10 de enero de 2012

Resistencia o negociación

Acogollaste los dicterios de arrejuntar engarces, demoledora yegua, contubernio feraz, y, de la estirpe o miembros que el rechupete lancinante, acondicionador, tirria de esputos contra el abedul en muesca ínsita, apadrinó contra los hicsos, seleccionaste o viste un estipendio patrio, putonas y lloronas y ordenanzas, aro de seda. 

Sí: tu regurgitar divinidades cancas, ese bacilo tuyo de absorber o el diez o las minetas, chancro o furor deciso que mi menarca lame, insoportable alacena, millares de volúmenes exhaustos y biliares escolopendras en sed y ella partió, asida de tu pan por entre las colinas/arce, fulcro y Ley que, marioneta o paso obligado, es picha. 

Vasito asquerosiento de los endriagos mil, erisipela y chata de bordar, numen atroz el bizcocho de tu chozna, cansina ella, rapto veraz o de lo formulaico. Tomemos a Cristina como emblema: la vejaremos fuerte entre los tablones de la juntura ardiente, obra y asado, juiciosa manyará de empréstitos como que inclementes, recordatorio vil de Mamita Capellina, del inclemente neceser de esporas, de todas las revolú canciones que bien mamaste. 

Ay, Cristina, velamen o bauprés, Cristina o el bando en la tormenta pulcra, Cristina en pie de labia contra el corso en agresor, padrillos y la fama de entenados, prosopopeya/abuso y un refilón de alcance o sándalo-ahí. Zapato conductor de lambeteadas guasas, gemidito quejica, estirpe de moléculas otarias, mate y materia de esa tu rienda omnívora de fuentes, cacique/esparadrapo o de la Cólquide que, entre tanto, amarrocás. 

Me rasco y me convenzo de guedejas, calaña occisa del envite o megaterio del Amado, salitas y modularcitos de esperar a que te sueñen por entre cocoteros de piel, piel como la jeringa y la canícula, canuto del enema valedero, miniada como la sirte que te aburre. Callada caminó: aguantadora cana. 

3 de enero de 2012

Un "no" no terminal

¿Una vagancia? ¿Una indolencia? Un no soportar la presión. Un abandonarme, soldado ruso que se deja caer en la nieve para allí morir, exhausto. Mejor: un no poder. 

No es, no, vagancia, ni indolencia, lo mío. Es querer estar, precisamente, entre lo mío. Es querer escribir este texto, no importa nada más. Después, sí, se verá: eso es después. Es necesitar -yo mismo conminándome- el cumplimiento de mi palabra: redactarla, desarrollarla, hacerla. Ahora es el ahora, y será mío; o no seré. 

Un no poder. Un negarme, obcecado, a lo que el Otro quiere. Otro/neblina, sin rostro claro o singular: tremenda efigie. Y me rebelo. Quiero decir: me niego, me abandono: para rebelarme. 

No será lo mejor. Pero saber qué es lo mejor implica, siempre, manejar duchamente la razón, ¡oh ecuánimes Ayudas! Y en momentos como éste no se aceptan consejos. Ni piadosos ni contumaces ni de ningún otro tipo. Porque todos serán de Vos, Otro desmesurado.

Así, queda escribir. ¿Para dar cuenta? No. Para respirar, para pasar en limpio un poco un par de equis. 

¿Devaneo, quizás? ¿Zozobra pobre, lastimera? ¿Quiero dar pena, acaso? Escribo como cegado de ilusión, o no: como buscando mi propio aumento. Tosco y deciso, de algún modo. 

Escribo siendo un bruto de la voluntad. Escribo para así poder seguir escribiendo, para así no terminar por fenecer. Un "no" que afirma, sí, y un viejo, rotoso impulso o clarividencia, que aún salvan. 

¿De cosas de qué tipo he de morir? Básicamente: de entregarme, por fin, a la corriente. Eso: de, por fin, ceder. De hacer de mi conciencia un sapo: millares y millares de luciérnagas: y preferir la consunción. 

Un "no" no terminal; sordo, continuo. 

