Qué macana estar con no más de 30 libros en donde estoy viviendo ahora. Puedo leer al azar, sí, pero ese azar está reducido, y las caras, los estilos, se van repitiendo demasiado y aturden.
Nada mejor para un lector -no uno que estudia- que cambiar de libro muy a menudo, bien rápido, como para no acostumbrarse. Es como juntarse con otro a tomar cerveza: la conversa cansa pasadas las dos o tres horas, y menos, y pronto queremos irnos. La ventaja de los libros, en ese sentido, es que podemos cerrarlos de un sopetón, de un saque, mientras que al conocido hay que saludarlo, charlar esos últimos 5 minutos a los que a veces cuesta tanto llegar, y partir.
Lo más molesto es eso: leer por deber. Por el deber de un libro más, un día menos. Uno sabe que, si faltan 40 páginas, hay que darle duro, y, si faltan más, hay que, eso, llegar a las 40. Como un fastidio por todas las cosas, uno lee por costumbre, mientras que otros hacen gimnasia o se aturden con la tele.
Porque la lectura tiene eso: aturde, empalaga mal, quisque. Pasé los 30 hace un tiempo ya, y sé que estoy encastrado en la vieja maldición, indefinidamente, o hasta que llegue el viaje idiota del poeta francés. No pasará día en que, de no leer, no deje de sentirme ausente, vacío, incompleto; y, habiendo leído, no haya arrojado lejos, una vez más, cada maldito tomúsculo o edición accesible con que la edad del consumo también a mí me persigue. Como una pérdida de la juventud.
16 de enero de 2008
10 de enero de 2008
Mujeres: niñas, jóvenes, pasadas
Una niñita, al costado, chilla dulcemente una canción cualquiera. Como ahora ando tras una mujer varios años menor que yo, una mujer-amiga que está por parir advierte que deje de interesarme por las menores. Querrá que busque a viejas como ella (no a ella). En todo caso, veo a la niñita de acá al costado, con sus auriculares adosados a las orejas, y no me despierta ni afecto, sino incomodidad por sus chillares y demás contingencias parloteriles, y devaneos chateadores en busca de algo que ni ella ni yo entendemos: el amor.
Leo en Proust (II), en mi incansable Proust (siempre termina venciéndome con su elongamiento de prosa) que es eso lo que tienen las quinceañeras, o las de 18 (¡nunca dice el número de las edades!): que esas muchachas en flor son lo más voluble, lo más maleable por las emociones, los desaires y las alegrías que entre los humanos existe. Edad de la variabilidad, luego terminamos de conformar nuestro rostro, nuestra máscara y, rígidos o blandos, siempre, de todos modos, sonreímos o fruncimos el ceño de memoria.
Las rabiosas niñas, a lo Emilia de Monteiro Lobato, las de carácter, las gritonas, las de 4 ó 5 años y rebeldía ante el menor "no", ésas sí que me encantan (las veces que no logran sacarme de las casillas, que, la verdad, son ahora pocas). Pueden ponerse a bailar ante la caída de un libro: tal cosa es impagable. Como lo son sus discursos a veces incoherentes, su veleidad aprovechada, su nada de cortesía.
Salud, entonces, a la que parirá a alguien que no transmitirá su apellido (somos de Tercer Mundo), tal como ella, una generación atrás, sólo puede confiar en su hermano y someterse a las reglas de nomenclatura del parentesco. Claro, de eso hablamos.
Leo en Proust (II), en mi incansable Proust (siempre termina venciéndome con su elongamiento de prosa) que es eso lo que tienen las quinceañeras, o las de 18 (¡nunca dice el número de las edades!): que esas muchachas en flor son lo más voluble, lo más maleable por las emociones, los desaires y las alegrías que entre los humanos existe. Edad de la variabilidad, luego terminamos de conformar nuestro rostro, nuestra máscara y, rígidos o blandos, siempre, de todos modos, sonreímos o fruncimos el ceño de memoria.
Las rabiosas niñas, a lo Emilia de Monteiro Lobato, las de carácter, las gritonas, las de 4 ó 5 años y rebeldía ante el menor "no", ésas sí que me encantan (las veces que no logran sacarme de las casillas, que, la verdad, son ahora pocas). Pueden ponerse a bailar ante la caída de un libro: tal cosa es impagable. Como lo son sus discursos a veces incoherentes, su veleidad aprovechada, su nada de cortesía.
