5 de diciembre de 2013

AGUA QUEMADA

Dos menos cuarto de la mañana. De boxer en la Sala Naranja; con calor; en silencio. El Lagarto y el Viti conmigo; la Murrumuac descansa. 

Miro hacia la calle, a través de los barrotes de la ventana: ocasionales autos, ocasionales motos. Fumo: el humo, denso, blanco, se espesa brevemente frente a mi rostro para luego disiparse. Me meso el cabello, escribo: pienso en la Policía de la Provincia, pienso en el Gobierno Provincial. Los últimos dos días han sido muy movidos; todos sacamos conclusiones, y la mayoría de nosotros ladra, intentando diluir el temor.

Claridades que la noche acerca: el Gobierno Provincial arregló como pudo con su Policía, insubordinada. En ningún momento el Gobernador habló de los derechos y obligaciones de los desacatados. Los cordobeses, quien más, quien menos, estamos a la espera del desenlace de esta cuestión. Intentando diluir el terror. 

Los cordobeses: todos somos cordobeses. Desde el saqueador al Jefe de Policía, pasando por el vecino indignado y el Gobernador calculador. Todos somos cordobeses: y eso ya no dice nada. No hay unidad social en la Ciudad; nunca la hubo, y lo que sucedió en los últimos dos días fue que se obturó la válvula de escape (la válvula de represión: del malestar). El tejido social lo es de un organismo ideal, ficticio; cuando la anomia manda, cada quien marcha según su propia, íntima ley. 

No hay, es forzoso admitirlo, armonía social. Esta Ciudad es un hervidero de sustancias disímiles; la olla chisporroteó. Agua quemada que indica que no hay paz; que nunca la habrá; que sólo en nosotros está ser lo menos lobo del semejante que se pueda. 

15 de octubre de 2013

APUNTES PARA UNA FIEBRE (nº 1)

Sergio Rigazio o el esperanzado en ojotas 

"kon tiki blues / (rimas pampeanas)" de Sergio Rigazio. llantodemudo. Córdoba (Argentina), 2012

[columna para el programa radial 
Fiebre de Sábato por la noche


Ser un fracasado es participar en un destino prácticamente universal. El fracaso consiste en una rutina de la que no saldremos: días y más días de trabajar, de cocinar y lavar los platos, de colgar la ropa, de ver televisión; a veces, también de leer. Las cosas que tenemos son de pobre, y las sopesamos con cierta especie de cariño a la vez que las observamos como queriendo que den una mejor razón o fiel de la jornada que se cierra. 

Fracaso, no derrota: los fracasados cantan. Los fracasados: los excluidos de la fama y el poder, aquellos que planchan un poco los billetes antes de pagar, aquellos que tampoco creen demasiado en la divinidad del dinero: meras monedas, papelitos. Los fracasados cantan porque eligen hacerlo; porque, en medio de esta vagarosidad de objetos y personas que nada lograrán comprender por qué este desbarajuste ni hacia dónde va, los valoran en su lucir, como una bendición a nuestro costado. 

Sergio Rigazio, que ha escrito varios libros ya, publicó el año pasado, acá en Córdoba, uno llamado kon tiki blues. El subtítulo comenta que son "rimas pampeanas". Lo tomé de la biblioteca, un poco al azar, un poco porque conservaba de él un buen recuerdo (como la memoria de tal o cual comida que nos satisfizo, y que nos disponemos a volver a hacer), para escribir mi primer apunte para el programa. Lo releí al filo de la medianoche y, excepto un poema, cuyo cierre no aprobé, me gustó por entero. Lo acerco ahora a esta propuesta radial para aquellos curiosos que todavía están dispuestos a comprar un libro de poesía argentina contemporánea; porque el valor de lo que ahora digo está sólo en función del libro, de mi propia lectura. 