16 de diciembre de 2011

La Currucucha Infame: a los tumbos

Apago la colilla. En los auriculares suena "Limón y sal". Comienzo un nuevo mate: y cuántos irán en estas mañanas, estas tardes, estas noches. Vicio de contar; querer glosar a Borges: habrá un mate que será el último. ¿Y si me quisquiera, alguna vez? 

Miro el Nycz que colgué acá frente a la compu, con dos clavos que me facilitara Piedra Limada, clavos tremendos, carpintería. La lámina me dice cosas. Fondo de cartulina azul, la silueta -rostro y torso de trazo simple, neto- es de un cuerpo que se expande. La forma en que están diseñadas las pupilas -con liquid paper- es curiosa; y la luna, "que crece como C", flota allá arriba, elevándose, rodaja de melón blanco, hielo y cristal de un sitio sin estación determinada. 

Prendo un cigarrillo más. "¿Te acerco mi movilización?" Restos de algo que finalmente no vi, bandera del amor y la ternura, me quedo cavilando. Suenan Los Cafres ahora, en la Pobre Johnny. Me crujo los dedos del pie. Cuerpo que tarde o temprano cederá al desgaste natural de las cosas de este mundo, por más que el organismo luche, por más que esté conformado para, en principio, luchar, para oponerse a la erosión, a la inercia. Cuerpo sensible, cuerpo sujeto a padecer diversas afecciones: allá en su departamento, o quizá ya partiendo al trabajo, hay otro cuerpo. 

Mi cuerpo, el suyo. Su cuerpo, hermoso, femenino, salvaje, civilizado. Todo tembló, y partía. Y se negaba. Y yo qué puedo decirle, qué puedo hacer que no sea darle más palabras, dirigirle más palabras. Pobres palabras, puente y muro a la vez entre los cuerpos, sus dueños. Sus dueños, sus usuarios, mentes. Sus yo, sus vos, sus ella. 

Cantan Las Pelotas "La colina de la vida". Prendo otro pucho. Carraspeo, fumo. No pasa por la Filosofía -no pasa por tal o cual filosofía-, sus enunciados. No es simplemente hablar sobre cómo hay que considerar al otro, qué es el otro, qué soy yo. Pasa por qué hago efectivamente yo, o vos, o ella. Como cuando Nietzsche se puso a investigar las diversas morales efectivamente existidas: no el versito, ni lo melifluo, lo bienpensante, sino cómo cada uno realmente vive, viene viviendo: sin tapujos, sin pruritos, sin eufemismos. 

"Tiempo al tiempo; aceite al engranaje." Diez años en el fondo de estar solo -lo de hace dos no cuenta, ser pata de lana la verdad que no cuenta-, y me encuentro con que todo lo tengo que inventar día tras día. Y quiero, claro, pero estoy perdido, desorientado. Quiero e invento, quiero y propongo, quiero y le busco la vuelta; pero me falta el background. Así, sobre la cuerda y sin red, apenas una pértiga que algo me ayuda, voy hacia ella llevándole una planta de albahaca de que ella muerde una hojita con los dientes, y ahí nomás al toque emprendo nuevamente el vuelo al otro extremo, buscando otra cosita que llevarle: una plumita, una ramita, un pedacito de nylon: para esta especie de nidito que como que instintivamente me sale querer hacer: con ella. 

9 de diciembre de 2011

Anotación y espera

Sí, bueno, son las doce: ¿por qué no andar en calzones por la casa? Si tengo cerrados los postigos, si el mate está agradable y, más que acompañar, refresca... Si aparte hace calor, sí, pero del suave, y las 40 Obras Fundamentales de los Divididos, sonando con toda su potencia, baña mi pielcita no sudada, joven, y yo tengo la nítida sensación un poquitín arisca de que esta música no me está enervando, no ahora al menos... Así, andar en calzones por la casa -y no es que ande, sino que estoy sentado en una de las sillas verde quintil, desvencijada y crujidora, frente a la compu- no está ni mal ni bien sino que es una especie de básico dato agradable del modo de conducirme, hoy, por mi ranchito. 

