribir no puede ser algo calculado. Digo: me manejo con la idea de que lo que se va a escribir llega, de un modo u otro. Que el texto, si es "verdadero" (auténtico; sentido; x...), se desprende (de qué) tal como el fruto, maduro, de la rama. Que sólo lo tomamos; que a nosotros viene. 

Pero también barajo --¡costosamente, costosamente!-- el proyecto de publicar un post todos los días. Y entonces me siento, acá en la compu, y me esfuerzo (y me fuerzo), y nada sale. Y entonces me quedo pensando bastante patéticamente en qué consiste escribir, para mí. Y nada o muy poco concluyo: con claridad. 

No me sale ser mercenario de la escritura. No es que esté mal o bien, eso, sino que no pasa por ahí, digo, en lo que quiero argumentar ahora, la cuestión. Algo, sin embargo, de eso tengo, no lo niego: publico en blogs, y bien que estoy pendiente, por ejemplo, de las estadísticas que muestra mi escritorio de Blogger. No escribo, por caso, sólo para mí, o para el silencio (desde el silencio...). Lo hice durante años: y ¿me urgió? salir, "sumergirme" en la red; también, especular. 

Luego me desilusioné un poco: quedó el estilo, como diría César Mazza (que habría dicho quién). Quedó la gustosa rutina o tarea de ser blogger: ofrecer al esporádico lector, cuando salen, algún nuevo poema, alguna nueva anotación. Poner música para escribir. Hacerlo, y corregir; y decidirme a cliquear en "Publicar". Poco más. En el ínterin, conocí a otros bloggers. 

Pero está eso: el pergeñar. Los ambiciosos planes de un Pobre Guaso, que anhela de más, y mal. El recurrente fracaso de querer ser muy visitado y de no serlo, y el morirse de envidia cuando ve que otros bloggers tienen más seguidores que él, más comentarios, mayor -- popularidad. 

(El famoso Capitalismo Consumista, y cómo sus valores se divierten con nosotros, patéticas, risibles marionetas del lloriqueo y la sed...) (Pero la cosa no es, ahora, la crítica sesuda y malhumorada, despectiva, soberbia.) (Ni, tampoco ahora, criticar Blogger en tanto tremenda herramienta mercadotécnica y teleoficinesca que, por otra parte, es.) 

¿Qué sería ser mercenario de la escritura? ¿Quiénes lo son? ¿De dónde saco la idea de que la posta sería publicar un post todos los días? ¡Pero eso es un mero vox populi: algo que todo el mundo repite cuando nos cuenta (contándonosla) cómo es "administrar" un blog! ¡Una fórmula mágica, una maldita receta, y bastante barata además! Entonces, escribir todos los días implicaría, entre otras cosas, no hacerlo sólo cuando a uno se le canta, sino que sería como marcar tarjeta o algo así...

Pero ser mercenario de la escritura es serlo sólo por la paga, y sin que te importe el tema, la forma, la ideología, nada del texto... Por lo tanto, no soy un mercenario. 

(La idea de fondo es terminar forrado en guita, sin haberle hecho asco a nada, y sin que te haya asaltado el menor prurito o escrúpulo. Eso sería el supuesto básico de esa frase que se me vino a la mente, o a la anotación, más arriba, lo de ser, digo, mercenario de la escritura. Mi primer millón.)

Gira el ventilador. Este mes me acompañan Natalia Botti e Ivanna Palliotti. Suena el "Movement III" del Concerto for Saxophone Quartet and Orchestra, del mencionado Philip Glass. Estoy en un departamento algo mugriento, en malla y con un mate, y esa chicharra ya se calló. ¿Capitalismo Consumista? Por todas partes. ¿Escritura? Una miseria; ni idea de cómo es la cosa. ¿Lo de la escritura no pasaba por algo más puro, por algo más elevado, algo un poco menos mundanal? ¿Estamos, acaso, hablando de ascetismo; o de romanticismo decimonónico; o de...?

(Prendo un pucho. Fumo.) -- Definiciones; eso estoy queriendo lograr de mí: mediante una dialéctica torpe, o mediante un soliloquio agotador que a desvaídas y desmañadas cosas llega. Por lo pronto, esto fue escrito. Queda corregirlo. Queda publicarlo. 

27 de enero de 2012

Bárbara Attias versus Dominique Pestaña


"No recompensa es el sutil tesoro." 

Dos y media de la mañana. Escucho música de Philip Glass. Estoy en calzoncillos y de afuera llega una brisita agradable: fresca, suave; tenue. El cigarrillo humea en el cenicero indio; el mate está más que lavado. Pareciera que el verano quisiera despedirse: los días no son tan agobiantes, y ahora oscurece un poco más temprano. Pero la maquinaria del clima es voluble: ya me veo de acá a unas cuantas anotaciones escribiendo sobre un bochorno más: violento, salvaje, estentóreo. 

Fumo. Leí un poco del Diario de poesía y otro poco de Cuentos morales. Fueron lecturas que no me coparon; apenas si llenaron un par de horas, quizá menos, con palabras mansas, no contradictorias. Le había leído a la Ceci un poema de Aldo Pellegrini que escogí al azar -para estar más cerca de ella; para que entrara suavemente en el sueño-, y me quedé pensando en lo poco que se habla, hoy por hoy, de este poeta. Quizás estas anotaciones debieran contar sin más lo que pienso de lo que voy leyendo, releyendo, escuchando; una serena labor de difusión de viejos y nuevos poetas -mansa, no contradictoria- que fuese registrando pensamientos, observaciones, incógnitas sobre cada libro que la recurrente jornada y su azar "me deparan". 