¿Por qué empecé hablando de fracaso? Uno de los poemas del libro nos cuenta cómo Sergio compra en la verdulería zapallitos, chauchas y tomates que andan caros por esos días. Digo sin más que es a Sergio a quien le suceden esas cosas que cuenta el poema: la gran mayoría de los lectores que él prefiere, estoy seguro, escupirían por sobre el hombro antes de hablar en términos de "yo lírico" y otros igualmente detestables. Alguien (me lo imagino al verdulero mismo) le dice que no conviene comprar esas verduras hasta que bajen. Sergio le da la razón, y, no obstante, se lleva un kilo y medio de eso que no conviene. El poema termina así: "camino a casa pienso / es probable que me hayan estafado / pero tal vez / con mis tres pesos / he reafirmado algo así / como la costumbre de fracasar // de algún modo he colaborado / con el prójimo / un pobre tipo al que le fue mal / en alguna parte / algún lugar // apenas un poco más al norte / de donde he ido acostumbrándome / al fracaso de todo el mundo".

El lavarropas y un pantalón que destiñe; hacer un asadito con los pantalones de un muerto, así hay ropa limpia para el lunes; destapar los desagües de la cocina; Bill Evans sonando en una casa que se percibe canoa en plena pampa; andar en colectivo con nuestra hijita al lado mientras vemos pasar las luces de la ciudad: nosotros, los fracasados, nos reconocemos en todo esto. Los fracasados: la gran masa humana de aquellos cuyo nombre apenas si quedará en la memoria del nieto, para diluirse después en un anonimato final. Los fracasados: y a veces hay solidaridad y a veces mezquindad, pero unos y otros iremos nuevamente al almacén, y pagaremos los impuestos, y ningún político ni gran empresario conocerá nuestros gustos, nuestros desvelos: personalmente. 

Y está la gloria de saber que "la humanidad / se sostiene todavía / en algunas santas estupideces", estupideces llamadas afecto, abrazo, escuchar, querer. Una gloria que algunos compartimos con los sapos. De ellos dice Sergio: "no tienen la menor idea a dónde irán a parar / pero aún así cantan". Por qué no. Está en su naturaleza, modesta y total. 

Así, nosotros, la carne de cañón de un capitalismo en guerra permanente que únicamente pretende su propio acrecentamiento o torbellino sin fin, nosotros, la mano de obra de "esos que amasan millones" y que "tienen la Casa Rosada" (por acordarme de la Chacarera del expediente), contamos, parece decir Sergio, con una especie de salvación no desdeñable, inmanente al mundo y al alcance de cualquiera. Como diría Tuñón: "la gloria / de cantar bajo la parra". Cantar, sí: sólo nuestra voz y las palabras bajo la noche infinita y simplemente dada.

Cantar, sí. Pero cantar con ganas. Y para que, precisamente, valga la pena. Me voy a despedir con un poema de kon tiki blues que habla justamente de eso. Todo lo demás, y muchísimas otras cosas que ni pude haber tocado en este apunte, están en el libro; están en el mundo. 

lo que se te cante 

cantá 
cualquier cosa menos el himno 

dejate bañar en piletones imperiales 
que todos los castillos del misterio 
fueron tuyos en la oscuridad 

cantá las canciones de los trenes 
que zumban entre los campos de noche 

cantale a las más pobrecitas luces 
de esas ventanillas amarillentas que pasan 
como raspadura de estrellas enfermas 

cantá como un enfermo 
como si creyeras 

como si fueras el último creyente vivo sobre la tierra 
cantá que la tierra es una bocha de cosas que arden 
y a nadie le importa. 

28 de abril de 2013

Imitación o sombra

Heredamos lecturas, búsquedas ingratas. Hay una escena de fascinación primitiva en la que alguien nos habla --quizás por un albur-- de cierto libro, de tal o cual autor, alabando. Bajo el influjo de dicho encanto --bajo el influjo de la seductora figura de quien ante nosotros estuvo-- nos entregamos a ajenas peripecias. Fetichismo o substitución por carencia, giramos por años en torno a un texto trastrocado, enajenados. 

Algo, no obstante, pasado el tiempo, termina por prevalecer en nosotros: el recorrido. Vencida o abandonada --por impracticable-- nuestra precoz veneración, nos encontramos siendo poseedores de vastos reinos dispersos: ruinas ardidas de ese nuestro periplo erróneo en pos de aquel instante que nunca más había de volver. En ellos nos reconocemos, sí, pero perplejos, asombrados; y en aquel libro, en ese autor, comienza a escucharse una voz distinta, una voz que imaginamos como, esta vez sí, la verdadera. 

