Diáspora desacartonada, mi occipucio ralentizaba las comas de guardar, asido como andaba a la ventolina fraudulenta de los camalotes inmejorables que adolecían de isótopos vencidos. Mi batracio de ser, presa de agitaciones, regurgitaba inmune cada trajín que el Tío procurara de por entre los tablones de tonsura y Coca-Cola. (Cuando, más acá de las discrepancias, la suerte va, la yanta calcina fácil helechos o de la dentición de los sobacos magros. Más por lo general y el arrecife, verdinegros pecíolos especularán fiero, a semejanza de retenciones y reflejos.)
Y no era que mi dominó de chichises surtiera mejoría: dolida, mi quietud se aparecía por entre los cañaverales y calaveras como un muñeco estacionario de las ventiscas agradecidas. No era que la yacija y conseja de las viejas verrugas añorase el puente: la perra y sus adobes, inmaculados como la desazón, se estremecían por lo bajo. De todos modos, aunque el acta de espiante conminara a descerebrados alfeñiques a disponer de saldos y retazos cariacontecidos, mi cimitarra torpe se descomponía como la escolopendra del adiós en que no quise.
En ésa estábamos, La Cuarterona y yo. Azabaches y librerías, la viruta implacable, pagoda de la abuela, escanciaba mermas. El patiecito de enfrente, enfermizo y azulenco, vidrio de pie, conminaba a descorchar seguido, y la muy vaga, pelambre y espinacas por lo bajo, desmerecía apuntes trabados, mientras que yo deshilachaba los broches de perderse al fondo. Tranquilos como una foto, franceses en eso de reconcomer la espátula contra las cacerolas, taimada caminó.
Entonces, redepente, el vicio. Surtía su comisura una mala púa de azufre, y las azucenas de ocasión esponsoreaban calamitosos oxitracios la banda en disco, mientras que Bach -insulto y desgarrón-, rojizo como un bache, percutía peladuras y mancuernas, y repetía a quien quisiese timarlo que la congoja insostenible en alma es derechura a puerto de babucha en pie.
Quizás haya desplante en mi cornamenta, y tenga que sugerir que La Cuarterona, rabo de cúmulus nimbus que lejos azafranara el muelle, moliendas en mi malla, escanciaba en ese momento un puerro. Entonces, moneda, sopor y liviandad, el vicio, tenor de los arrieros, chupacabras y vuelta a dentición de los soñados, desentumeció de una el picaporte, nervado como una pollera.
La muy vaga escupió contra el viento de los osobucos galanos, y mi mate, materia fermentada en añosos algarrobos contra lumbago y fiebre, tomó de las itas la mansedumbre y se fue como una escarapela meada por detrás.
Circunfleja, La Cuarterona me regardeaba el fiambre, y yo tosí. Calidad de ventosa contra mejilla pustulácea y macilenta, Bach volvió de un saque, y comimos mucho.
26 de mayo de 2009
9 de mayo de 2009
Micronesia de las constataciones
Monedas y dromedarios, rígidos mausoleos que alumbran, pulcro tu neceser, varada la distancia; y eucaliptus. Monedas o la suculenta molienda de otras fuentes, monedas de la ríspida deshidratación, tibio reparo. Ínsitos crisantemos que nadie varará, ínsitos vislumbres al través de tu frontera henchida, migraña y feldespato. Arrimos a un no ser de patas chuecas, monedas y escapularios -vencidos, resistentes-, colosa, duermevela.
Cada vez que de tu semblante enhiesto se desprenden oropéndolas de ocasión, eslavos amancebados mediante la resolana, miríadas encarnadas de nada que ver, nada que palpitar, nada a que asistir. Oropéndolas como las habladurías y rejunte de desplantes, última mishiadura -la frase incauta-, molécula capaz que se desdice contra los acantilados del quién; y el quién que caminó, y que condujo a las itas hacia una doble escansión bituminosa, magulladuras e insípidos cristales, arde la mano.