Me acomodo la espalda. El Diario de poesía habla de la flamante edición de las obras completas de Carlos Mastronardi. Los dos tomos duelen $250,00: por ahora. Imposible agenciárselos. ¿Importa hablar de novedades editoriales? Uno de los columnistas del caso toma a Mastronardi como excusa para analizar, una vez más, a Borges. Poco se habla de la poesía del primero. ¿Desconocimiento? ¿Hará falta un tiempo más para que la crítica madure? Pero antes fue, pongamos, lo de Padeletti y, la verdad, de las 36 páginas que llevo leídas del Diario, no aparece ni el nombre. Habría que revisar los números anteriores. No parece haber, así, decantación de todas las obras completas que vienen editándose de unos años a esta parte; no al menos en esta revista. 

Pero no sé nada. No soy ni profesor ni estudiante. Apenas soy lector, y de los diletantes. Tantas veces que me sale tirármelas de "competente". Vicio de universitario fracasado, probablemente. Digo: no darme cuenta de dónde estoy parado. No pasa por que haya leído mucho: no sé articular ningún "discurso" coherente por más de dos o tres frases. ¿Es que no me la creo; es que no puedo creérmela ya? Sea, éste, mi modo, mi divagar. 

Fumo. Suena Philip Glass y la noche, tras las rejas, gravita en el silencio. Hoy vi una luna hermosa, amarilla, gigantesca, asomándose (poniéndose) entre los edificios. Había acompañado a Piedra Limada hasta su casa (me tenía que dar un dinero), y al volver la vi. La entreví. No me detuve a admirarla; me alcanzó con ese segundito para saberla. Cuando llegué a casa prendí el Skype y allí estaba la Ceci, a 1600 kilómetros de distancia, comiendo léber y chocolates varios, hermosa también ella en la penumbra de la habitación en la que estaba. 

Toso. Tengo desplegados los calendarios de la Gente y la Hombre en la mesita ratona, y el farolito naranja arde parejo su velita. Quizá lea blogs, más tarde. (Más tarde: luego de publicar este post.) Quizá ponga otro disco y escriba un poco más en mi Diario. Nunca dibujaría. Nunca tocaría el violín a las tres de la mañana. Podría dormir: para que el tiempo pase. Como que paso todo el día en medio de ocupaciones risibles, criticables, denostables. Años leyendo y escribiendo. Años escuchando música. Años deseando saber. Me acomodo la espalda y pienso en la terapia. Tal vez mi analista ya el primer día nomás se dijo: "le falla ESTO". Y vivo y muero en pleno ESTO; y no lo veo. 

Desazón. El mate está asqueroso. ¿Cómo será escribir una ficción? No creo que lo presente sea Literatura. La noche calla; Philip Glass avanza, metódico. Estas anotaciones implican también cierto método. (Frecuencia irregular, estilos varios.) ¿Es sólo la herramienta (esto es, el panel de Blogger), y el escribir? Redactar, corregir, publicar: como si fuera un trabajo desganadamente llevado a cabo. Sin recompensa. Sí, pero ¿y si tuviera un hijo? 

20 de enero de 2012

¿Ha escuchado usted alguna sinfonía de Gösta Nystroem?

Escucho una sinfonía de un tal Gösta Nystroem -podcast que descargué de la Radio Clásica de la RTVE-, mientras se escuchan las rueditas de plástico del coche de juguete de la hijita de los vecinos del fondo (de). Hará una hora salí a caminar, interrumpiendo la lectura de un ensayo de la Hablar de poesía nº 22 que me agencié ayer -gracias, El Espejo, por conseguírmela-, y volví a eso de las siete y media. El sol ya había bajado un poco: fui por la Agustín Garzón hasta las vías y pegué, sin más, la vuelta, y en todo el trayecto tuve más bien vereda con sombra. Me había puesto la remera polo amarilla, la que me queda bien chiconga, y sólo llevaba conmigo una agüita en una mano, y las llaves y $7,50 hechos un bollo en la otra. 

Y ahora escucho, por primera vez en la vida, una sinfonía, la nº 4, de Gösta Nystroem. Y googleo el nombre. De Suecia. Wikipedia tiene artículo en inglés, sí, pero, al parecer, no en español (¿traducirás?). Las escasas líneas que Vidas y Biografías le dedica no me alcanzan. Tampoco busco mucho más: no a la pavada. 

¿Quién fue este tal Gösta? ¿Qué hizo, y qué no hizo, mientras anduvo por este nuestro "Valle de Lágrimas"? ¿Y por qué lo escucho ahora, por qué escribo sobre él, qué me -qué les- importa, queridos lectores? 

Gösta: producto de mi rutina de escuchar el programa "Los Raros" mientras escribo, o mientras cocino, o incluso sin hacer nada, sólo oyendo, sagrada Música. Gösta: probablemente olvidaré pronto ese nombre. O no: al escribir sobre él lo fijo, de algún modo, en mí. No sé si en la memoria. No sé si en mis intereses. Al escribir su nombre, al repetirlo, le hago un lugarcito en este texto. ¿Vendrá un pintor -a finales del siglo XXI, pongamos- que se topará con estas anotaciones? ¿Me retratará? ¿Simplemente pondrá "Córdoba, Argentina" (¡o incluso "Pablo Seguí"!) en Google? 

Búsqueda de lo raro por lo raro. ¿Es eso? ¿Es realmente raro, eso? ¿Qué es lo raro? Esta música ¿cayó en el olvido? ¿Cómo son las cosas, allá en Suecia, para con el bueno de Gösta, ese viejo-peludo-estatua-ecuestre al que tanto quieren? ¿Cuántos escucharon este programa? Toso y escucho lloriquear a la nenita del fondo. Lamento desgarrador y gimoteante, del que no quedará memoria sino por esta prosa, transitoria también ella, tempus fugit... 

Fumo. Leía, hace un rato, la Rolling de este mes. Eso fue después de comer. Comí tarde, y me recosté en la cama con la revista. Escuchaba Bipolar y me volvía a sorprender con estos uruguayos, tan notables. Bueno: leía un especial sobre reggae argentino. En especial, leía una nota sobre Dread-Mar-I (tuve que consultar la revista para verificar que escribo bien el nombre del guaso). Porque me encanta divertirme con las prositas de la Rolling, porque me encanta leerlas y olvidarlas (hago lo mismo con muchos de los libros que leo, digo, olvidar), porque me encanta su estramboticidad total y cheta. 