Tiempo de liberación, hemos alterado el gesto. El inolvidable sello del ocasional maestro que un azar nos acercó se diluye; de a poco, como sacudiéndose de encima un hechizo, comienza a dirigirnos la palabra un desconocido: el libro fetichizado, el autor vampirizado por esa máscara que nosotros mismos le colocáramos delante, se revuelve. Así, es quitado de en medio --de un modo altamente involuntario, aunque al cabo querido, por lo demás-- el ya mellado cristal. Siempre interpondremos otro. 

26 de abril de 2013

Ah, una polémica...

Somos esclavos de los dictámenes de décadas pasadas. Me explayo: a temprana edad tomamos nota, con lealtad y fervor, de los elogios que nuestros maestros dedicaban a tales o cuales creadores, y esas loas quedaron grabadas --a veces textualmente-- en nuestras mentes. Al cabo del tiempo, leemos, releemos. Con desasosiego, con creciente rencor, nos vemos obligados a admitir que aquellos a quienes de memoria alabábamos hasta ahora no son tan buenos como creíamos. 

Ezequiel Ambrustolo revisa el Doktor Faustus. Le desagrada, lo critica, lo desafía. Sin embargo, lo que más debiera revisar es el origen de su búsqueda. Habla, al pasar, de la historiografía que consagra dicha novela. ¿A quiénes --incluso a quién-- se refiere? Me aventuro a decir que en los '50s era un lugar común el elogio de Thomas Mann: personas ya no jóvenes pero que al parecer leyeron a los 20 a dichos comentadores tienen en cuenta a este escritor. (En lo que a mí respecta, la novelística alemana clásica fue Grass, y antes Hesse.)

A Ambrustolo no le gusta que Mann reelabore una época, sus ideas. A dicha reelaboración la califica de plagio. Dicha crítica es criticable de muchos modos; elijo el siguiente. Al cabo del tiempo, el siglo XX habrá caducado. Así como de la antigua Grecia lo que queda son los nombres de Homero, Platón, Sófocles (no hablo del lector curioso), así el siglo que nos precede se irá apagando, se irá simplificando, pasará a ser ámbito de eruditos (si los sigue habiendo). Con suerte, puede que se siga hablando del Doktor Faustus. En menos de 1.000 páginas tendrá el lector de esa época una excelente, rica síntesis de lo que, hacia 1950, alguien consideró como el hundimiento de una cultura, tanto en lo que se refiere a la música y las artes en general, como a la filosofía, la teología, la política. Por lo demás, Platón hace hablar a Cratilo y a Gorgias, al mismo Sócrates, lo cual, a la distancia de más de dos milenios, no nos incomoda en lo absoluto. 

Por último, y al pasar: para el protagonista, la lujuria (más allá de la Hetaira Esmeralda, quien, de última, es finalmente sólo un motivo más en las creaciones de Leverkühn) o, por ejemplo, la gula no eran vicios demasiado llamativos. La voluntad de saber, por decirlo así, o más bien la voluntad de elevación artística, lo seducían más. Estaba en su naturaleza el anhelar ser justamente un genio. Satanás rasca donde la sarna más nos pica. El compositor no podría haber cedido a los requerimientos de un diablo cualquiera, sino justamente uno que lo sedujera en cuestiones de sus particulares inclinaciones. El Diablo es grosero sólo con los groseros; con los exquisitos deberá aguzar el ingenio. 

16 de marzo de 2013

La Época

 "Los poetas bajaron del Olimpo." (Nicanor Parra) 

(Leo Sarlo. Leo Vicente Luy. Leo, de un modo esporádico y casual, algunas de las noticias que se traslocan al Facebook. Leo, en Sarlo trabajando Kirchner, sobre la tele: donde no se argumenta, donde jugar sucio es ley. Lo mismo en blogs: los políticos, los, por ejemplo, de varios militantes K. Leo y digo: "la realidad". Y escribo.)