Máxima estornuda, Máxima se sorbe los mocos, Máxima sonríe a la cámara desdentada. Sudor de espalda o cuenco, miniaturas y desgaje de la alcancía, pasamanerías y escalpelos que hallamos al desgaire, libros como el plástico que no terminamos de hundir entre las sienes, armas de un filo menoscabado que dejamos desvencijarse en la acordada extensión de la pereza, una risotada es como un ángel, un gemido es como la pared contra la cual dormimos, otro bostezo es como la disección gastada de las penas sobre el coral de la madrugada. Y no concederemos el esparto.
Así, desaforados y obtusos, pasan los monos de la adivinación en andas, y pasan los almaceneros de la sonrisa desvaída, y también pasan las alondras que nada quieren de nosotros. Como una vigilia de la condición suntuaria de los alces, tememos relinchando. Como un quiste oxidado y arrastrado a través de las galerías al uso, tememos el sopor de la indecisión en Luna, rapto veloz.
Porque ante cada colosa que decapita, nos inclinamos como los malintencionados de antaño, y somos la garita infiel y seca en la que yace el albino, y a partir de nuestra manoseada conducta concluimos penosamente que somos el olvido de lo que sucederá. Torres: aroma, y detención.
Cada vez que de tu semblante enhiesto se desprenden oropéndolas de ocasión, eslavos amancebados mediante la resolana, miríadas encarnadas de nada que ver, nada que palpitar, nada a que asistir. Oropéndolas como las habladurías y rejunte de desplantes, última mishiadura -la frase incauta-, molécula capaz que se desdice contra los acantilados del quién; y el quién que caminó, y que condujo a las itas hacia una doble escansión bituminosa, magulladuras e insípidos cristales, arde la mano.
Máxima estornuda, Máxima se sorbe los mocos, Máxima sonríe a la cámara desdentada. Sudor de espalda o cuenco, miniaturas y desgaje de la alcancía, pasamanerías y escalpelos que hallamos al desgaire, libros como el plástico que no terminamos de hundir entre las sienes, armas de un filo menoscabado que dejamos desvencijarse en la acordada extensión de la pereza, una risotada es como un ángel, un gemido es como la pared contra la cual dormimos, otro bostezo es como la disección gastada de las penas sobre el coral de la madrugada. Y no concederemos el esparto.
Así, desaforados y obtusos, pasan los monos de la adivinación en andas, y pasan los almaceneros de la sonrisa desvaída, y también pasan las alondras que nada quieren de nosotros. Como una vigilia de la condición suntuaria de los alces, tememos relinchando. Como un quiste oxidado y arrastrado a través de las galerías al uso, tememos el sopor de la indecisión en Luna, rapto veloz.
Porque ante cada colosa que decapita, nos inclinamos como los malintencionados de antaño, y somos la garita infiel y seca en la que yace el albino, y a partir de nuestra manoseada conducta concluimos penosamente que somos el olvido de lo que sucederá. Torres: aroma, y detención.
25 de abril de 2009
Callada caminó
Como la piedra que callaba, como la borra que tornaba al silencio, los lisiados caminan a compás y escupen insectos y calaveritas, dentición o almendras que al ludibrio asisten, inmiscuida paciencia o conformación de Escamandros, pecíolos nervados desde la ventana sofrenaban potros, incómodo dromedario y colapsada región de abetos, díscolo inconducente que a la tortura exorcizó del mal, llaga persiste.
Idos como contusos, idólatras y mancebías de ocasión, encarcelado rescoldo que a la hora de la caricia miente, oxímoros en el Estado de fluyente música, la marejada protosensible es como un arrefice de estaño, y las alcanforadas lechugas, caídas, como en parto, coadyuvan, menjunje solicitador, a la testamentaria refriega que los índigos proclaman, cariátide inconducente que todas las noches refresca a albinos, noche de mercedarias, noche de esfinges, noche que atiende al por mayor y que, difusa, forma colágenos estultos y degollaciones.