Hay que estar en la pomada. Éste es un mandato que todos cumplimos, gozosos. Y la pomada es múltiple. Y varía de persona a persona: mayormente. Mi pomada pasa por escuchar cada tanto "Los Raros", googlear el nombre del compositor del caso, y pensar. Pensar, sin más: en la "Vanidad de Vanidades", y en Pampita, que también pasará. Pensar, por ejemplo: en qué fue moda para mi vieja (a quien saludo cariñosamente en el día de su cumpleaños), allá por sus 20, y qué pegaba. Acordarme, es decir, pensar: en ese vinilo de Eddie Gómez (¿se llamaba así, la vaga?, ¿no era Górmez?) que había en casa, y que nunca escuché. Lamentarme, es decir, pensar: en que no podré escuchar todo, en que no somos eternos, Saber Total. Y ni siquiera longevos, sino Perimibles. Por ahí, un poco longevistas, Macedonio, sí (pero también nos gusta el reviente, a varios de nosotros, al menos por un rato). 

¿Hacer historia de "la industria cultural"? ¿Para qué? ¿Con qué objeto? Devaneos y berrinches atrabiliarios, no nos tomamos en serio, sí, pero tampoco nos entregamos del todo a la corriente de los días. Pensaba, esto es, temía: que en realidad estoy haciendo mierda La Obra A Legar. Eso: no me tomo en serio sino circunstancialmente, y ningún Sentido Duradero (filosofia perennis) me atraviesa. Sólo: leer y escribir: a la bartola, más bien.

Ándame, por estos días, rondando el fantasma de Tolstoi, aparecido en una conversación reciente y muy sabrosa, y también, de algún modo, a partir de algo leído justamente en la Hablar de poesía que mencioné más arriba. ¿Para qué el Arte? ¿Para qué leer y escribir? ¿Me lo planteo realmente, acaso? ¿La Belleza? ¿Las Pelotas de Morondanga, Soterradas y Frías? Hay un hábito, una rutina, sí, altamente satisfactorios; pero eso no me justifica del todo, pienso. ¿Y si en el fondo sólo me estoy limitando a vegetar? ¿Y si de algún modo estoy siendo un Conformista de los no-Milagros? ¿Y si la Política es la posta -todo es política, muchachos-, y acá, como decía el tío del Gabo, se está muriendo gente que nunca antes se había muerto? ¿Y si los tiros de anoche, y entonces hay que ponerse a mandarse, uno también, La Gran Giannuzzi como mínimo y, como más, qué sé yo, no tengo idea? ¿A quién le sirve este post? 

Pensar a mano alzada: y con la freneticidad de un imberbe. ¿Qué pasa en el mundo? Esto, al menos: alguien escucha, por primera vez, una sinfonía de un sueco (ya de no ser) y escribe algunas cosas. Y fuma. Y caminó, por la tarde, y ahora oscureció; y es un desocupado. Alguien que es un desocupado escribe. 

Así, fumo. Se escucha un avión, una moto. La música se pierde en un pianissimo, y luego crece: de pronto. Ahora llega, lentamente, la soledad, la sobriedad, la meditación. ¿Qué estoy haciendo, yo, al escribir ahora, acá? (El pico, la pala. Ensuciarse las manos.) Pero no: uno busca Lo Real. Lo Más Real entre Lo Real. No hay modo de hacer otra cosa. No ahora. Este texto debe ser concluido, y corregido, y publicado. Y no hay otra cosa en el mundo más importante que eso. 

¿Por qué Gösta Nystroem hizo la sinfonía que ahora estoy escuchando? Había que hacerla. ¿Urgentemente? Si la cosa no le hubiera urgido, más le hubiera valido ponerse a carpir la tierra. Realmente, uno pierde muchísimo tiempo leyendo, escribiendo. ¿Para qué molestarse tanto, si no llega a urgir, a escocer? Y vaya uno a saber si es tan así. 

Prosa relajadita, ésta. Con pespuntes de confusión, de abismitos que quizá sean más bien pobretones, típicos de post adolescente -¡todavía!- inmadurito mal. Pero había que escribirla. Quito una máscara, juego con otra: tempus fugit; y nosotros con él. ¡Y qué asqueroso sería llegar al final habiéndose mandado tanto la parte...!

18 de enero de 2012

El Envarado y La Mejoradora De Mates (nº 4)

Hoy leí un poco de: la Rolling Stone; Spinoza; Parra. Fumé y tomé mate. También hice de comer, lavé la vajilla, ordené. Y ahora escribo. Y corre el agua, cascadita, del tanque del departamento de enfrente. Y es de noche, y estoy solo, y en algún momento dormiré. Y La Mejoradora De Mates partió: lejos, lejos, y por 20 días. 

Así que un poco escribir acá es para que no me pese tanto la soledad, y para que ella me escuche -ahora: sin leer-, y para justificarme un poco frente a los otros: los lectores. Digo: digo que escribo; más exactamente: cuando me preguntan qué hago, contesto que leo y escribo. Es, la verdad, un estribillo: como que de hace como dos décadas a esta parte contesto lo mismo. Y es real que algo se logra en mí al leer, al escribir, y por eso sigo. Así que ahora escribo: para ustedes, que leerán. 

En realidad, estoy en plena cejijuntez, en un "cariacontecimiento" total. Ella partió -no para siempre-, y la extraño. Y no he puesto música, y escucho cómo el ventilador zumba. Y pasa un auto por la Agustín Garzón, y me pongo a pensar que, hasta aquí al menos, este blog ha tenido mucha pelotudez, mucha, como quien dice, paja mental: cegado en medio de la Ciudad, intentando resguardarme de ella, sólo enamorado de la Poesía. 

