10 de noviembre de 2010

Vacío, vomitito

Como que para escribir hay que sentirse un poco triste. O vacío. Leo unos pocos poemas de Nicotra en la Fénix nº 12, luego de mis buenas horas de rebuscar en la biblioteca cosa potable, y me golpea su gélida belleza, seca, exactísima. Y no puedo seguir leyendo, y me vengo acá, a anotar algo. "Palidez, luto de rostro", escribí hace muchos años -era la primera euforia- para referirme, quizá, a tal estado.

Ronca Tal Gabu. Una moto acelera en la cuesta. Corre el reloj, lento, su goteo. Estos días estoy leyendo El Quijote de a pedacitos, y me río mucho, y me sorprende la vitalidad, vivacidad de su prosa: los diálogos, las acciones. También ando con una biografía, Marcel Duchamp, pero su lectura me coarta la escritura: el desgraciado conoce todos mis trucos; como que me ve venir de memoria. Vuelvo a leer poesía, me doy a la búsqueda infinita, al éxtasis por la palabra, y me topo, belleza, con el vacío. Y, como si ahora tuviera que rechazar lo de los otros, necesito hacer lo mío, decirlo, volver a forjarlo, a lograr la justeza, precisión que quiero para mis cositas; lo de lo bien dicho, bah. Y me vengo a escribir.

(Me acuerdo de Fulgi -ya de no ser, acaso-, y me pregunto por qué carajo tiene que saltar el rayo, el que desgarra, entre los que se atraen demasiado. Revés del magnetismo verbal, queda la fórmula, el tono, del otro: "como diría Fulgi", me encuentro diciendo a veces. La odio, la amo: Marcial rige como loco. Abismo súbito, partición de un mundo, que tan artificio dialogado fue, en dos mitades, y aquí yo con mi reino, y su presencia en el espejo.)

Me meso el peinadito. Me estoy dejando crecer el pelo. Me cansé del "afeitate, y vienen". Seré un hirsuto, un "guaso alpargatudo", al decir de Cognigni. Ando a vueltas, como quien diría, con el asunto de empezar a traducir algo, escucho muchas músicas, diversas, placenteras, y, en fin, vivo como si todo el tiempo del mundo me perteneciera. Admito, sin más: "sí, Kirchner se cagó muriendo", y asisto al efecto que dicho deceso ha causado en el País. Le pongo una cuerda nueva a la guitarra y canto Juan Panadero, desafinando sentidamente, y me relamo por anticipado con los criollitos con Tholem de cuando amanezca.

El tiempo es fácil, la gente sufre y se hace pelota, y yo, que no soy gente sino un mero cero a la izquierda que sólo espera el momento de darse a la escritura (¡una vez más, una vez más!), vuelvo al vacío inicial y pienso en el asunto de la estasis bloomiana y en por qué soy de ponerme tan a gusto con la vida, con este tonto estar, los últimos tiempos. Un amigo se pone serio con lo del fusilado, pero, cuando yo le cuento lo de un agusanado, convierte rápida y fácilmente  su asco y horror en chiste cínico, risotada brutal. La calle se desmorona de contranoticias, se levanta como puede y sigue andando. Pero de qué no podremos reír todavía, tiraba Nietzsche. El intelectual formado (¡cuadros, cuadros!) pronunciará "Auschwitz", y con eso creerá haberlo dicho todo, sabios cordobeses. Pero Tal Gabu ronca despacito, y yo necesito cerrar este texto, cosa que aún no se da.