Fungir mediante el vientre lo que no llegó, o la pesada piedra que al arribo escuálida asoma, vientre galáctico, límite indiscernible que a dos brazos menoscaba, medida suntuaria y funeral, lazo de paredones, inmejorable estación de adioses, "callada caminó". Tomo mi mate a sorbos de jeringa, se desentiende el occipucio y parte, más quebradas, dolida la mañana, ferruginosa, mi espalda es osamenta que, regurgitada por la desviación, colapsa entre antorchas, adocenada suma.
Y lo que fue en el piso, vela arrumaco, mantel de ligamentos y circuito base a modo de colchas, es nada más que sombra de otro velo, velo suntuario y mentolada azucena, conmiserativo dosaje. Porque pese al azul de que obteníamos, liza mediante, pocos e inmisericordes pliegues, rotura de gramática, ardimos para la siega y fuimos morsa de desvelo. Placer deglutido.
Idos como contusos, idólatras y mancebías de ocasión, encarcelado rescoldo que a la hora de la caricia miente, oxímoros en el Estado de fluyente música, la marejada protosensible es como un arrefice de estaño, y las alcanforadas lechugas, caídas, como en parto, coadyuvan, menjunje solicitador, a la testamentaria refriega que los índigos proclaman, cariátide inconducente que todas las noches refresca a albinos, noche de mercedarias, noche de esfinges, noche que atiende al por mayor y que, difusa, forma colágenos estultos y degollaciones.
Fungir mediante el vientre lo que no llegó, o la pesada piedra que al arribo escuálida asoma, vientre galáctico, límite indiscernible que a dos brazos menoscaba, medida suntuaria y funeral, lazo de paredones, inmejorable estación de adioses, "callada caminó". Tomo mi mate a sorbos de jeringa, se desentiende el occipucio y parte, más quebradas, dolida la mañana, ferruginosa, mi espalda es osamenta que, regurgitada por la desviación, colapsa entre antorchas, adocenada suma.
Y lo que fue en el piso, vela arrumaco, mantel de ligamentos y circuito base a modo de colchas, es nada más que sombra de otro velo, velo suntuario y mentolada azucena, conmiserativo dosaje. Porque pese al azul de que obteníamos, liza mediante, pocos e inmisericordes pliegues, rotura de gramática, ardimos para la siega y fuimos morsa de desvelo. Placer deglutido.
8 de febrero de 2009
Jején dormido
Leo, y no recuerdo nada. Vacío, laguna retrospectiva. Sólo me queda la sensación general de lo que leí: la sensación-prosa, la -verso (bah: la poesía se relee, y eso ayuda al panorama -curiosa expresión-). Cuando retomo una novela, me sitúo inmediatamente en el contexto; pero, cerrado el libro, olvido todo, por lo general de un modo inmediato.
Puede que sea como escuchar cualquier canción en inglés: no sabés de qué habla, y después sólo lográs acordarte de esa música cuando la volvés a escuchar, y, entonces sí, recién ahí podés ir tarareándola mentalmente mientras suena.
Es una manera de ocupar el tiempo. Ponerse, por caso, a pensar cosas mientras se lee -pero esto se da, no se busca-. Así, me doy a dos discursos: el del texto en cuestión, y el de mi disparatar interior, que se ofusca -me sucede, en serio- por los mismos nimios motivos de siempre, o se entretiene directamente con pelotudeces al toque.
Por ejemplo, Un barbare en Asie, de Michaux. Uno podría hacerse de 20.000 anécdotas de viaje francófono, costumbres variopintas de los hindúes o los chinos, perrito de Li Po, y se pone a especular con algo así como: "pero qué observación que se pasa de sagaz; me gustaría acordarme de ella, para comentarla, al menos" (la frase, que no sucede, es un instante, un flash, en medio del leer). Y, al párrafo, no queda ni la idea misma de acordarse.
Cuando era joven (joven: diecinueve años) era tan máquina de leer como ahora: pero con memoria. Y andaba como Sancho: en vez de refranes, citas. Y la reunión se amenizaba, y cada tanto podía pasar por "el príncipe de la fiesta" (¿Oteriño?, aunque descontextualizado).