El domingo pasado, sin ir más lejos, que iba a lo de mi chica, me bajé del E frente al Paseo Sobremonte, y me encontré con que los de Crese habían chantado camiones de su flotilla rodeando la Plaza. Toda, toda la Plaza. Según me enteré después, resulta que vertieron basura frente a lo del Intendente, y dejaron estacionados los camiones, y partieron con las llaves de los mismos, y "hasta la vista, baby". Cuando pasé por allí, subiendo por la Arturo M. Bas, vi muchos policías -y la CAP- apostados cada tantos metros, tan prolijos en sus puestos como los camiones rodeando la plaza. Y pregunté a uno de los canas qué pasaba, y me comentó -indeciso, petiso-, y entonces comenté: "ah, están haciendo fuerza", y él contestó sencillamente que sí, y lo dejé ahí, paradito y en silencio, en la calor del día, de gorrita y mofletudo. Y nada más, y todo. (Esa noche se sintieron potentes, dulces bombas de estruendo. Y después pongamos que se arregló, escribamos que por 15 días, y ya no sé más, y no prometo seguirla. Y por ahora no ha pasado Crese, acá por la Carlos Tejedor. Y mi novia partió.)

Prendo un pucho en la cocina. Me siento con tan pocas cosas... Por ejemplo, para ganar dinero. Pongamos que soy un artista (uno más) en Córdoba en pleno 2012 (quiero decir, en Occidente, hoy por hoy). ¿De dónde sale la platita? (Para comprar las cosas para la casa, para comprar los libros: mayormente.) Pocas cosas sé hacer; y me jode lo que tiró Robert Graves, eso de que el poeta lo es a tiempo completo o es un trucho. Estoy en la Ciudad, y nadie compra mucho que digamos poesía: Naturaleza muerta, mi tercer libro, recién salido del horno, no será éxito de librerías ni mucho menos, no será, para nada, best-seller: ponele la firma. Y trabajar es indigno, escribo dándome un gran gusto. 

Fumo. No sé si estoy dispuesto a cagarme de hambre. Y calculo que la Mejoradora De Mates no se bancará mucho que digamos andar con un muerto, digo, con uno que no quiera, porque no le interesa, salir de pobre. Pongamos que ella quiere -¡y yo, y yo!- una casita con tres habitaciones, y hasta patio. Y que de paso quiera tener un perrito, y todo eso. Y que quiera tener todas esas cosas conmigo, mi vida. Y pongámosle que yo siga queriendo ser artista (uno más, digo, de entre el montón de los que aquí en Córdoba queremos eso, muertos a los que no nos juna nadie: el quiosquero, la panadera, el almacenero, el Intendente y sigo restando). ¿No dirían, queridos lectores, que por lo menos va a estar duro? ¿Y que la cosa puede ponerse difícil -digo, la relación-, por no decir imposible? ¿Y no es verdad que al menos algunos de ustedes desean -¡confiésenlo!- que yo siga profundamente enamorado, tal como -¡por el Can!-, juro que estoy? Porque, convengamos que, cuando ejercito la verba amorosa (no la quejica, ojo), algunos de ustedes al menos, lectores queridos, dirán, ante esa entrada: "¡ay!, ¡ojalá que a este muchacho, a este ignoto blogger, se le den las cosas! ¡Cosa de seguir leyendo anotaciones como ésta, que tanto nos gustan!". 

A la distancia, la quiero. Y "el propósito de enmienda" me brota lentamente. ¡Qué puedo hacer, pobre de mí, con mis palabras! Escribir, tan sólo. Será que los artistas somos, para empezar, ciudadanos, ni más ni menos, ni mejores ni peores: apenas ciudadanos entre otros ciudadanos. Y que no hay privilegios especiales, ni caprichos que se les haya de conceder, ni nichos de salvación dispuestos desde el Parnaso para ellos -digo, en vida- por el que zafen sin más. Será que una casa de tres habitaciones con lugar hasta para un perrito cuesta su alquiler, y su luz, y su agua, y su gas, y aparte el cablemódem y demás chiches indispensables para que la muchacha de marras no se bajonee. Todo artista que se precie de ciudadano -por áhi cantaba Garay- se dará cuenta de que así nomás es la cosa, y que él no por ser artista zafará, pongamos, de barrer y pasarle el trapo al piso. Y puede que hasta le tome el gustito a la cosa. Todo: mientras no sea un best-seller más, mientras no gane la Lotería, sueño del pibe. Quizás entonces el artista -¡este artista, este escritor, muchachos!- le vea otra gracia a la vida que la del mero, fantasmático leer y escribir (¿qué?: Poesía). Por qué no. La Mejoradora De Mates se fue, pero volverá. Y no con los millones precisamente. Y la verdad que este escritor, como buen hijo de vecino, lo que más quiere es amar y ser correspondido. Eso al menos viene queriendo en los poemas que de siempre escribió. Ojalá la cosa no haya sido -¡pobre guaso!- llenarse la boca de Ideas, Ensueños, Mentiras. Y ojalá -importante- no olvide que un día escribió esto. 

10 de enero de 2012

Resistencia o negociación

Acogollaste los dicterios de arrejuntar engarces, demoledora yegua, contubernio feraz, y, de la estirpe o miembros que el rechupete lancinante, acondicionador, tirria de esputos contra el abedul en muesca ínsita, apadrinó contra los hicsos, seleccionaste o viste un estipendio patrio, putonas y lloronas y ordenanzas, aro de seda. 

Sí: tu regurgitar divinidades cancas, ese bacilo tuyo de absorber o el diez o las minetas, chancro o furor deciso que mi menarca lame, insoportable alacena, millares de volúmenes exhaustos y biliares escolopendras en sed y ella partió, asida de tu pan por entre las colinas/arce, fulcro y Ley que, marioneta o paso obligado, es picha. 