Salud, entonces, a la que parirá a alguien que no transmitirá su apellido (somos de Tercer Mundo), tal como ella, una generación atrás, sólo puede confiar en su hermano y someterse a las reglas de nomenclatura del parentesco. Claro, de eso hablamos.
11 de diciembre de 2007
Monedita con Mickey
Los auriculares, sobre la mesa de mi máquina en el cýber. La música ambiental (A la porra. Y gangrena.) , que va de un pop noventoso a un techno idiota, saltos de un .mp3 a otro, indiscriminadamente y siempre con el pobre mal gusto del chico del local. Y los otros chicos, los pibes, deportivos porque van (y no) a jugar tennis a las canchas de acá cerca y se escapan (y sí) a conectarse con cualquier enchufe hembra que les permita internet.
Apunto, así, una situación ya manida en este sitio y pienso qué jugo pueda sacarle. El jugo, claro, pasará por cómo continúe este texto. ¿Condiciones de producción? Quito la idea de pseudoteorizar aquí, porque no me da el cuero ni siquiera para eso, y siento la brisa mecánica que del ventilador de pared me llega, para relajarme.
El ventilador gira lentamente. La brisa artificial acaricia, parcial, mi oreja y sien izquierda, llega, de repente es un plano pleno, se detiene ahí un rato para después girar, otra vez, a lo imperceptible, y vuelve a pasar. Marca Gatti, marca cuya casa de distribución he visto, hace muchos años ya, esperando el 74, entre besos y papas calientes, en una esquina de Córdoba, cerca de la medianoche, gente esperando, impasible, el fin de la jornada laboral, que no acaba ni siquiera cuando se toma el colectivo, sino que tiene que esperar, para cumplirse, el después de la cena, el después del lavar los platos, el breve y periódico después.
Ignoro el destino ulterior de esa esquina. Me acostumbro a este "límpido" reducto. Sé que la siesta, acá, no es aburrida, sé que al menos el ventilador sigue en pie, y sé que el tiempo pasa. Me pregunto cómo será el otoño en este barrio.
Apunto, así, una situación ya manida en este sitio y pienso qué jugo pueda sacarle. El jugo, claro, pasará por cómo continúe este texto. ¿Condiciones de producción? Quito la idea de pseudoteorizar aquí, porque no me da el cuero ni siquiera para eso, y siento la brisa mecánica que del ventilador de pared me llega, para relajarme.
El ventilador gira lentamente. La brisa artificial acaricia, parcial, mi oreja y sien izquierda, llega, de repente es un plano pleno, se detiene ahí un rato para después girar, otra vez, a lo imperceptible, y vuelve a pasar. Marca Gatti, marca cuya casa de distribución he visto, hace muchos años ya, esperando el 74, entre besos y papas calientes, en una esquina de Córdoba, cerca de la medianoche, gente esperando, impasible, el fin de la jornada laboral, que no acaba ni siquiera cuando se toma el colectivo, sino que tiene que esperar, para cumplirse, el después de la cena, el después del lavar los platos, el breve y periódico después.
Ignoro el destino ulterior de esa esquina. Me acostumbro a este "límpido" reducto. Sé que la siesta, acá, no es aburrida, sé que al menos el ventilador sigue en pie, y sé que el tiempo pasa. Me pregunto cómo será el otoño en este barrio.
10 de diciembre de 2007
Propósito de pilas
Tal parece que estoy escribiendo mal. Me lo señala Mara; aparte, lo sé. Con quince minutos para tirar un texto, releerlo dos o tres veces y cambiar, apenas, una que otra palabra, mucho no se puede ofrecer. Porque cuando los textos nacen así, sin ganas, son eso: textos malparidos, destinados necesariamente a la mofa y al descarte.
Anoche, por lo demás, escribí un poema excelente. Lo trabajé por hora y media, dos -tiempo mínimo, exigencias de respeto propio, uno todavía posible, para con ese poema nuevo, que tenía más de 30 líneas-, y, si bien supe que podría haber continuado con la corrección, dejé, por eso mismo, su profundización para un nuevo escrito: no sólo hace a la calidad de la escritura una gran emoción, sino también la constancia, la insistencia, el sumar horas-culo.