Sí: me prendo un cigarrillo. Sí: la primera seca me asquea un poquito. Sí: dedo pulgar izquierdo, piel resentida de tanto gatillar el encendedor, leve dolor de piel agredida mal por el tabaco, la brasa, el cáncer posible. ¿Pero es que acepto el horror "descolado mueble viejo" a enfermarme de cáncer? Temerlo, verlo venir, sufrir cada vez que prendo un pucho... Alimentar con términos propios la profilaxis biologicista de odiar la muerte, esa Ilustrada... 

Me acomodo la espalda. Por estos días leo la vieja Literal en edición facsimilar, y la verdad que es como un imán, algo de que no puedo levantar la vista: fascinación. Se destaca, en la nº 2, la nota de Oscar Del Barco; pero lo hace como el texto que difiere de un cabo al otro con el resto de los escritos de ese número. ¿Es que es más bien "literario"? Los otros hacen medio que otra cosa. Del Barco pone en juego una materia lingüístico-literaria mucho más rica, más variada, más refinada. Tiene su fuerza, pero tampoco le creemos tanto. No tan cross a la mandíbula como el resto. Releer.

Fumo, tomo mate. Suena Divididos bien al palo. Estoy en calzones y soy seriamente feliz, de algún modo. Criollitos (creo que eran chipacas) envejecen en una bolsita de plástico transparente, acá al lado del teclado. Compré dos Camel, anoche, porque pintó; en la estación no había Gitanes, y no quería llevar de nuevo Philip. La que atendía era pongamos que boliviana, petisita, y andaba como que sin muchas ganas de trabajar. Qué cosa, la estación: ahí es el único lugar en el que me asomo a los diarios (La Voz..., La mañana...). Los consumo de un saque, automático y desinteresado, como quien cumple con una ¿obligación?, ¿prolijidad? Como ver tele cuando hay un televisor encendido en donde estamos... 

Ganas de que mi amorcito se conecte. Escribir para hacer tiempo. Disfrutar de hacerlo, también. Ganas de comer con ella, de matear con ella, de charlotear riendo con ella. Ganas de. Ganas.

7 de diciembre de 2011

El Envarado y La Mejoradora De Mates (nº 3)


"porque sí porque sí porque zas!" (Jorge Guillén; pero no tal cual.) 

Ahora está durmiendo. En unos quince minutos serán las ocho. Como ella duerme, tecleo despacito, suavemente, sin golpetear. Estoy en su departamento y dormí unas dos o tres horas, y después, tipo seis y media, desperté y decidí no seguir durmiendo. Y bajé a comprar puchos, cuidando de no hacer ruido al  abrir la puerta, al volver, al ratito, a entrar. Y me cebé unos mates y estuve "trabajando" un rato en el Google Reader; y noté, mirando hacia más allá de la ventana de este quinto piso y por cómo empezaban a pasar cada vez más seguido los autos, cómo el Centro largaba con una nueva jornada. Y fui feliz. 

Salimos, anoche -serían ya ¿las dos?- y nos fuimos caminando "velocidad crucero" a la La Alameda, a cualquier parte. La Peatonal estaba hermosa y, cuando lo vi a Tatú, me dije para mi coleto: "no sólo para mí pasó el tiempo". Y en un momento le dije (a ella, no a Tatú) algo así como que qué visión debía tener ese tipo acerca de la vida, la verdad; porque contemplaba cada noche, porque miró todas las noches desde hace años, desde la barra, llenarse, florecer, irse vaciando las mesas de ese ¿bolichón?, charlotear la gente joven, romperse cuerdas de guitarras cada tanto, pasar, como en Le bal, la vida. Cada tanto, le decía (a ella, no a Tatú), habrá sacado alguna pequeña conclusión, habrá elaborado alguna pequeña verdad sobre las cosas y el mundo: sobre la realidad.

Ella había comprado elefantes. Costosos elefantes que la adornaban y de que gustará  volverse a poner: feliz -me juego a decir- ella también. Estaba más que hermosa, y cuando supe que se había puesto guapa para mí, cuando lo supe -digo: no porque me lo dijera explícitamente, sino porque me di cuenta, porque caí en la cuenta-, bueno, nada, cómo explicarlo: ya no me importaron más los básicamente diez años de soledad, de ascesis, de sacrificio, de odio, de hondísimos hastíos y melancolías fuleras, de tantas otras cosas; digo: fue como un borrarse sin más de tantas cosas, así, realmente porque sí: porque alguien, en este mundo, me quería. Y fue un soplo la vida, un soplo que me rozó la frente y la limpió de pesar. Algo así. 