Vasito asquerosiento de los endriagos mil, erisipela y chata de bordar, numen atroz el bizcocho de tu chozna, cansina ella, rapto veraz o de lo formulaico. Tomemos a Cristina como emblema: la vejaremos fuerte entre los tablones de la juntura ardiente, obra y asado, juiciosa manyará de empréstitos como que inclementes, recordatorio vil de Mamita Capellina, del inclemente neceser de esporas, de todas las revolú canciones que bien mamaste. 

Ay, Cristina, velamen o bauprés, Cristina o el bando en la tormenta pulcra, Cristina en pie de labia contra el corso en agresor, padrillos y la fama de entenados, prosopopeya/abuso y un refilón de alcance o sándalo-ahí. Zapato conductor de lambeteadas guasas, gemidito quejica, estirpe de moléculas otarias, mate y materia de esa tu rienda omnívora de fuentes, cacique/esparadrapo o de la Cólquide que, entre tanto, amarrocás. 

Me rasco y me convenzo de guedejas, calaña occisa del envite o megaterio del Amado, salitas y modularcitos de esperar a que te sueñen por entre cocoteros de piel, piel como la jeringa y la canícula, canuto del enema valedero, miniada como la sirte que te aburre. Callada caminó: aguantadora cana. 

3 de enero de 2012

Un "no" no terminal

¿Una vagancia? ¿Una indolencia? Un no soportar la presión. Un abandonarme, soldado ruso que se deja caer en la nieve para allí morir, exhausto. Mejor: un no poder. 

No es, no, vagancia, ni indolencia, lo mío. Es querer estar, precisamente, entre lo mío. Es querer escribir este texto, no importa nada más. Después, sí, se verá: eso es después. Es necesitar -yo mismo conminándome- el cumplimiento de mi palabra: redactarla, desarrollarla, hacerla. Ahora es el ahora, y será mío; o no seré. 

Un no poder. Un negarme, obcecado, a lo que el Otro quiere. Otro/neblina, sin rostro claro o singular: tremenda efigie. Y me rebelo. Quiero decir: me niego, me abandono: para rebelarme. 

No será lo mejor. Pero saber qué es lo mejor implica, siempre, manejar duchamente la razón, ¡oh ecuánimes Ayudas! Y en momentos como éste no se aceptan consejos. Ni piadosos ni contumaces ni de ningún otro tipo. Porque todos serán de Vos, Otro desmesurado.

Así, queda escribir. ¿Para dar cuenta? No. Para respirar, para pasar en limpio un poco un par de equis. 

¿Devaneo, quizás? ¿Zozobra pobre, lastimera? ¿Quiero dar pena, acaso? Escribo como cegado de ilusión, o no: como buscando mi propio aumento. Tosco y deciso, de algún modo. 

Escribo siendo un bruto de la voluntad. Escribo para así poder seguir escribiendo, para así no terminar por fenecer. Un "no" que afirma, sí, y un viejo, rotoso impulso o clarividencia, que aún salvan. 

¿De cosas de qué tipo he de morir? Básicamente: de entregarme, por fin, a la corriente. Eso: de, por fin, ceder. De hacer de mi conciencia un sapo: millares y millares de luciérnagas: y preferir la consunción. 

Un "no" no terminal; sordo, continuo. 

16 de diciembre de 2011

La Currucucha Infame: a los tumbos

Apago la colilla. En los auriculares suena "Limón y sal". Comienzo un nuevo mate: y cuántos irán en estas mañanas, estas tardes, estas noches. Vicio de contar; querer glosar a Borges: habrá un mate que será el último. ¿Y si me quisquiera, alguna vez? 

Miro el Nycz que colgué acá frente a la compu, con dos clavos que me facilitara Piedra Limada, clavos tremendos, carpintería. La lámina me dice cosas. Fondo de cartulina azul, la silueta -rostro y torso de trazo simple, neto- es de un cuerpo que se expande. La forma en que están diseñadas las pupilas -con liquid paper- es curiosa; y la luna, "que crece como C", flota allá arriba, elevándose, rodaja de melón blanco, hielo y cristal de un sitio sin estación determinada. 

Prendo un cigarrillo más. "¿Te acerco mi movilización?" Restos de algo que finalmente no vi, bandera del amor y la ternura, me quedo cavilando. Suenan Los Cafres ahora, en la Pobre Johnny. Me crujo los dedos del pie. Cuerpo que tarde o temprano cederá al desgaste natural de las cosas de este mundo, por más que el organismo luche, por más que esté conformado para, en principio, luchar, para oponerse a la erosión, a la inercia. Cuerpo sensible, cuerpo sujeto a padecer diversas afecciones: allá en su departamento, o quizá ya partiendo al trabajo, hay otro cuerpo. 

Mi cuerpo, el suyo. Su cuerpo, hermoso, femenino, salvaje, civilizado. Todo tembló, y partía. Y se negaba. Y yo qué puedo decirle, qué puedo hacer que no sea darle más palabras, dirigirle más palabras. Pobres palabras, puente y muro a la vez entre los cuerpos, sus dueños. Sus dueños, sus usuarios, mentes. Sus yo, sus vos, sus ella. 

Cantan Las Pelotas "La colina de la vida". Prendo otro pucho. Carraspeo, fumo. No pasa por la Filosofía -no pasa por tal o cual filosofía-, sus enunciados. No es simplemente hablar sobre cómo hay que considerar al otro, qué es el otro, qué soy yo. Pasa por qué hago efectivamente yo, o vos, o ella. Como cuando Nietzsche se puso a investigar las diversas morales efectivamente existidas: no el versito, ni lo melifluo, lo bienpensante, sino cómo cada uno realmente vive, viene viviendo: sin tapujos, sin pruritos, sin eufemismos. 

"Tiempo al tiempo; aceite al engranaje." Diez años en el fondo de estar solo -lo de hace dos no cuenta, ser pata de lana la verdad que no cuenta-, y me encuentro con que todo lo tengo que inventar día tras día. Y quiero, claro, pero estoy perdido, desorientado. Quiero e invento, quiero y propongo, quiero y le busco la vuelta; pero me falta el background. Así, sobre la cuerda y sin red, apenas una pértiga que algo me ayuda, voy hacia ella llevándole una planta de albahaca de que ella muerde una hojita con los dientes, y ahí nomás al toque emprendo nuevamente el vuelo al otro extremo, buscando otra cosita que llevarle: una plumita, una ramita, un pedacito de nylon: para esta especie de nidito que como que instintivamente me sale querer hacer: con ella. 