Así, entonado por esa "práctica de arado pulcro", escribo esto ahora, poniendo pilas, y
nuevamente el interés de Mara, sardónica lectora. La redacción se impone, la prolijidad, y el querer destinar un poco más de cariño a esta actividad un tanto fastidiosa que es agregar prosas a la red (el ambiente, digámoslo nuevamente, no es propicio).
¿Subir también poemas? Aún tengo el prurito de guardarlos, de acumularlos, de pensar, quizás, en un nuevo libro, una nueva farsa. Lo que se pierde para siempre tiene que haberse escurrido antes lentamente en forma de positivo escepticismo cotidiano; si todavía respeto los libros, difícil que no quiera emularlos, difícil, arduo, que deje de dialogar con ellos solamente.
Anoche, por lo demás, escribí un poema excelente. Lo trabajé por hora y media, dos -tiempo mínimo, exigencias de respeto propio, uno todavía posible, para con ese poema nuevo, que tenía más de 30 líneas-, y, si bien supe que podría haber continuado con la corrección, dejé, por eso mismo, su profundización para un nuevo escrito: no sólo hace a la calidad de la escritura una gran emoción, sino también la constancia, la insistencia, el sumar horas-culo.
Así, entonado por esa "práctica de arado pulcro", escribo esto ahora, poniendo pilas, y
con la esperanza inquieta de captar
nuevamente el interés de Mara, sardónica lectora. La redacción se impone, la prolijidad, y el querer destinar un poco más de cariño a esta actividad un tanto fastidiosa que es agregar prosas a la red (el ambiente, digámoslo nuevamente, no es propicio).
¿Subir también poemas? Aún tengo el prurito de guardarlos, de acumularlos, de pensar, quizás, en un nuevo libro, una nueva farsa. Lo que se pierde para siempre tiene que haberse escurrido antes lentamente en forma de positivo escepticismo cotidiano; si todavía respeto los libros, difícil que no quiera emularlos, difícil, arduo, que deje de dialogar con ellos solamente.
7 de diciembre de 2007
Tomo una Pritty que ya se me ha calentado un poquito. Hace hace unos años (tengo 34, lo siento) había que explicar a los recién llegados, a los foráneos, a los simpáticos pajueranos qué es esto de la Pritty. Gaseosa de limón azucarada, de la que la publicidad correspondiente nos impulsaba a consumir porque teníamos que ser buenos cordobeses. La industria local y todo ese viejo sueño, birlado, este último, en provecho, ahora, de esa empresita que, como cualquier otra, gustaba de mentir y ganar platita.
Tomo una Pritty con un sorbete de liniecitas negras longitudinales. Hasta hace poco los sorbetes eran las pajitas, término que te daba, o no, deleite o vergüenza pronunciar pero siempre algún grado (aunque más no fuera inconsciente) de incomodidad. Cuando comenzamos a decir sorbete, muchas cosas se solucionaron para las nuevas generaciones; pero una moda o el desenfado o muchísimos otros motivos pueden hacer que vuelva ese uso. Y andá a otra provincia, me susurro, y enterate, nomás.
Búsqueda frenética, película hermosa porque la chica -no la esposa- era hermosísima, y porque era una historia muy bien tramada, toca esto de lo que vengo escribiendo. Van en el auto y escuchan algo en la radio o en un caset -¡chau!-. Ah, un clásico, comenta la mina. ¿Clásico? ¿Cuánto tiene de vieja esta música? Seis, siete años. Eso comentaba la mina, de eso se sorprendía Ford, eso le tenía que inculcar, reformular, la mina. Clásico es Bach, opina Ford. Clásico es Chopin -magníficos segundos movimientos de sus conciertos para piano-. ¿Seis, siete años? Estás viejo, Ford; que te caiga la ficha, me enseñan a decir.
Y anoche charlaba con una de 29, ya ocupada, y algo le decía de volver a vernos, y ella que no, porque no sé, y etcétera. En todo caso, en un pub -digamos "astroso"- sonaba rock en castellano a todo volúmen. Y hubo clásicos, pese a mi pasado de música otramente clásica. Y una niña de 22, más de Miranda! que de saber quién había sido el cantante de Los Redondos, asistía a esa charla de dos que van viviendo sus 30, que se miran un poco triste y sonrientemente, que se saben deseados y deseantes, que disfrutan de rozarse con las piernas porque sí, porque podría pasar, porque se sienten cómodos estando con una onda afín. Y la niña de 22 se retiraba antes.