En fin: que cambie la escritura. Vencida la ilusión, queda el estilo, diría mi analista. No sé qué pasará, con respecto a tantas cosas. No sé en el fondo nada a ciencia cierta. Lo que sí sé es que he "crecido": como una marioneta que venía padeciendo mal por la vergüenza quizá pueril y que un buen día le salió moverse diferente: con un poquitín más de gracia al menos. Si de eso se trata "crecer", está copado. 

1 de diciembre de 2011

Un julepín más, y van...

Todavía no sé qué me pasó, de nuevo, hoy. Sé que mi rostro anduvo en éxtasis, en orgasmo, por dos o tres horas más o menos. Sé que hubo un golpe, y que entonces temí la euforia, y entonces respiré, comencé de nuevo a respirar, a luchar contra esa especie de extrema voluptuosidad extenuada. Sé que me impuse descansar, y que no conseguía dormirme, y que las voces en mi cabeza se sucedían, cada tanto: esporádicas, casuales y desconocidas -a veces perturbadoras- siempre. Sé que finalmente me relajé; pero mi cuerpo un poco todavía se cuece en ese infierno. 

Escucho obras de cámara de un tal George Enescu, interpretadas por la ya clásica Kremerata Baltica. Tomo de un porongo que me regalaron hace muy poco (fue el lunes, allá por Quintas de Argüello, creo: todo un periplo en el N). Fumo un Gitanes. Bastante atabacadito estoy: otra señal, la de fumar de más, de que las cosas no marchan del todo bien. 

Pero digo las cosas del párrafo anterior y, la verdad, no digo mucho que digamos. Y casi que tampoco aportaría mucho que digamos con ponerme a repetir la ya manida -por enojosa, y por ya vaciada de sentido- leccioncita de mi psiquiatra actual: eso de que la bipolaridad o trastorno de los estados del ánimo, eso de que la violenta oscilación posible, o eso -que es a lo que más temo- de que quizá se dé después una nueva, asquerosa depresión. 

Muy poco, la verdad, se dice al decir tales cosas. Se dice, en cambio, mucho más al escribir. Pensaba, por ejemplo, en la "estasis", eso de que habla Harold Bloom en La angustia de las influencias: eso de estar como que a tope entre el adentro y el afuera; en equilibrio. Pensaba que la verdadera escritura se da en cierto momento en que algo (que no sabemos por el momento qué es) falta, urge, presiona: el desequilibrio, justamente, de lo de adentro, que pasa a necesitar, a carecer de algo que tendría que estar allá afuera, si nos ponemos en optimistas. Pero pensaba estas dos o tres pavadas, y dejaba de pensarlas: debilidad o flojera de alma. 

Porque la mente, en casos como el mío, al verse arredrada por ESE malestar, se pone a pergeñar, digamos que bastante desesperaditamente, soluciones, explicaciones, consuelos, vagas estrategias para poder así creer que zafará más rápido, más fácilmente; que está zafando ya. Anhela por sobre todo volver a la normalidad, esto es, a lo conocido o, mejor dicho, a lo acostumbrado, a lo habitual. 

Fumo. Escucho este Octet, op. 7 del tal Enescu. Leí un poco de la Ciudad Equis de este mes, para tener una lectura ligerita al menos, nada exigente, de "actualidades del mundo de la cultura local"; le decía a La Mejoradora De Mates, por celu, que qué bueno sería tener acá en casa dos o tres de esas Cimoc que ella tiene dispuestas en el revistero, dos o tres Manara -buenas minas-. Venía de leer Valéry tempranito a la mañana cuando empezó a darse esa como que demasía, esa sobreexcitabilidad capciosa, ese sensualismo que se abandonaba lujurioso al estímulo y que, por eso, me volvía demasiado vulnerable, demasiado expuesto a lo que fuere. Una buena historieta, pensé al comprender que tenía que descansar, algo bien pasatista, bien liviano, bien fácilmente decodificable, eso hubiera sido lo ideal. 