9 de diciembre de 2011

Anotación y espera

Sí, bueno, son las doce: ¿por qué no andar en calzones por la casa? Si tengo cerrados los postigos, si el mate está agradable y, más que acompañar, refresca... Si aparte hace calor, sí, pero del suave, y las 40 Obras Fundamentales de los Divididos, sonando con toda su potencia, baña mi pielcita no sudada, joven, y yo tengo la nítida sensación un poquitín arisca de que esta música no me está enervando, no ahora al menos... Así, andar en calzones por la casa -y no es que ande, sino que estoy sentado en una de las sillas verde quintil, desvencijada y crujidora, frente a la compu- no está ni mal ni bien sino que es una especie de básico dato agradable del modo de conducirme, hoy, por mi ranchito. 

Sí: me prendo un cigarrillo. Sí: la primera seca me asquea un poquito. Sí: dedo pulgar izquierdo, piel resentida de tanto gatillar el encendedor, leve dolor de piel agredida mal por el tabaco, la brasa, el cáncer posible. ¿Pero es que acepto el horror "descolado mueble viejo" a enfermarme de cáncer? Temerlo, verlo venir, sufrir cada vez que prendo un pucho... Alimentar con términos propios la profilaxis biologicista de odiar la muerte, esa Ilustrada... 

Me acomodo la espalda. Por estos días leo la vieja Literal en edición facsimilar, y la verdad que es como un imán, algo de que no puedo levantar la vista: fascinación. Se destaca, en la nº 2, la nota de Oscar Del Barco; pero lo hace como el texto que difiere de un cabo al otro con el resto de los escritos de ese número. ¿Es que es más bien "literario"? Los otros hacen medio que otra cosa. Del Barco pone en juego una materia lingüístico-literaria mucho más rica, más variada, más refinada. Tiene su fuerza, pero tampoco le creemos tanto. No tan cross a la mandíbula como el resto. Releer.

Fumo, tomo mate. Suena Divididos bien al palo. Estoy en calzones y soy seriamente feliz, de algún modo. Criollitos (creo que eran chipacas) envejecen en una bolsita de plástico transparente, acá al lado del teclado. Compré dos Camel, anoche, porque pintó; en la estación no había Gitanes, y no quería llevar de nuevo Philip. La que atendía era pongamos que boliviana, petisita, y andaba como que sin muchas ganas de trabajar. Qué cosa, la estación: ahí es el único lugar en el que me asomo a los diarios (La Voz..., La mañana...). Los consumo de un saque, automático y desinteresado, como quien cumple con una ¿obligación?, ¿prolijidad? Como ver tele cuando hay un televisor encendido en donde estamos... 

Ganas de que mi amorcito se conecte. Escribir para hacer tiempo. Disfrutar de hacerlo, también. Ganas de comer con ella, de matear con ella, de charlotear riendo con ella. Ganas de. Ganas.

7 de diciembre de 2011

El Envarado y La Mejoradora De Mates (nº 3)


"porque sí porque sí porque zas!" (Jorge Guillén; pero no tal cual.) 

Ahora está durmiendo. En unos quince minutos serán las ocho. Como ella duerme, tecleo despacito, suavemente, sin golpetear. Estoy en su departamento y dormí unas dos o tres horas, y después, tipo seis y media, desperté y decidí no seguir durmiendo. Y bajé a comprar puchos, cuidando de no hacer ruido al  abrir la puerta, al volver, al ratito, a entrar. Y me cebé unos mates y estuve "trabajando" un rato en el Google Reader; y noté, mirando hacia más allá de la ventana de este quinto piso y por cómo empezaban a pasar cada vez más seguido los autos, cómo el Centro largaba con una nueva jornada. Y fui feliz. 

Salimos, anoche -serían ya ¿las dos?- y nos fuimos caminando "velocidad crucero" a la La Alameda, a cualquier parte. La Peatonal estaba hermosa y, cuando lo vi a Tatú, me dije para mi coleto: "no sólo para mí pasó el tiempo". Y en un momento le dije (a ella, no a Tatú) algo así como que qué visión debía tener ese tipo acerca de la vida, la verdad; porque contemplaba cada noche, porque miró todas las noches desde hace años, desde la barra, llenarse, florecer, irse vaciando las mesas de ese ¿bolichón?, charlotear la gente joven, romperse cuerdas de guitarras cada tanto, pasar, como en Le bal, la vida. Cada tanto, le decía (a ella, no a Tatú), habrá sacado alguna pequeña conclusión, habrá elaborado alguna pequeña verdad sobre las cosas y el mundo: sobre la realidad.

Ella había comprado elefantes. Costosos elefantes que la adornaban y de que gustará  volverse a poner: feliz -me juego a decir- ella también. Estaba más que hermosa, y cuando supe que se había puesto guapa para mí, cuando lo supe -digo: no porque me lo dijera explícitamente, sino porque me di cuenta, porque caí en la cuenta-, bueno, nada, cómo explicarlo: ya no me importaron más los básicamente diez años de soledad, de ascesis, de sacrificio, de odio, de hondísimos hastíos y melancolías fuleras, de tantas otras cosas; digo: fue como un borrarse sin más de tantas cosas, así, realmente porque sí: porque alguien, en este mundo, me quería. Y fue un soplo la vida, un soplo que me rozó la frente y la limpió de pesar. Algo así. 

En fin: que cambie la escritura. Vencida la ilusión, queda el estilo, diría mi analista. No sé qué pasará, con respecto a tantas cosas. No sé en el fondo nada a ciencia cierta. Lo que sí sé es que he "crecido": como una marioneta que venía padeciendo mal por la vergüenza quizá pueril y que un buen día le salió moverse diferente: con un poquitín más de gracia al menos. Si de eso se trata "crecer", está copado. 