Contranoticia: el no tópico: eso que no cuenta, eso que rescatamos de entre los intersticios de lo cotidiano, eso que se comparte entre pocos y habita en lo íntimo, en lo que se desmenuza a puertas cerradas, simple terrón de vida. Me encanta decir: "no tengo tele" cuando alguien me pregunta si vi el último 678, o si vi el último Capusotto, o si vi el último porondanga. Tal Gabu duerme bajo la colcha que me tejió Venenito: ronquidos suaves, espaciados, tiene en su sillita de luz un vaso de agua, el reloj, un cenicero, Freud, el documento, un 2, un encendedor. Los Parisiennes ya se los choreé. ¿Qué hay, aparte de eso, ahora, en el mundo, sino una habitación nocturna, un marcar de reloj, alguien que escribe, alguien que duerme? ¿Qué mayor placer que el de poner pura cara de acontecido y escuchar, haciéndose el sorprendido, las noticias de los teleadictos, y darse contra burradas y valoraciones como garrotazos?

Contranoticia: un agusanado. Un guaso muy de la calle, muy hecho bosta, que se ligó un coscorrón verdaderamente fulero en la cabeza, y las moscas hicieron lo suyo. Un guaso que, si por él era, no iba a hacerse ver, y lo tuvieron que llevar a la fuerza al Misericordia. Y lo dejaron ahí, cosa de que no se la agarrasen con el que lo llevó: paquete hospitalario. Así, millones de contranoticias. Qué mierda me importa Cristina, la verdad. Qué mierda me importa someterme una hora todos los días a la tele, sólo para "saber" noticias.

Y vuelve la indignación, cosa contra la que en vano, al menos hoy, me advierte Nietzsche. Y mira tú por dónde, Nicotra me saca esto del pecho. Pedazo de vomitito.

PS: Alejandro Nicotra todavía no está wikipediado.

25 de octubre de 2010

Tanto que decir, y uno se apelotona

"¿60 y 40?", propone Tal Gabu, expectante. Estalla la risa, la dejamos pasar, no investigamos más. Le acabo de tirar el pucho de que sea mi representante, que haga de mí algo comercial, que me venda bien, o mucho. El guaso ahora está comiendo (arroz, arvejas, atún al aceite), y mientras yo prendo la maquinola de generar sentido, biografía, cosas. Marisa Monte canta muy dulcemente que "no es fácil"; son las tres menos diez, y creo que va a salírseme del buche un post bastante positivón, sepan disculpar.

Ayer viajé a Embalse, a lo del Ale. Cumplo en decir que intenté determinar un poco con él qué apodo le iba a dar aquí, en Anotaciones-..., y hasta barajamos un tentador Viejo de la Montaña; pero decir "el Ale" me lo acerca en la mente de un modo entrañable, nítido. Se trata de un narrador cordobés, ajedrecista apasionado y ayunador ocasional. Me dio, hace varios años ya, un taller de cuento que me permitió escribir, y sobre todo diseñar, cinco o seis historias; pero yo sé que no tengo inventiva: terminado el taller, ninguna más se me ocurrió, y sólo quedó de dicha experiencia la amistad, el conocer a un tipo excelente.

Realmente lo de Viejo De La Montaña no es gratuito. El Ale se retiró hace cosa de un año a ese pueblito, de casas desparramadas y sierritas cercanas, y vive de dar talleres, de la corrección, y de la soledad y el silencio enriquecedores. Pasa días enteros recluido y, si bien tiene una buena conexión, soy de pensar que no abre demasiado la boca de a ratos larguísimos. (Hay una guitarra en el sillón, de madera oscura, de tono algo achocolatado.) Ascetismo de artista: solo con sus ideas, puede ahondar. 

Pasaron tres o cuatro años en que nos perdimos un poco de vista, pero de hace unos meses nos reencontramos, por internet. Nos dimos a un maileo copadísimo, como el que mantengo con Marquini (también conocido como Van Basten), gente que está lejos y con la que nos tratamos como peces en el agua. Arreglamos con el Ale una reunión cumbre, y he aquí que ando volviendo, con la mirada levemente extrañada del que se alejó y que, cuando regresa, se encuentra con lo mismo, cambiado.