Tomo una Pritty con un sorbete de liniecitas negras longitudinales. Hasta hace poco los sorbetes eran las pajitas, término que te daba, o no, deleite o vergüenza pronunciar pero siempre algún grado (aunque más no fuera inconsciente) de incomodidad. Cuando comenzamos a decir sorbete, muchas cosas se solucionaron para las nuevas generaciones; pero una moda o el desenfado o muchísimos otros motivos pueden hacer que vuelva ese uso. Y andá a otra provincia, me susurro, y enterate, nomás.
Búsqueda frenética, película hermosa porque la chica -no la esposa- era hermosísima, y porque era una historia muy bien tramada, toca esto de lo que vengo escribiendo. Van en el auto y escuchan algo en la radio o en un caset -¡chau!-. Ah, un clásico, comenta la mina. ¿Clásico? ¿Cuánto tiene de vieja esta música? Seis, siete años. Eso comentaba la mina, de eso se sorprendía Ford, eso le tenía que inculcar, reformular, la mina. Clásico es Bach, opina Ford. Clásico es Chopin -magníficos segundos movimientos de sus conciertos para piano-. ¿Seis, siete años? Estás viejo, Ford; que te caiga la ficha, me enseñan a decir.
Y anoche charlaba con una de 29, ya ocupada, y algo le decía de volver a vernos, y ella que no, porque no sé, y etcétera. En todo caso, en un pub -digamos "astroso"- sonaba rock en castellano a todo volúmen. Y hubo clásicos, pese a mi pasado de música otramente clásica. Y una niña de 22, más de Miranda! que de saber quién había sido el cantante de Los Redondos, asistía a esa charla de dos que van viviendo sus 30, que se miran un poco triste y sonrientemente, que se saben deseados y deseantes, que disfrutan de rozarse con las piernas porque sí, porque podría pasar, porque se sienten cómodos estando con una onda afín. Y la niña de 22 se retiraba antes.
6 de diciembre de 2007
Sin corregir
El chico me viene a las cinco, esto es, en hora y media. El chico tiene que creer que nuestros verbos tienen que ver con el "tú" y con el "vosotros". El chico tiene que relacionarse con insoportables leyendas patriotiles donde se habla del campo, de los animales, de gente exagerada que al llorar origina un río, cuando en otra materia, geografía, le hablan del ciclo del agua. El chico tiene 12 ó 13 años, y lo preparo para que dé su coloquio de Lengua el lunes que viene, una deuda que le quedó con el fastidioso, al fin y al cabo, Primer Año.
Leo su carpeta. No puedo creer que se le dicten cosas que tienen un tono tan horrible, y que crean que él las podrá estudiar con deleite. Ya fue Horacio con su "dulce et utile". No he ido a la casa del chico, así que no vi si tienen la posible biblioteca al lado de la alacena de dulces estacionados, esa nueva interpretación de lo horaciano que hacía un gallego al filo del '900.
Me leyó (les leyó) un par de novelitas infantiles, de detectives. Borges se copaba con el inglés de los libros de su padre, probablemente desde edad muy temprana. Hoy se intenta ser progresista diciéndoles a los párvulos que una historieta también es narrativa, pero la cosa se concentra en mitos y leyendas.
Y disfruté tanto cuando, hablando de mitos (cosmogonía, origen de los dioses, nacimiento del hombre, héroes), el chico de pronto me pregunta: "¿usted es católico?". ¡Qué intensidad! El chico estaba en su etapa escéptica, y pronto comenzarían a darse las lentas, morosas definiciones, y quizá el chico se dijera: "estoy rodeado de conformistas, de apagados, de incoherentes"; y sufriera por sus profundos, claves pensamientos metafísicos. Y me maravillé de mi propio paso por el tiempo, y de haber quemado etapas, y de haber dicho: "esto no es blanco; esto es violeta; y punto".
Fuera del peso de la pregunta fundamental, veía al chico debatirse frente al diablo, pequeño Cristo en el desierto.
Leo su carpeta. No puedo creer que se le dicten cosas que tienen un tono tan horrible, y que crean que él las podrá estudiar con deleite. Ya fue Horacio con su "dulce et utile". No he ido a la casa del chico, así que no vi si tienen la posible biblioteca al lado de la alacena de dulces estacionados, esa nueva interpretación de lo horaciano que hacía un gallego al filo del '900.