Treinta y cinco: la triste edad de los que, aparte las taras propias de cada cuerpo, ya la pifian previsiblemente, y mal.
Puede que sea como escuchar cualquier canción en inglés: no sabés de qué habla, y después sólo lográs acordarte de esa música cuando la volvés a escuchar, y, entonces sí, recién ahí podés ir tarareándola mentalmente mientras suena.
Es una manera de ocupar el tiempo. Ponerse, por caso, a pensar cosas mientras se lee -pero esto se da, no se busca-. Así, me doy a dos discursos: el del texto en cuestión, y el de mi disparatar interior, que se ofusca -me sucede, en serio- por los mismos nimios motivos de siempre, o se entretiene directamente con pelotudeces al toque.
Por ejemplo, Un barbare en Asie, de Michaux. Uno podría hacerse de 20.000 anécdotas de viaje francófono, costumbres variopintas de los hindúes o los chinos, perrito de Li Po, y se pone a especular con algo así como: "pero qué observación que se pasa de sagaz; me gustaría acordarme de ella, para comentarla, al menos" (la frase, que no sucede, es un instante, un flash, en medio del leer). Y, al párrafo, no queda ni la idea misma de acordarse.
Cuando era joven (joven: diecinueve años) era tan máquina de leer como ahora: pero con memoria. Y andaba como Sancho: en vez de refranes, citas. Y la reunión se amenizaba, y cada tanto podía pasar por "el príncipe de la fiesta" (¿Oteriño?, aunque descontextualizado).
Treinta y cinco: la triste edad de los que, aparte las taras propias de cada cuerpo, ya la pifian previsiblemente, y mal.
27 de enero de 2009
Más que moroso, relajado
Llueve. Y nuevamente. Por fin refresca, en Córdoba. Descompuesto mal que anduve -diarrea furibunda, dolor de panza-, creo que por el tremendo calorísimo de hace un par de días, escucho un disco sencillote, cruzado yo de piernas, ventilador que quedó prendido; y la gata, en la silla buena, soñando, que no conmigo.
Terminé de leer El viaje del elefante, terminé de releer En un vasto dominio. Semana, la anterior, en que sólo dormí, pesada bolsa de papas cuyas coyunturas, exhaustas, se dolían de mi mero permanecer depositado sobre el jergón, semana en que tomaba un libro y se me cerraban los ojos, y me depositaba. Semana de nada hacer, después de andar campamenteando (sic!) el otro finde, río de toscas, San Antonio. Tomo mi mate obligado, escucho ahora a Bizet con dos que se reprochan típicos despechos amorosos, siento la lluvia y algún que otro auto pasando sobre el asfalto que más se moja, morosamente ella, me vuelvo a cruzar de piernas, para el otro lado ahora.
Me tengo prometido Genette para dentro de un rato: para cuando termine de escribir -corregir, quizás- esto. ¡Qué manera más cansadora de darle vueltas a la perfección buscada de decir cómo es la cosa! Y sé que con esta clase de libros -fotocopias: mi caso- la cosa no es hojearlos, marchanta destemplada, sino desmenuzarlos, rumiarlos, para luego despreciarlos, hablar irónicamente de ellos y hacer chistes fáciles, complicidad de entendidos.
En todo caso Séneca: Los siete libros de la sabiduría, que algo avancé, yá. Por fin leeré De la brevedad de la vida, el cual, si mal no recuerdo, Quevedo amaba; mejor dicho: expoliaba profusamente. ¿Quevedo, Petrarca, quién? Séneca se le pasa ordenándole la vida a los amigotes en frases más que romanas -digo: la traducción-, y se luce para la posteridad cuatro o cinco veces por página. En un momento habla de los que adornan sus paredes con libros, y el "desastre" es que en esa época no había imprenta: lujo, derroche.
Y ahora, qué. Salir a comprar un buen yogur, tomar las obligadas pastillas del estar bien, del ir andando normal, y recordar el sueño de anoche. Ni pienso que se desgaje la vida.