Hay una cosa con la poesía: la posibilidad de hablar disociado. La mayor o menor distancia que nuestros textos puedan tener con todo lo demás: de nuestra vida. La Época (Giannuzzi) puede aparecer en mayor o menor medida en lo que escribimos, y eso tiene que ser cuestión de alguna ética, que para nada me sale esbozar. 

Poníamos, con un amigo, lado a lado un libro de Mattoni y uno de Aleixandre (que, de hecho, estaban uno junto a otro en mi biblioteca). Aleixandre, hablándole a los ángeles, en un lenguaje que "no es de este mundo", frente a Mattoni, en cuyos poemas, por decir algo, se dan a veces dos o tres versos seguidos, irrumpiendo en el discurso, propios de un manual de instrucciones de uso de algo. Tantos libros, claro, yuxtaponibles, y las eventuales relaciones que, más o menos brillantemente, más o menos descreídamente (desesperadamente), podamos llegar a establecer. Pero eso: la biblioteca alberga tales y cuales cosas, y tantísimas otras no; y uno de repente hace el parate y se pregunta: "¿pero qué, con qué criterio, acumulé esto, esto otro?; ¿qué soy, entonces, yo, que reuní tan asombrosamente dispares elementos?".

El peligro de la disociación de los propios discursos (las varias y variadas formas de hablar, pongamos por caso, que uno mismo practica, en un momento u otro del día) no es privativo de los poetas. Cunde, es propiedad inherente, por decirlo así, a todo el mundo por el mero hecho de poder hablar, por el mero y necesario hecho de estar en medio de tal o cual ciudad de las contemporáneas. (Me acuerdo de Ortiz: las letras, la ciudad...) Pero llega un momento en que la coherencia vuelve, aunque sea un rato, por sus fueros: y hay que pensar, relacionar; escribir. 

No es algo, es cierto, que uno pueda llegar a resolver de un modo definitivo, por más que se lo proponga; no es algo para lo cual uno encuentre una solución universal, una clave apta para toda situación futura, una "buena" seguridad. Pero eso: qué hacemos cuando leemos un libro; a dónde nos vamos. Y qué hemos llegado a acumular (la biblioteca es un depósito del pasado: la muestra más ostensible de que venimos leyendo), y de qué no nos desprendemos aún. 

En todo caso: qué. Uno tiene que empezar a decir más abiertamente sí, a decir no, a los libros; y explicitarlo. Y decir: esto no tiene nada que ver con mi mundo (el mundo, aclaremos, que deseo); o: esto (aún) me toca. Y no leer por leer, si ello exige una huida del mundo. Aleixandre (a quien yo leí por veneración a los 18, 20 años, sólo porque fue miembro de la llamada Generación del '27, a la que debi considerar --¡¿de dónde; por qué?!-- "lo más") ahora se me vuelve negador de la vida: porque se remonta tanto y tan etéreamente que deja de pisar tierra ("peligro del que vuela"). Eso sentí, ahora, en el verano, cuando releí varios de sus libros. Llegué, pongamos, a los '60, y no pude más: su poesía era demasiado, eso, angélica, demasiado espiritual ajena mal. Jiménez, en todo caso, es más legible; pero Aleixandre no. Aprender a despedirse de viejos trastos. 

30 de diciembre de 2012

La piedra

Uno tendría que hablar del mundo. De cosas interesantes o, al menos, importantes. Hablar, por ejemplo, del caso Marita Verón; o de los agrotóxicos; o del cospelazo, que se viene. Uno tendría que decir: "esto está mal, esto está bien; esto es nefasto, esto salva". Pero no lo hace. 

Uno tendría que mezclarse con el mundo. Ser uno más. Activar. Uno, que está en su rinconcito de libros y que escribe cada muerte de obispo poemitas de la ociosidad, tendría que decir: "sí, estuve en una marcha, y había mucha vida, ahí; y además rechazo fuertemente el peronismo de Cristina Fernández; y realmente, aunque no sea consecuente, me parece una mierda que lo que impere en el mundo sea el neoliberalismo hedonista; y no me siento cómodo, y acá la cana semblantea mal a todo negro, a todo joven, a todo pobretón". Pero no lo hace. 