Me leyó (les leyó) un par de novelitas infantiles, de detectives. Borges se copaba con el inglés de los libros de su padre, probablemente desde edad muy temprana. Hoy se intenta ser progresista diciéndoles a los párvulos que una historieta también es narrativa, pero la cosa se concentra en mitos y leyendas.
Y disfruté tanto cuando, hablando de mitos (cosmogonía, origen de los dioses, nacimiento del hombre, héroes), el chico de pronto me pregunta: "¿usted es católico?". ¡Qué intensidad! El chico estaba en su etapa escéptica, y pronto comenzarían a darse las lentas, morosas definiciones, y quizá el chico se dijera: "estoy rodeado de conformistas, de apagados, de incoherentes"; y sufriera por sus profundos, claves pensamientos metafísicos. Y me maravillé de mi propio paso por el tiempo, y de haber quemado etapas, y de haber dicho: "esto no es blanco; esto es violeta; y punto".
Fuera del peso de la pregunta fundamental, veía al chico debatirse frente al diablo, pequeño Cristo en el desierto.
3 de diciembre de 2007
Tiempo algo caluroso. No me he bañado por dos días, y la remera, limpia pero puesta sobre la piel ya sucia y apenas transpirada, se marca y pesa levemente sobre mi espalda y hombros. El cýber tiene poca gente ahora; por suerte no hay chicos: andarán sufriendo en el secundario, en las clases, antes indignadas profesoras que no podrán nunca terminar de creer que lo tan interesante para ellas no tiene nada que ver con eso que están enseñando. Así, la vida.
Escucho dulces canciones francesas marcando brutamente el compás, golpes de bata que combinan de pronto bien con la dulce voz gutural que, por no prestarle atención, no sé lo que dice. Calor de casi verano, todos estamos de remera, algunos de pantaloncitos, dos viejas con musculosas marcándoles la panza engordada a base de ¿puchero? y las tetas caídas, lo que de este modo forma un declive, continuo y creciente, desde el cuello hasta la altura del pupo, principio y fin de todo, prácticamente.
Nada más. Calor, mugre y paciencia. Nada de lo cual es necesario para escribir.
Escucho dulces canciones francesas marcando brutamente el compás, golpes de bata que combinan de pronto bien con la dulce voz gutural que, por no prestarle atención, no sé lo que dice. Calor de casi verano, todos estamos de remera, algunos de pantaloncitos, dos viejas con musculosas marcándoles la panza engordada a base de ¿puchero? y las tetas caídas, lo que de este modo forma un declive, continuo y creciente, desde el cuello hasta la altura del pupo, principio y fin de todo, prácticamente.
Nada más. Calor, mugre y paciencia. Nada de lo cual es necesario para escribir.
27 de noviembre de 2007
Gran narradora, no se arredra ante nada y da cuenta, incansablemente, de 5 ó 10 anécdotas a lo largo de un par de horas y mucho más, apelando al entresijo eficaz, al recurso grotesco, la hipótesis humilde, la ironía agradable. Es ella la que toma la palabra, y yo quien acota "sí", "claro", "¿quién?", dando pie a las diversas inflexiones de esa maravilla de barrio, columpio de entrecasa, de lavar platos mientras le cebo un mate, de contar y contar, inagotable, exhaustiva.
Esas 5 ó 10 anécdotas son retomadas en sucesivos días, expurgadas y decantadas, reelaboradas hasta lo elocuentemente sutil, y se renuevan de a una, pocas veces de a dos, para que la conseja continúe, puntuada por sus "dice", por sus "date cuenta".
Hay que estar preparado y de buen ánimo para esa prueba de fuerza verbal. Si no, apabulla y aturde. Y si sí, a no perder hilo, a no despistarse, a insistir con los "¿quién?", los "¿dónde?", los "claro", a ir elaborando un mapa de la continuidad, a no sorprenderse porque no tenga solución; porque, como los pollos con la comida, la cosa probablemente acabe muy tarde, al cortar la luz, al caer exhaustos todos en nuestras respectivas camas, constatando desde allí, cuando por fin podemos reflexionar, que el lenguaje no no quiere morir, que sigue, que, si algo somos, ese algo pasa por la narración: voraz, desbordante, "reiteración creyente".
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