Hacía realmente años que no hablaba de literatura y yerbas afines con tanto gusto, durante tantas horas seguidas, y encima sin decaídas del interés, como lo hice ahora con el Ale; desde el asunto de las commas en la música a René Lavand y "las otras artes", pasando por analizar bodrios como la Ñ y "el sistema literario" de la Argentina (digo, la porteña, la inflada), mierdas de la moda, y por Duchamp -la pereza y el despreciar redondamente el dinero-, o por el ajedrez -la personalidad de algunos grandes maestros, sus respectivos estilos-. Clínica del espíritu, terminé viendo que no estoy tan embrutecido como creía; que hay todavía oasis, sin chichises, "hélas!", pero con discursos neoplatónicos aún posibles.

Renovado el aire, bien que le percibo un tono livianito a esta prosa. Ganas de escribir; destrabe de la lengua. Tal Gabu fue a comprar puchos a la estación (quiero decir, a cruzar un par de palabras con Luciana Qué Minón), y ahora Marisa Monte habla de "una pausa de mil compases", idea de notable precisión, muy apropiada para esos asuntos de amor de que trata el disco de la vaguita. Bienestar y andanzas, bienestar debido a las andanzas: he aquí cómo se le facilita el trabajo, la fluidez, al escritor. Y a uno le da el toquecito (la puntadita, el vislumbre) de la duración, de la permanencia: así como en la depresión creemos que estaremos ya por siempre en el pozo, abajo, bien abajo, así como en pleno bloqueo tememos y a la vez nos conforta la idea de que ya nunca más podremos escribir (y ser escritor: poder hacerlo, y de hecho hacerlo, y queda el texto, la prueba), así este bienestar trae palabras y más palabras, y quiero prometerme que sí, que así seguirá siendo, que el próximo post, y los siguientes, saldrán con la misma facilidad, con un como escribir de memoria, gozoso, muuuy bien llevado. Así, el placer, el padecer, y la duración.

19 de octubre de 2010

La Coca y la muerte

Escucho Stravinski por Viktoria Mullova: bellísimo, hondo, divertido. El sábado fuimos con Tal Gabu a verla a Pantaloncito, y a eso de la cuarta cerveza entablamos amistad con Ricky Ricón, violinista, quien, para presentarse, nos contó el de la rana petera, y que destilaba una tremenda misoginia, muy graciosa, onda Flaco Pailos. Al séptimo porrón, ya cambiábamos celulares. Pantaloncito creo que nos regaló como dos o tres birras, no sé por qué; para mí, nos cagó echando.

Hicimos un puchero fenomenal, de desayuno. Escuchábamos canción tras canción de Sabina, y Tal Gabu, que se las sabe 'par coeur', me las ladraba a más no poder. Dormir fue caer en los respectivos jergones cual nauseosas bolsas de papas: y el sueño tumefacto. Me levanté ojeroso mal, con una huella negra en el centro de la mirada, cero pilas para leer. Todo fue música, domingo en familia.

La muerte llegó el lunes: ayer, tipo medianoche, me llamó Tal Gabu, que estaba a tres cuadras de casa, comprando una Coca de litro como para sobornarme. Venía del velorio de un pariente, en Pilar. Curiosamente trajeado, notablemente circunspecto, de hablar francamente neutro; conste que últimamente curte pastillas: la depresión... Hice causa común. Nos sentamos en el patiecito central, y me llegó, como hace tantos años ya, la visión de una pared, iluminada por el foquito torpe, y el saber que esa imagen perdurará, como trasunto de algo duradero, la sensación, digo, esa visión. 'Déjà vu' que me honra. Nada que ver con la muerte, sino que fue el modo de estar, de dialogar.

Comienzo el día abotargado, torcido. ("Contrahecho" significa disfrazado, en realidad; ya no podré pifiarla: gracias, Riquer.) Fumé la media colilla que me quedaba, calenté agua para los mates, me fui a lo del Hijo de Puta. Estaba la hermana, que es igual de cortante: ya se ablandará. Fantita de lugar, lo veo pasar al gordo de las bulucas en un Renault lindo aunque algo estropeado, abolladito, con toda su familia de panzones. Nos saludamos, riendo, prolijamente nos odiamos.