Tomo mates (Cruz de Malta amiga; perdóneme, Romance). Ventanas y puertas 'soigneusement' clausuradas, postigos bien cerrados: hacer un ámbito para el reposo sosegador. Eso: un buen Spa Seguí para mí mismo: el oasis vital para no entregarme tan así al frenesí casi que de órdago del Facebook que me tocaba imaginar, la firme voluntad de no querer tan así resbalar por entre los lascivísimos estímulos sensoriales de la información líquida, volátil, en que se me habían convertido las redes, lo que poronga fuera. Un cachitín aunque más no fuere de sabiduría, de autoconciencia al menos para decir: "basta. por hoy / el saco cuelgo."

13 de noviembre de 2011

El Envarado y La Mejoradora De Mates (nº 2)

Ahora son las seis de la mañana. Suena suave Space Available, por el Kornstad Trio. Quién será este Håkon Kornstad. Un saxo, un contrabajo, batería.

A veces pienso que el jazz muchas veces carece de emotividad, de entrañabilidad. Sus melodías propician otro "estado de ánimo", no aquellos aparejados a la música clásica, o al tango, etcétera. Es el sonido jazzy, tan particular y a la vez tan variado, tan rico. Algo como que cool, una especie de más allá citadino (¡New York, New York!), algo para poner de fondo y que es a la vez complejo, inteligente, sutil. 

Ideas que no desarrollaré. Voy a contar, en cambio, que acabo de terminar una Obra Poética de Edgar Bayley (Corregidor, 1976), lectura que me deja admirado y a la vez cavilando. Compré el libro en El Espejo junto a El poema de robot, del inconseguible Marechal (puede que ahora lo relancen, ¿no?), y hoy di cuenta del primero, en una sola jornada de lectura: 198 pp. plenas de sentido, de gran amor por la vida o, más bien, por la realidad, lo cotidiano inmenso ("nunca terminará es infinita esta riqueza abandonada"). 

Recuerdo haber leído algunas pocas cosas de este poeta hace ya muchos años, y en ese entonces pensé que hablaba de cosas fantásticas, extrañas, quizá hasta exóticas. Con el tiempo fui dándome cuenta de lo que digo más arriba: de que Bayley vivencia profundamente la realidad, y nombra muy muy "poiéticamente", y a veces le basta el mero sustantivo ("Mi amada estanque azul huerto cabellos", reza un título de uno de sus poemas) para lograr alcanzar las cosas de un modo pleno, y elevarlas a un grado inaudito de realidad. 

Pero qué: leo estando enamorado. Y leer así vigoriza y da tanto sabor a las lecturas, a la música, a caminar por las veredas, por el centro, a saludar, hace unos días, al matrimonio de quiosqueros por el día del canillita, a ponerme chocho porque voy a la verdulería, cosas así. Digo: ¿y si hubiera leído Bayley, digamos, hace cinco o seis meses? Digo: ¿cuántos son los libros que básicamente "suicidé" por el mero hecho de estar, cuando los leí, deprimido oscuro mal? Y tanta música escuchada, tantas horas y meses y realmente años de manosear tan desalmadamente cultura, belleza, artes. 

Siempre lo supe, y la verdad que lo dije con claridad: de nada sirve nada si "no hay un cuerpo / al que abrazar, acariciar, besar". Recuerdo un video-arte visto en el Goethe o cosa así, hace mucho: alguien tomaba un libro tras otro de una biblioteca, leía el nombre del autor, y lo arrojaba a un rincón. La pila de libros que se iba formando era impresionante, en tamaño, en volumen, en peso. La angustia, la desesperación, la soledad, la terrible melancolía, el odio incluso, corroen el alma, digo ampliando un título de Fassbinder. ¿Será, de última, algo de índole evangélica? 

Tampoco hay por qué ponerse a escarbar tanto, por estos días. Días que son nuevos, días de cara cambiada, renovada, joven, días de cuerpo lozano, reluciente por el afecto y el sexo, terso. Días de entender con mucha inmediatez de qué habla Bayley cuando le habla a la amiga, a la amada, a la mujer, cuando nos habla del mundo, de las cosas. Días, en fin, de completar bien el sentido, de no ponerse a sospechar; días sin mayor cálculo. 