Uno escribe cosas de la literatura. Y cuida su prosita. Y se desvela y piensa si en el fondo lo de ser blogger no implica convertirse en un apabo funcional al sistema. Y se retoba y deja de escribir, y luego vuelve; porque quiere experimentar una vez más la gloria y la miseria de ver cómo varían las estadísticas de uno en Blogger. Y uno es en el fondo un ocioso y un desocupado, escriba o se resista. Y uno es un loco: un becadito por demencia mal. 

Entonces, esa idea: habría que mezclarse con el mundo. Mandarse La Gran Hortensia: "estoy acá para decir lo que se me ocurra, ¿o no?". Eso al menos da ilusión, eso da sensación de renovación. Y uno piensa. 

"¿Qué escribir?", eso es lo que uno piensa o se plantea. Y cree que la cosa ya no pasa por el capricho, por expresar lo hondo aburrido enteco de uno y sus cositas, sino por comenzar, de una vez, a escribir: para los otros. Uno piensa, a veces. 

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Pasan los autos por la Agustín Garzón. Como ya son las seis pasadas, y por más que sea domingo, comienza a haber un poco más de circulación. Ya amainó bastante el griterío de los gorriones; hará una hora o poco menos arreciaba. Las mascotas dormitan; la Mejoradora descansa; sólo yo, en La Babía, estoy despierto: cerrando la jornada. 

La poesía no da para más. ¿Qué sentido tiene ventilar cuestiones privadas, dolorcitos necios que el verso medido maquilla? Como una lupa puesta sobre cuestiones en el fondo intrascendentes para el lector; como diciendo constantemente, obcecadamente: "¡eh!, ¡aquí estoy yo!, ¡existo!". Pocas y pobres canteras que se agotan; de donde ya, a esta altura, extraigo apenas si variantes extenuadas, por estulto deporte. ¿Qué implica hablar de continuo sobre las propias cuitas? El borramiento de todo lo demás: del mundo. Hay cierto gusto, no lo niego, en leer y en escribir un buen poema; pero ese hecho, que es real y que puede ser intensísimo, ya no compensa: hay que cambiar. 

Entonces intento verme a mí mismo, en mis textos, sí, pero desde los otros: intento pensar qué pensará de mí el eventual lector de mis cosas. Y, al menos por estos días, constato que la imagen que de mí doy vale bien poco: yo fui pupo del mundo. ¿No suceden cosas a mi alrededor? ¿No le sucede nada a los otros? ¿Sólo yo la paso mal? Lupa que agigantó una pulga, la verdad que me aburro últimamente de mí mismo. 

Y, así, hay que volver a aprender a escribir. Me acuerdo de lo que alguien me contara alguna vez: un estudiante de plástica, que sólo pintaba caballos; le rechazaron el trabajo de tesis por "monotonía temática". Tomar nota; que medre la anécdota. 

Vaya a saber cuándo vuelva a escribir. Vaya a saber qué consideraré, entonces, interesante o, al menos, importante. Un propósito de enmienda es lo más menesteroso del mundo: porque implica trabajar contra lo más perramente enraizado de uno. Y uno, ya se sabe, tropezará siempre con la misma piedra. Maldito Sísifo. 

8 de noviembre de 2012

Completo día

A ver, hago memoria: desde Uslar Pietri, Goytisolo y Romero que no compro libros. Lo que sí, me regalaron uno, y encima de poesía, titulado La soga en los pies, cuya autora, Angie Ferrero, me lo regaló con una hermosa dedicatoria.

Pero leí. Sigo sufriendo con un libro de ensayos sobre poesía latinoamericana de un tal Guillermo Sucre, lectura que me aburre y desespera; también, ¡Mario Benedetti!, con su simpático Inventario (había que compulsarlo por segunda vez, alguna vuelta: ese temible día llegó); Edmond Jabès y su bellísimo Je bâtis ma demeure; el bueno de Fernando de Herrera, al que no logro acabar (se pasó el siglo XVI escribiendo innúmeras variaciones sobre un mismo poema, una misma luz); poco más. 