Terminé de leer El viaje del elefante, terminé de releer En un vasto dominio. Semana, la anterior, en que sólo dormí, pesada bolsa de papas cuyas coyunturas, exhaustas, se dolían de mi mero permanecer depositado sobre el jergón, semana en que tomaba un libro y se me cerraban los ojos, y me depositaba. Semana de nada hacer, después de andar campamenteando (sic!) el otro finde, río de toscas, San Antonio. Tomo mi mate obligado, escucho ahora a Bizet con dos que se reprochan típicos despechos amorosos, siento la lluvia y algún que otro auto pasando sobre el asfalto que más se moja, morosamente ella, me vuelvo a cruzar de piernas, para el otro lado ahora.
Me tengo prometido Genette para dentro de un rato: para cuando termine de escribir -corregir, quizás- esto. ¡Qué manera más cansadora de darle vueltas a la perfección buscada de decir cómo es la cosa! Y sé que con esta clase de libros -fotocopias: mi caso- la cosa no es hojearlos, marchanta destemplada, sino desmenuzarlos, rumiarlos, para luego despreciarlos, hablar irónicamente de ellos y hacer chistes fáciles, complicidad de entendidos.
En todo caso Séneca: Los siete libros de la sabiduría, que algo avancé, yá. Por fin leeré De la brevedad de la vida, el cual, si mal no recuerdo, Quevedo amaba; mejor dicho: expoliaba profusamente. ¿Quevedo, Petrarca, quién? Séneca se le pasa ordenándole la vida a los amigotes en frases más que romanas -digo: la traducción-, y se luce para la posteridad cuatro o cinco veces por página. En un momento habla de los que adornan sus paredes con libros, y el "desastre" es que en esa época no había imprenta: lujo, derroche.
Y ahora, qué. Salir a comprar un buen yogur, tomar las obligadas pastillas del estar bien, del ir andando normal, y recordar el sueño de anoche. Ni pienso que se desgaje la vida.
19 de enero de 2009
Otra que Next
Mirás tu esgrima: viento que a nada conduce, ligazón, cera, melatonina ahíta ya de su sabor, y más crujías. Mirás tu nervadura: o de los replandores contra las cariátides no conquistadas, la típica refriega: y mineral y escapulario de la caparazón, dique contenedor de dineros, insípida voraz y maratón en que, indigno el siervo, migrañas acontecen contra cualquier paredón de la cerrazón olores.
Tomás tu dentición, raro revés, tomás colegiaturas para el pique, pasan bólidos como cornos desproporcionados que, eruto primaveral, licuado, la venta y el manteo logran para los libros. Indigno comején sin albos delantales, el pisapapeles verde cruje como la medida de lo que, raíz del equilibrio, indaga masturbando. Silbos o silvas, maniatado reflejo, reflector de la distancia en la que, niño o su disco compacto para vitrinas, la mesnada, vívida y por demás percanta, se hastiaba, lenta y sin esperas, y tañer.
Consuetudinario tejemaneje, pinitos y pimpollos apaciguaban retazos, ingratitud la guerra que, distante, mañana puede hincar manoplas en trance de tu polímero desantiguado, archivo o venosidad improbable. Renuevo de las confiterías, salchichón para el escarnio, gula ofendida de toda su terminología yesquera, wolframios de la sal o videotecas basiliscoides, Qusarat dará en desanudarse, los médanos de la dejadez achiras.
Entonces, molinete penal o ziguráts como percances, cristologías esculpidas entre los tenedores o: de los condensadores y disipadores del morbo, riza mañana el queso, la oligofrénica cerrazón es X., pelotón o finadas frases.
Tomás, en un así, la llave de la pinacoteca, hipa el cogollo, me meso la carnadura pélvica, reviente de la madrépora contra el pez, - aquel albur, el pergeñar. Arriba, el muelle.