9 de noviembre de 2011

El Envarado y La Mejoradora De Mates (nº 1)

Qué hermoso, tremendo chubasco que cayó anoche, ahí en San Juan y General Paz (y también en San Vicente, me informa Meneses), chubasco y mar que contemplamos desde debajo del techito del bar del teatro (institución). Veíamos el reflejo de las luces de los semáforos combinándose con la de los autos que cruzaban la esquina (onda un poco el Nycz que sabía estar en Las Tipas, adentro), por fin nos refrescábamos (nosotros dos, digo, sí, pero muchos más) del calorón horrendo, mefistofélico, de "la Córdoba de ayer", calorón que nos aplastara por la tarde, calor inmundo, seco, y el sudor. Ya cuando salimos del teatro en el entreacto (el consabido puchito obligatorio) habían caído algunas gotas -gruesas, querendonas-, pero todavía la calle jadeaba mal de temperatura, ambiente chancho. Pero después, ya en el bar del teatro, Quilmes mediante, se largó, y se largó bien, y era el mejor cierre (el famoso "broche de oro") para lo que acabábamos de presenciar.

La Mejoradora De Mates se fue encontrando más o menos seguido con gente conocida y, si bien no huía, algo reculaba; yo vi un fantasma, al que evité con ejemplar escrúpulo y tesón. El disco dolía $50,00, y la verdad que, con lo que vi, si hubiera tenido guita habría gatillado con grácil ligereza y generosa despreocupación; porque el Nonsense Ensamble Vocal de Solistas me dejó pasmado, boquiabierto, estupefacto mal. La verdad que siempre tuve mis prejuicios a la hora de escuchar música vocal; más infundados que la mierda, tengo que confesarlo, honor obliga. Hermosas las voces, hermoso el combinarse de las mismas en acordes, en contrapuntos o lo que mierda sea, en plenitudes y sutilezas varias, riquísimas, admirables. Hermoso atender a la expresión de los rostros de cada intérprete, los movimientos de sus cuerpos (de riguroso negro, en pata), y la vaguita que dirigía, que pasaba como si nada de un pulso a otro (realmente asombroso), integradísimo macerado bien el ensamble.

Y, ya terminada la función, cómo le señalaba a La Mejoradora De Mates la diferencia abismal que hay entre escuchar un disco en las casas e ir a oír música en vivo. Más allá del asunto de que presenciarla sólo se da una única vez en el tiempo (quiero decir, sí, sí: en el de mi conciencia), la alucinante calidad del sonido, su atmósfera, su clima, la verdad que son insustituibles; impagables, como quien dice. Ergo: ¡quiero más música de endeveras, quiero más conciertos, quiero no tirarme a chanta! (Pobre equipito, cómo te desprecio ahora; bien que me diste más de una satisfacción...)

Entonces, haber pasado a buscarla, ir al Libertador, oír, y oír y quedarse atónito boya gozando mal ante la belleza, y disfrutar sin arrimo de cansancio o aburrimiento, y extrañarse en determinado momento de la vida y de la muerte y todo lo demás en medio de ese sonido como que un don y de mi oír extasiado como que agradeciendo, y pasará, y pasaremos, y correr al bar del teatro a por una buena birra, a por una buena charla.

Excelente, mire vea. Y el público, todos chicos (más jóvenes que yo, la gran mayoría), y el silencio atentísimo, y divertirnos luego, e ir por más. El Teatro tiene que repetir, no sé si el año que viene pero pronto, el festival, el encuentro. La tan mentada música contemporánea precisa estos espacios, y continuidad; gente que le da bola parece que hay. Sí: qué diferente que fue la cosa a comparación de, por lamentable caso, cuando se "ejecuta" Beethoven, o Mahler, o la poronga de todos los santos lindos. Nada de viejardas pintarrajeadas, nada de sarnosos caballeros de meticuloso traje y agresiva loción. Para esos casos: volar al Paraíso. Y que haya habido entrada libre y gratuita fue algo absolutamente coherente. Y necesario, y positivo. He dicho.