Seis de la mañana: escribo. Escribo y amanece fresquito; soy consciente de que el calor arreciará. Estuve escuchando Laurie Spiegel a eso de las tres de la mañana, y luego feisbuquié. Y feisbuquié y feisbuquié; en mi caso, esto equivale a revisar completo el muro general sin prácticamente hallar nada interesante. Así que, para contribuir a la confusión general, amado Aldo, haré mi anotación del día y la linkearé, muy prolijito el chico, en ese amado/odiado sitio. 

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El día comenzó, como es costumbre, a la una. Ya la Mejoradora estaba en casa, de vuelta de yugar. Armé a duras penas un mate, enquilosado y turbio como siempre (sucede que me canso de ser bipolar). Algo debo haber leído, pero, la verdad, no tengo idea de qué haya sido. Había, maravilla, en la heladera: paleta, queso, aceitunas negras, huevos, tomate, atún (ignoro cómo, o mejor dicho cuándo, llegaron esas latas ahí). Había, en el cajoncete desvencijado, fideos tirabuzón. Era simplemente cuestión de armarse de valor, de conseguir desentumecerme, de recuperar el habla ("linda: ¿dónde está el aceite?"), de hacer de tripas corazón y, finalmente, cocinar. 

Lo hice. La Ceci estaba, brega que te brega, como incrustada en Vieja Digna, con sus mil cositas y cosazas (?) gestoriles. Quedó hecho el potaje (otros lo llaman ensalada mediterránea de fideos), puse la mesa, nos dimos a morfar. No logro ahora recordar qué sucedió a continuación. Me parece que Cecilia se quedó webeando y yo me fui pa' las piezas. Y ahí fue lo de Sucre: le di en voz alta, habiendo logrado por fin recuperarme de los miasmas del sueño magullador de cada día. 

Por lo general recuerdo poco. Pero esta vez tengo bien presente qué hicimos tipo seis. Palita jardinera en mano y silla del tío, me puse a carpir la tierra alrededor del mandarino, mientras la Ceci regaba. Pasa que está la idea de sembrar pasto (el pobre patio fue de tierra, barrida todos los días, hasta no hace mucho), así que había que poner urea, según le reveló San Google a la Mejoradora de Mates, como paso previo a la siembra. Estuvimos así un rato. Luego, "y dado que" el Lagarto se nos escapa fácil por la reja de adelante (sé de una que puso el grito en el cielo la semana pasada: el E, ese animal típico, casi nos lo pisa), pasé como una hora poniendo un entretejido anti escapadas en la ya mencionada reja. Silbé partes de una zamba que me emociona, y el comienzo de La Quinta ("¡Lucho: buscan!"). 

Pero ahí no acaba la cosa: como si no estuviéramos cansados (en realidad no lo estábamos), fuimos a La Bandada. Llegamos tarde, por supuesto: los vagos (queriendo decir, nosotros) habían trabajado afanosamente toda la tarde, y encima hubo que bañarse. Taxi mediante, llegamos cuando terminaba de cantar, acompañándose con su guitarra, una amiga de la Ceci. Cerveceamos, y leímos, y. 

Y pasamos el chivo de "la plaqueta de varones", esto es, Pasajeros de lo esquivo: 10 poemas de 10 poetos, ilustrados por 10 ilustradores (9 guasitos y 1 vaguita), cosa que estaremos presentando el miércoles que viene, en La Fábrica. 

La peleamos y volvimos en colectivo. La Chica Linda se puso a hacer el flyer de los del miércoles que viene (¡y cómo puteaba, indignada con el Gimp, inservible programa, mi estentóreo amor, con simpáticas oraciones bien formadas, violentas y graciosamente estremecedoras!) y el Chico Tonto continuó con Sucre, Benedetti, Jabès (¡qué trío, papá!). 

Y encima ahora escribo. Me dieron ganas de contar el día, simplemente porque la pasé de diez, desde que empezó hasta ahora que pronto termina, y, como quien dice, no hubo ni vacío ni malhumor ni tristeza. Nada de las al cabo frustrantes ocho horas de lectura; nada de acidia. Sí la labor al aire libre, el sudor y el cuerpo respondiendo, y recién después un poco de lectura, no demasiada, como para --como se decía antaño-- coronar la jornada. Y para cerrar, Laurie Spiegel. 