1 de diciembre de 2011

Un julepín más, y van...

Todavía no sé qué me pasó, de nuevo, hoy. Sé que mi rostro anduvo en éxtasis, en orgasmo, por dos o tres horas más o menos. Sé que hubo un golpe, y que entonces temí la euforia, y entonces respiré, comencé de nuevo a respirar, a luchar contra esa especie de extrema voluptuosidad extenuada. Sé que me impuse descansar, y que no conseguía dormirme, y que las voces en mi cabeza se sucedían, cada tanto: esporádicas, casuales y desconocidas -a veces perturbadoras- siempre. Sé que finalmente me relajé; pero mi cuerpo un poco todavía se cuece en ese infierno. 

Escucho obras de cámara de un tal George Enescu, interpretadas por la ya clásica Kremerata Baltica. Tomo de un porongo que me regalaron hace muy poco (fue el lunes, allá por Quintas de Argüello, creo: todo un periplo en el N). Fumo un Gitanes. Bastante atabacadito estoy: otra señal, la de fumar de más, de que las cosas no marchan del todo bien. 

Pero digo las cosas del párrafo anterior y, la verdad, no digo mucho que digamos. Y casi que tampoco aportaría mucho que digamos con ponerme a repetir la ya manida -por enojosa, y por ya vaciada de sentido- leccioncita de mi psiquiatra actual: eso de que la bipolaridad o trastorno de los estados del ánimo, eso de que la violenta oscilación posible, o eso -que es a lo que más temo- de que quizá se dé después una nueva, asquerosa depresión. 

Muy poco, la verdad, se dice al decir tales cosas. Se dice, en cambio, mucho más al escribir. Pensaba, por ejemplo, en la "estasis", eso de que habla Harold Bloom en La angustia de las influencias: eso de estar como que a tope entre el adentro y el afuera; en equilibrio. Pensaba que la verdadera escritura se da en cierto momento en que algo (que no sabemos por el momento qué es) falta, urge, presiona: el desequilibrio, justamente, de lo de adentro, que pasa a necesitar, a carecer de algo que tendría que estar allá afuera, si nos ponemos en optimistas. Pero pensaba estas dos o tres pavadas, y dejaba de pensarlas: debilidad o flojera de alma. 

Porque la mente, en casos como el mío, al verse arredrada por ESE malestar, se pone a pergeñar, digamos que bastante desesperaditamente, soluciones, explicaciones, consuelos, vagas estrategias para poder así creer que zafará más rápido, más fácilmente; que está zafando ya. Anhela por sobre todo volver a la normalidad, esto es, a lo conocido o, mejor dicho, a lo acostumbrado, a lo habitual. 

Fumo. Escucho este Octet, op. 7 del tal Enescu. Leí un poco de la Ciudad Equis de este mes, para tener una lectura ligerita al menos, nada exigente, de "actualidades del mundo de la cultura local"; le decía a La Mejoradora De Mates, por celu, que qué bueno sería tener acá en casa dos o tres de esas Cimoc que ella tiene dispuestas en el revistero, dos o tres Manara -buenas minas-. Venía de leer Valéry tempranito a la mañana cuando empezó a darse esa como que demasía, esa sobreexcitabilidad capciosa, ese sensualismo que se abandonaba lujurioso al estímulo y que, por eso, me volvía demasiado vulnerable, demasiado expuesto a lo que fuere. Una buena historieta, pensé al comprender que tenía que descansar, algo bien pasatista, bien liviano, bien fácilmente decodificable, eso hubiera sido lo ideal. 

Tomo mates (Cruz de Malta amiga; perdóneme, Romance). Ventanas y puertas 'soigneusement' clausuradas, postigos bien cerrados: hacer un ámbito para el reposo sosegador. Eso: un buen Spa Seguí para mí mismo: el oasis vital para no entregarme tan así al frenesí casi que de órdago del Facebook que me tocaba imaginar, la firme voluntad de no querer tan así resbalar por entre los lascivísimos estímulos sensoriales de la información líquida, volátil, en que se me habían convertido las redes, lo que poronga fuera. Un cachitín aunque más no fuere de sabiduría, de autoconciencia al menos para decir: "basta. por hoy / el saco cuelgo."

13 de noviembre de 2011

El Envarado y La Mejoradora De Mates (nº 2)

Ahora son las seis de la mañana. Suena suave Space Available, por el Kornstad Trio. Quién será este Håkon Kornstad. Un saxo, un contrabajo, batería.

A veces pienso que el jazz muchas veces carece de emotividad, de entrañabilidad. Sus melodías propician otro "estado de ánimo", no aquellos aparejados a la música clásica, o al tango, etcétera. Es el sonido jazzy, tan particular y a la vez tan variado, tan rico. Algo como que cool, una especie de más allá citadino (¡New York, New York!), algo para poner de fondo y que es a la vez complejo, inteligente, sutil. 

Ideas que no desarrollaré. Voy a contar, en cambio, que acabo de terminar una Obra Poética de Edgar Bayley (Corregidor, 1976), lectura que me deja admirado y a la vez cavilando. Compré el libro en El Espejo junto a El poema de robot, del inconseguible Marechal (puede que ahora lo relancen, ¿no?), y hoy di cuenta del primero, en una sola jornada de lectura: 198 pp. plenas de sentido, de gran amor por la vida o, más bien, por la realidad, lo cotidiano inmenso ("nunca terminará es infinita esta riqueza abandonada"). 

Recuerdo haber leído algunas pocas cosas de este poeta hace ya muchos años, y en ese entonces pensé que hablaba de cosas fantásticas, extrañas, quizá hasta exóticas. Con el tiempo fui dándome cuenta de lo que digo más arriba: de que Bayley vivencia profundamente la realidad, y nombra muy muy "poiéticamente", y a veces le basta el mero sustantivo ("Mi amada estanque azul huerto cabellos", reza un título de uno de sus poemas) para lograr alcanzar las cosas de un modo pleno, y elevarlas a un grado inaudito de realidad. 