Pasarán horas antes de que, nuevamente, vea a nadie. No surgen los poemas, y las Anotaciones-... como que vienen saliendo paupérrimas. Leo como desaforado; la música funciona. Ya pasó el tiempo de La Gran Estación. Sólo se trata de ser coherente, quiero decir, tozudo.

14 de octubre de 2010

Máquina inocua

Fumo. Vuelvo a poner uno de los dos discos de Kenny Wheeler que tengo. Algo escribí recién sobre Canto general, pero me agarró la loca de borrarlo, así que largo de nuevo. La noche trajo el frío, y yo una cerveza bien helada de lo de Belén. Marcelo no tenía aceitunas negras, y -por hoy, me dijo- tampoco de las verdes. Estoy de ojotas y pantaloncito corto, pero tengo puesto el buzo que Tal Gabu me obsequió (en compensación por el que me masilló en el taller). Estoy de ojotas, digo, y siento el frío de estas diez y media de la noche en los pies.

Piedra Limada pasó por la siesta, a alcanzarme guita. Me fui con él -me decidí a ir a lo del Hijo de Puta, a comprarle fiambre, pan- y se encontró con que se había dejado las llaves en alguna parte. Y no habían quedado en casa, sino que se las había dejado en lo de Susana, que era de donde venía cuando pasó por la mía. Total: idas y venidas bajo un sol lindo, y comer en la carpintería sanguchitos de mortadela y queso.

Por supuesto, a la vuelta, me cagué durmiendo, y tuve que faltarle al analista. Lástima: algo había cosechado en la semana, algo había colegido. Pero, el darte cuenta, sólo en terapia; si no, ¿para qué?

Fumo. No me sale mucho escribir, por estos días, porque no tengo nada que decir. Es como una estasis: estoy repleto, nada entra, nada sale. "Estómago capaz", le escribí a una gorda tremenda que me calentara. Leer es una máquina que funciona, y con ella "trabajo": me pongo a funcionar por horas, a todo atiendo, plena concentración.

Nada que decir, entonces. Y es por eso, lo sé, que salen los textos incoherentes: porque te morís por escribir, y nada sale. Y babeás palabras, babeás ritmos y vocabulario, viejardo chochex, y a nada llegás. Máquina inocua.

6 de octubre de 2010

Patio común

¿De cuándo esta quietud? Esta tranquilidad, serenidad, sosiego. Escucho Philip Glass y pienso en lo que fue haber estado en pareja. Y en que ese ayuntamiento no pudo remontar la última pelea: cero palabras, gesto inane. Me meso suavemente el pelo, acabo el pucho. Allá afuera alguien barría, y luego alguien salió del complejito, el mío. Y yo que me desperté a las cuatro de la tarde de ayer me siento ahora pacificado, suave, en plena seriedad creativa.

Releí, hace un rato, Aventuras sigilosas. No me cuadró, como hubiera dicho la Pau. Hay algo en Lezama Lima que, hoy por hoy, me genera cierto fastidio. Ese ritmo tan poco rítmico, tan ir eslabonando, enlazando elementos, concatenando acciones. El vocabulario sí que me gustó; más, maticemos, que el de Enemigo rumor. El de este último es demasiado dulzón, demasiado "poético", aguachirle. El del primero es mucho más variado, más interesante. Pero esas frases inconclusas, el no usar, tan terminantemente, verbos tan de repente...

Me huelo las manos. Estaba aprentando, no muy fuerte, una en otra, codos apoyados al borde de la mesa, y posé en ellas los labios, la nariz; y aspiré. Gestos que repetimos hasta el infinito, hasta la muerte, porque nos movemos de memoria; y nuestra anatomía, tan poco cambiante. Música y poemas que repasamos, queriendo saber qué otro lugar ocupan en nuestras vidas. Y alguien barre, y alguien parte para el laburo, y Philip Glass ahonda un piano.