¡Ah! Y cuando estaba con el entretejido anti escapadas, tocó el timbre un Testigo (¡camisa celeste, como en los folletos!). Me limité a tirarle un: "hoy no; venga en domingo". La Mejoradora, desolada, afirmó categóricamente y armándose de infinita paciencia para darme una nueva lección del ABC de La Vida En Córdoba, que los Testigos nunca aprenderán a captar ironías ladinas. Uno no aprende.

19 de octubre de 2012

Un libro moquero

El lunes, o cosa así, me compré tres libros tres por $20,00: Elvio Romero, Arturo Uslar Pietri, Juan Goytisolo. Había ido, "de nuevo una vez más", al quiosco que está frente al Quijote a ver si por fin tenían el Diario de poesía; "no ha llegado nada, lamentablemente", me dijo, con su ya habitual estribillo de hace meses, el quiosquero. Me asomé a El Espejo: cerrado. Entré a Rubén, donde me atendió, afable y dado como siempre --ése, su carácter--, Rubén mismo. Le dije: "ando buscando libros de poesía asequibles"; entendió que quería algo más bien simple; lo desengañé: me refería al precio. "Ah, no, acá, eso, no", me dijo. ("Acá", me gustaría hacerle decir, "todo es caro".) Me mostró, pese a lo dicho, algo de Nudista, a unos $40,00; le pregunté, para no irme demasiado mohíno, si había llegado El banQuete: "todavía no está entrando el volumen nuevo", contestó sonriendo. 

De ahí rumbeé para MundoLectura (queda ahí nomás). Encontré una bonita mesa "3 por 20". Había mucha porquería; llevé lo dicho. Elegí rápido: no recuerdo a dónde tenía que ir después, pero sé que andaba con el tiempo justo. Ahora que lo pienso, quizá esto que estoy contando fue el martes; la cosa es que sé que iba a algún lado, y que iba a llegar tarde. Sí, fue el martes. No.

Al día siguiente, cuando la Ceci se fue a dormir su buena siesta, tomé Los valles imaginarios, del paraguayo. Del guasito tengo, de hace un toco de años, Los innombrables, al que muy de vez en cuando agarro. Promediaba el simpático tomito cuando la flaca se levantó; no había logrado dormirse, pero algo había descansado. Se puso a limpiar lo que quedaba de la cocina (la dejó pipí cucú: ¡qué ánimo!) mientras yo seguía con la lectura. En voz alta; más, casi que estentóreo. Porque, sí, Elvio Romero se presta para la recitación, versos sonoros. 

Eso: me acuerdo de haberle comentado a la Ceci algo así como: "estos versos sí que son para decirlos fuerte y claro, ¿no?". Me dio la razón. (El finde pasado habíamos estado de lectura, y la verdad que los míos son más bien discreta, tímida música de cámara y no precisamente la gran orquesta wagneriana a pleno. Hay que reconocer que tampoco el público fue muy nutrido que digamos, no se crean.) Terminado que hubo sido el librejo, pasamos a otros asuntos igual de llevaderos.

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Las lanzas coloradas fue lo que leí a continuación: tengo ganas de andar más con la narrativa. Lo terminé hace un rato, y la verdad, qué quieren que les diga, es un mocazo. La novela, corta (mi edición, en la ya mítica Bruguera, consta de unas 250 páginas), está mal escrita. Un poco la googleé en la red, buscando alguna valoración, algo como para cotejar, y por ahí lo encontré a Vargas Llosa alabándola (si no me equivoco, afirma que la misma significa el comienzo de la nueva novela latinoamericana); para mí, es pésima, y por varias razones. No se entiende mucho a qué personaje quiere seguir el narrador. Como que el autor se excita, triste cosa, con lo viril, salvaje y brutal que le ha salido el mayordomo Campos (ni el nombre me acuerdo; pongamos que es Presentación). Está Fernando, un pusilánime, e Inés, cuya suerte final como personaje tendrá que ser decidida por los eventuales oficios del lector de turno. Inés y Fernando, que son hermanos, no terminan de ser. Muchas veces no se explicita el sujeto de la frase, lo que provoca confusión y sobre todo fastidio en la lectura. El primer párrafo promete; lo que le sigue (es decir, el buen resto de la novela), lo dicho: un mocazo. Por ahí la batalla final está buena; pero, es al pedo: como narrador, Uslar Pietri no me cautiva "ni por algún albur". Como quien dice, hemos leído cosas mejores. 