Pero qué: leo estando enamorado. Y leer así vigoriza y da tanto sabor a las lecturas, a la música, a caminar por las veredas, por el centro, a saludar, hace unos días, al matrimonio de quiosqueros por el día del canillita, a ponerme chocho porque voy a la verdulería, cosas así. Digo: ¿y si hubiera leído Bayley, digamos, hace cinco o seis meses? Digo: ¿cuántos son los libros que básicamente "suicidé" por el mero hecho de estar, cuando los leí, deprimido oscuro mal? Y tanta música escuchada, tantas horas y meses y realmente años de manosear tan desalmadamente cultura, belleza, artes. 

Siempre lo supe, y la verdad que lo dije con claridad: de nada sirve nada si "no hay un cuerpo / al que abrazar, acariciar, besar". Recuerdo un video-arte visto en el Goethe o cosa así, hace mucho: alguien tomaba un libro tras otro de una biblioteca, leía el nombre del autor, y lo arrojaba a un rincón. La pila de libros que se iba formando era impresionante, en tamaño, en volumen, en peso. La angustia, la desesperación, la soledad, la terrible melancolía, el odio incluso, corroen el alma, digo ampliando un título de Fassbinder. ¿Será, de última, algo de índole evangélica? 

Tampoco hay por qué ponerse a escarbar tanto, por estos días. Días que son nuevos, días de cara cambiada, renovada, joven, días de cuerpo lozano, reluciente por el afecto y el sexo, terso. Días de entender con mucha inmediatez de qué habla Bayley cuando le habla a la amiga, a la amada, a la mujer, cuando nos habla del mundo, de las cosas. Días, en fin, de completar bien el sentido, de no ponerse a sospechar; días sin mayor cálculo. 

9 de noviembre de 2011

El Envarado y La Mejoradora De Mates (nº 1)

Qué hermoso, tremendo chubasco que cayó anoche, ahí en San Juan y General Paz (y también en San Vicente, me informa Meneses), chubasco y mar que contemplamos desde debajo del techito del bar del teatro (institución). Veíamos el reflejo de las luces de los semáforos combinándose con la de los autos que cruzaban la esquina (onda un poco el Nycz que sabía estar en Las Tipas, adentro), por fin nos refrescábamos (nosotros dos, digo, sí, pero muchos más) del calorón horrendo, mefistofélico, de "la Córdoba de ayer", calorón que nos aplastara por la tarde, calor inmundo, seco, y el sudor. Ya cuando salimos del teatro en el entreacto (el consabido puchito obligatorio) habían caído algunas gotas -gruesas, querendonas-, pero todavía la calle jadeaba mal de temperatura, ambiente chancho. Pero después, ya en el bar del teatro, Quilmes mediante, se largó, y se largó bien, y era el mejor cierre (el famoso "broche de oro") para lo que acabábamos de presenciar.

La Mejoradora De Mates se fue encontrando más o menos seguido con gente conocida y, si bien no huía, algo reculaba; yo vi un fantasma, al que evité con ejemplar escrúpulo y tesón. El disco dolía $50,00, y la verdad que, con lo que vi, si hubiera tenido guita habría gatillado con grácil ligereza y generosa despreocupación; porque el Nonsense Ensamble Vocal de Solistas me dejó pasmado, boquiabierto, estupefacto mal. La verdad que siempre tuve mis prejuicios a la hora de escuchar música vocal; más infundados que la mierda, tengo que confesarlo, honor obliga. Hermosas las voces, hermoso el combinarse de las mismas en acordes, en contrapuntos o lo que mierda sea, en plenitudes y sutilezas varias, riquísimas, admirables. Hermoso atender a la expresión de los rostros de cada intérprete, los movimientos de sus cuerpos (de riguroso negro, en pata), y la vaguita que dirigía, que pasaba como si nada de un pulso a otro (realmente asombroso), integradísimo macerado bien el ensamble.

Y, ya terminada la función, cómo le señalaba a La Mejoradora De Mates la diferencia abismal que hay entre escuchar un disco en las casas e ir a oír música en vivo. Más allá del asunto de que presenciarla sólo se da una única vez en el tiempo (quiero decir, sí, sí: en el de mi conciencia), la alucinante calidad del sonido, su atmósfera, su clima, la verdad que son insustituibles; impagables, como quien dice. Ergo: ¡quiero más música de endeveras, quiero más conciertos, quiero no tirarme a chanta! (Pobre equipito, cómo te desprecio ahora; bien que me diste más de una satisfacción...)

Entonces, haber pasado a buscarla, ir al Libertador, oír, y oír y quedarse atónito boya gozando mal ante la belleza, y disfrutar sin arrimo de cansancio o aburrimiento, y extrañarse en determinado momento de la vida y de la muerte y todo lo demás en medio de ese sonido como que un don y de mi oír extasiado como que agradeciendo, y pasará, y pasaremos, y correr al bar del teatro a por una buena birra, a por una buena charla.

Excelente, mire vea. Y el público, todos chicos (más jóvenes que yo, la gran mayoría), y el silencio atentísimo, y divertirnos luego, e ir por más. El Teatro tiene que repetir, no sé si el año que viene pero pronto, el festival, el encuentro. La tan mentada música contemporánea precisa estos espacios, y continuidad; gente que le da bola parece que hay. Sí: qué diferente que fue la cosa a comparación de, por lamentable caso, cuando se "ejecuta" Beethoven, o Mahler, o la poronga de todos los santos lindos. Nada de viejardas pintarrajeadas, nada de sarnosos caballeros de meticuloso traje y agresiva loción. Para esos casos: volar al Paraíso. Y que haya habido entrada libre y gratuita fue algo absolutamente coherente. Y necesario, y positivo. He dicho.