Me acomodo la espalda. Las últimas semanas la vaga como que se resiente de mi sólo leer, de mi sólo -cada tanto; cuando hay una frase- escribir. Me llevó dos días leer la Ñ: chatarra cultural prácticamente, preferí tomar cerveza, charlar con el Kelly de sus ventas, boxearlo al Sergito, visitar a Piedra Limada, oírle los discos. Dos días como dos soplidos: así de breves. Pero tuve mis buenas cinco horas de lectura, y escuché a Rivero, y me levanto a escribir, porque no me duermo. Chela Buela me mira desde la foto; me fascinan sus manos, sus dedos flacos, viejos, sarmentosos. Me sigo acomodando la espalda, aunque ya no cruja mucho que digamos: cuerpo flotante, cadáver natural, de pronto sueño: "dame tu 'djinn'".

En fin, fumo. Me pregunto por qué hay tan pocas historias que sienta que tenga que contar. Contar, por otro lado, esta quietud bien que permite serla, prolongarla. Cero angustia: suena el reloj, al fondo. Pongo más Glass, busco un cierre para este texto, me meso una vez más el pelo. Queda buscar vocabulario de Bauchau, comenzar la traducción. Goteo de melaza (Dune), sé que el agotamiento podría abrir caminos; pero corregiré la entrada -no mucho: hasta que, leyendo todo de un tirón, no cambie nada-, me acostaré en la pieza, comenzará el pensamiento. Y nada de dormir, lo sé, lo sé, y tanto.

30 de septiembre de 2010

Fácil y alerta

yo te lo juro
todo esto es tuyo
y si me voy
vos venís conmigo

Me había entredormido apenas, boca arriba, cuando llamó Sergito. Lo recibí un poco callado, entorpecido por el sueño que, breve, me había sin embargo como que descansado. El pibe cayó más bien sumiso: le mostré "El anillo del Capitán Beto" por la Cantilo, y algo le gustó, no como siempre, que espeta el "¡chomazo!" a los dos compases, afanoso únicamente de sus Damas Gratis, de su Daddy Yanquee, de prácticamente nada más. Le puse Paprika y me fui a leer Le planétarium, novela copadísima; al rato ya era obvio que andaba con uno de sus jueguitos en red, 'Mute' obligado.

Tipo ocho cuarenta me pegué un baño. Resulta que sí tengo termotanque: cuando vino Peirone, a la siesta, a ver el asunto del tanque (raja reciente), de paso me lo arregló. Y era una pavada; y yo que ya veía de cambiarlo. Total: tres semanas de bañarme con agua fría, y no logré resfriarme. La cosa es que me bañé en un toque, y partí. Sergito me acompañó: chico que está al vicio, hueveamos esperando el 601 en la parada de la Sargento Cabral, nos mogoliqueamos un poco, lanzamos unos cuantos "¡qué te hacés...!", la mar en coche.

Viaje tranquilo, cuando llegué a lo del Ger estaba el hermano de su vecino a la entrada, y me salió con no sé qué cosa. El tipo es un petiso de cabeza grandota, básico total (luego pensaría en Velázquez), y rengueaba un poco. ¿Se habría golpeado? Le pregunto qué le pasa y me contesta: "va bien, va bien". Ya en lo del Ger (pasillo de la bici que mide mi abdomen), le comento lo del guaso y me dice: "no, lo que pasa que es rengo...". Medio como que lo miro acontecido, después nos reímos, después la vida sigue.

Gerardo anda un poco engripado, un poco tosiento. Estaba en cama (y allí volvió) viendo La malparida, y nos pusimos a hablar libremente de la minita y otras cuestiones, menores todas. Concluimos un poco (no es un juicio muy jugado que digamos, pero bueno) en que Juanita Viale es una cheta del Cerro total, una nariz parada con cara 'e nada, en el marco de una telenovela argentina a full. Al Ger le gusta, a mí no, y a los dos por el mismo motivo: flaca angurrienta. Saco luego de la mochila un pre regalito: los dos discos -grabados, claro- de la Fabi, los homenajes al rock nacional. El vago quedó encantado: estuvimos comentando la acustiquez y arreglos de esos viejos temas. El Ger sacó una colección de Toco y canto o similar, y anduvimos pispeando acordes, viendo fotos loquísimas, y todo en blanco y negro.