Parece que ésa fue su primera novela (está datada: París, 1930), y que la pegó: me exasperan un poco, entonces, los lectores --los críticos-- de aquella época, que la consagraron. Quizás, en su contexto, se destacaba; pero ese tiempo pasó, y la novela, hoy, es mala. 

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Anoche retomé, por enésima vez, Whitman, traducido, en este caso, por un tal Francisco Seguí. Qué respiro volver a leer a los grandes... Hay un pecado en que solemos reincidir, recalcitrantes, todos los que pasamos, in illo tempore, por Letras, hayamos terminado o no la carrera: el de creer, "distanciados", que todos los libros merecen igual consideración; el de estar, por ejemplo, atentos al contexto, a la historia (básicamente la nacional), etcétera. A la vez que se trata con condescendencia y hasta sorna a los clásicos, se los equipara a un sinfín de tremendos bodrios rescatados por las variadas y "ecuánimes" Historias de la Literatura, que intentarán por todos los medios hacernos creer que siempre es bueno abrevar en la sopa fría de todos los Galdós del mundo. Abrevar; acopiar.

Los universitarios usan los libros para algo que no es disfrutar. Toda lectura debería ser atrapante: si un libro no me dice mucho, tiendo a buscar la forma de entretenerme de algún u otro modo con él, de hallarle algo. "¡Pero si justamente eso hacemos nosotros, también!", dirán los académicos, con una sonrisa entre suave y relamida. Lo que pasa es que yo no quiero Política, ni Sociología, ni Cuestiones de Género: quiero Belleza. 

Me acuerdo de un epigrama de Enrique Badosa (mal poeta, dicho sea al pasar): no es que, por gustar de pocos libros de versos, no le guste la poesía; es que, por amarla demasiado, rechaza a la mayoría de los candidatos a poeta. La experiencia de estar leyendo ahora Whitman, en ese sentido, es una buena prueba de lo que quiero decir: después de haber andado con varias, demasiadas cosas contemporáneas (mucho argentino: cordobeses, porteños), Whitman me viene a decir que hay cosas grandes. Lo pone frente a mí; no puedo no verlo. 

Por ahí Pablo Anadón tenga razón: estamos frente al desguace de la Poesía. Digo yo: de como veníamos entendiéndola. También capaz que tenga razón con eso de que la cosa viene instrumentada sobre todo a través de los medios, a través de los diversos suplementos culturales de largo alcance. Hace un rato, para sacarme el mal gusto de boca que me dejó el venezolano, retomé Residencia en la Tierra. Poemas "ágrafos", sí, pero dotados de una inmensa fuerza, de una inmensa desolación; Abelardo Castillo agrega, desde la introducción a la edición en que lo tengo: de un gran hastío. Pero entonces: el hastío contemporáneo es cualquier cosa menos grande, sin duda alguna.

Por supuesto, hablo también de mis propios versos. Y no puedo decir nada al respecto. Sólo que uno ve que la época --y esta palabra, ahora, es de Giannuzzi-- no está en general para versos. Por más que florezcan más y más editoriales chiquitas, seguimos leyéndonos entre nosotros. Como una empresa apta sólo para volados, sólo para revirados del "actual sistema de cosas". O mucho me equivoco.

Fumo. Me quedo carburando en cómo comienza esta anotación, esto es, que digo que Las lanzas coloradas es una mala novela. De a ratos me pongo a pensar, y sin animosidad contra nadie en particular, que por ahí haga falta, como tiraba una amiga, sacudir el tablero: entrar más en puja, decir abiertamente "esto no me gusta", "esto es malo", "esto es aburrido" y demás. Me da la impresión de que todos somos más bien unos malditos zalameros ("te alabo para que me alabes"). Pero tengo que agregar, casi que inmediatamente: quién se bancaría ser francotirador; quién querría ser el Boogie de la poesía cordobesa... En fin, me quedo con el piano de Alexis de Castillon, "que tanto hace que no escuchabas", y que ahora suena.