Conseguí no quedarme a dormir, conseguí irme. El 600 no tardó en pasar, y a la media hora ya estaba tomando un cortadito cargadito en la estación. Llegué a casa, me puse a descargar Tiritaka (Kazimierz Jonkisz Quintet), que bajó como loco, y retomé Le planétarium, de la Sarraute, con un buen amargo y todavía muchos puchos.

Fumo, por tanto. Escucho de nuevo el disco (lo puse al acostarme). Rosa ha venido y lucha contra el Armagedón que de mi casa hago. Aunque está bastante fresco, no acepta nada, como de costumbre. Fumo y me prometo más Sarraute, más neurosis de uno a otro personaje, de uno a otro capítulo. Me acaricio el pelo, que todavía está suave. Y pienso en una mirada a la que en su momento (antenoche) califiqué de "sincera", de reposada, de como que al cabo del día. Qué pasará.

13 de septiembre de 2010

Licitud o texto


Dormí durante todo el día. Desperté a eso de las once, once y media. Me pude preparar un mate, me puse a leer la antología de Alberti. El cuerpo, fatigado por el entumecimiento de más de doce horas de sueños confusos y dormir retorcido, no logró terminar de desperezarse. Leí durante un termo más o menos. Luego puse un disco de Louis Sclavis, Ceux qui veillent la nuit o algo así, mientras leía la Rolling Stone de este mes. El contraste no podía ser más prodigioso: consumo y esplendor a dos de la mañana, cama destendida y frío en las patas.

¿Fue antes o después? Me vestí. La noche estaba agradable; me fui para la estación, a verla a la Yolanda, a comprar más Gitanes, a verla a la Yolanda. La Agustín Garzón, desierta, no ecaba mis pasos: baldosas sin 'feedback', y encima de ojotas. Volví sin querer nada, me preparé un mate.

Luego todo cambió: ventiscas de desnutrición de pueblos se ensañaron contra mi pupitre-ahí, y de los desgarbados ciclámenes de morigerar se desprendían algas de la verdolaga conocedora. Había una sentina o paro general que respondía a las promesas de alcanforización de las legumbres mil, y en verdad os digo que las canillas goteaban de aljibes viejos como canoas. "La pasta, el pantalón, olor a semen": muchísimos leprosos descafeinados se desternillaban de envidia malparida, se daban contra los postes, filibusteros que son. A veces ogro, otras salmuera destetada, un ánade gritaba volúmenes templarios de colisión indisciplinada, "y toda 'médiatèque' y los racismos". Dices que no agonizas, pero el cadáver teucro de tu desdentada se presta a más pendorchos laxos que la cabra loca del poema aquel. Un ríspido conjetural, una lección prosopopéyica de morsas, y muérdagos no solapados o de la dentición de arreglos orquestales de tu pita, ojiva termosellada de amanecer, raspajes yá.

Dictámenes de la escansión, comías mucho, mucho estragón, como si las junturas te obligasen a ello, por lo que La Biblia se depositó entre los mendrugos de ningún mendigo y gemas de tu quién Aznar, al modo en que asechanzas sin retorno cabal y cabalística sincera se manosean pulcras mediante la Terpsícore. Azúcares vencidos y resmas de catalogar andenes te fisgoneaban, te fisgoneaban, pero el edecán, pedazo de bellaco, verraco malnacido, se babeó mal y pronto. Mucosas de la colisión entre siegas y derivadas, arduo resumen de la estampida reacia al morbo, lecheritas de la SanCor milagroseando cornucopias americanistas, mojones y cogollos del parabrisas voluble: todo periclitaba. "De lado, de costado: costeleta."

Tomaba un segundo mate cuando me supe en casa. Trilok Gurtu (Faralaka) silabeaba su beat, prístino y decidor. Las paredes, encaladas, amarillentas, yacían como una mente despejada. Un vaso con alcohol viejo hedía a licitud. Licitud o texto.

31 de agosto de 2010

Pécou, Lizarazu: ésas, mis figuritas de hoy

Uno dice Pécou como dice Lizarazu: algo que se suele oír, algo que sirve para ser oído, y para que el tiempo nos pruebe. Media el vaso de cerveza. De los 200 gr de aceitunas que compré, y están un poco duras, desabridas (atenti Belén), quedará algo menos de la mitad. Escucho retazos de murmullos de un Tinelli exitoso (¿murmullos, ese jetón?), que llegan desde el departamento del frente. El vecino se acercó, hará unas dos horas, a que le afinara la guitarra. Está sacando una de David Bisbal. La puse a punto, le enseñé mínimos rudimentos de arpegiado.

El loco se me acerca bien humilde, ahora: no hace mucho que su mujer me peleó cuando le pedí que bajaran la música. Andaban con La Mona al mango, a la siesta, y yo no podía concentrarme en el librejo de turno. Fui confiado: cuando arribaron a "El Complejito de la Escalera", cuando se dieron los primeros escarceos de buena vecindad, quedamos en que cualquiera podía pedir al otro cosas como bajar la música, "si molestaba". Pero cuando quise hacer uso de ese frágil derecho adquirido, la mina creyó que lo que le molestaba era su música. Como algo personal, como un agravio, el que le pidiera silencio, o que bajara, al menos. Como si le hubiera batido: "cortá ya tu música de negros". Lo que no me gustaba era que la tuvieran al palo, pero no había forma de explicarse sin pelear más aún. Malentendido establecido, hoy por hoy Dieguito se me acerca muy rebajándose, y yo, "el que lee en voz alta", le afino el instrumento.

Y escucho el piano de Pécou. Pécou contra Bisbal (no digo La Mona): no te conoce nadie, cabeza. Y ese "no ser conocido" es tan dictamen de valor, de no pertenencia a nada...

El sábado anduve por el Abasto. Mucha actitud rocker, mucha campera y buzo negros. Yo andaba de verde, de pantaloncitos cortos, de gorrito de lana onda PO, de ojotas. Había una maldita tormenta de tierra, al llegar, pero las chicas sólo querían hacer tiempo antes de entrar, así que me cagué de frío. Y ya adentro, tuve que aceptar y padecer el que no se pudiera fumar. Minitas semblanteando. Canciones como confirmaciones. Puestas a prueba de cuánto sabés de ese mundo. Chupamos mucho y me volví con Tal Gabu a las casas, al rancho. Palmamos pronto.

Y uno no sabe, al escuchar Pécou, a qué juega. Uno debe explicarse algo. No a uno mismo, sino el nexo. Casa en que habito, ahora son las once y media en millones de otras, y la fragmentación vertiginosa. Es la deriva, no sólo el azar sino su arrastre. Como un desenvolverse de qué a lo largo de nerviosas miríadas.

Ahora percibo la música. Ahora que llego a nada, ahora que de nuevo sé que no es obligación decir, se me acentúa la percepción de los sonidos. Como una sensibilidad provocada por cierta recaída, por cierta firmeza. Uno quizás escribe para modificarse; pero sucede que experimento eso, últimamente, como un regreso. "Entre los juncos y la baja tarde/ qué raro que me llame Federico." No es lo mismo, lo sé. Se trata de cierta blandura muscular, que sólo sostiene, con lo justo (como se toca un instrumento), los brazos sobre el teclado, sin hacer fuerza de más, y con un rostro serio, aquietado. Como el verdadero comienzo de una escritura. O como estar tomando, y empezó a pegar.