Tomás tu dentición, raro revés, tomás colegiaturas para el pique, pasan bólidos como cornos desproporcionados que, eruto primaveral, licuado, la venta y el manteo logran para los libros. Indigno comején sin albos delantales, el pisapapeles verde cruje como la medida de lo que, raíz del equilibrio, indaga masturbando. Silbos o silvas, maniatado reflejo, reflector de la distancia en la que, niño o su disco compacto para vitrinas, la mesnada, vívida y por demás percanta, se hastiaba, lenta y sin esperas, y tañer.
Consuetudinario tejemaneje, pinitos y pimpollos apaciguaban retazos, ingratitud la guerra que, distante, mañana puede hincar manoplas en trance de tu polímero desantiguado, archivo o venosidad improbable. Renuevo de las confiterías, salchichón para el escarnio, gula ofendida de toda su terminología yesquera, wolframios de la sal o videotecas basiliscoides, Qusarat dará en desanudarse, los médanos de la dejadez achiras.
Entonces, molinete penal o ziguráts como percances, cristologías esculpidas entre los tenedores o: de los condensadores y disipadores del morbo, riza mañana el queso, la oligofrénica cerrazón es X., pelotón o finadas frases.
Tomás, en un así, la llave de la pinacoteca, hipa el cogollo, me meso la carnadura pélvica, reviente de la madrépora contra el pez, - aquel albur, el pergeñar. Arriba, el muelle.
15 de enero de 2009
Mala noticia para un buen comienzo...
Se me genera el automático. Pero no tanto. Un jugo. Chiste idiota, que duplican y más duplican. Todo: para vender más, para ganar más, para gastar y acumular: mundo de guitas. - Fumo. Tomo un Baggio Pronto, $3,75. - Amor atemperado con los años, sexo explícito de los padres, pensado, imaginario. - Hablan en la 104.1 de besitos en la boca, para sentir y vá hacia otra noticia.
Hablaron de un demente mal -lo llamaron "psicótico"- con arsenal en la casa, carta-bomba. Siento el terror, imaginario también, pero ya de y en el pasado, cuando dijeron de cuando -cuando de cuando- la cana anti "temblor" cayó al edificio y desarmó el mambo... Sin calificativos, ahora, no puedo.
Así que: sufro las noticias porteñas. Escucho las noticias porteñas. Como estar en otro lugar. Como habitar un Córdoba escuchando normas y realidades de una ciudad otra. ¿Para escribir? 'Attends'...
Hablaron de un demente mal -lo llamaron "psicótico"- con arsenal en la casa, carta-bomba. Siento el terror, imaginario también, pero ya de y en el pasado, cuando dijeron de cuando -cuando de cuando- la cana anti "temblor" cayó al edificio y desarmó el mambo... Sin calificativos, ahora, no puedo.
Así que: sufro las noticias porteñas. Escucho las noticias porteñas. Como estar en otro lugar. Como habitar un Córdoba escuchando normas y realidades de una ciudad otra. ¿Para escribir? 'Attends'...
12 de enero de 2009
Musa Alfarera
Tomo mi mate. Con limón, ahora. Escucho la radio (stóp). No me crujo el morbo. Parientes, todo el almuerzo, tan pesado, tanto Palladium de tu mente, pesado, dificultosa digestión. Tomo mi mate, entonces, no corto la (stóp), más de 900 muertos, ahora, allá. - Y se me escribe que, en Venezuela, y en tantas partes más, las muertes cotidianizadas abultan la deuda social de los muchachos para consigo mismos.
Intento acomodarme la espalda, chau Sokol. - Pienso en la Amiga, pienso en la pausa y la pauta que leen lo que escribo, que chequean lo que escribo, Jaula para ardillas. Cansancio y lasitud, pienso y no pienso, discute Zlotowiazda con (stóp), la gata, la Felisa, ¿anda por ahí? - Se habla de tele, se interrumpe la escriturancia, flamean secos los trapitos contra el Sol, pasa la hora de la indigesta.
El vago se defiende, el periodista ahora escucha, me suena el (stóp), me reacomodo la espalda, anoche...
Anoche estuve con la Amiga, la dulce y la salada, la tersa, la a veces transparente, pero la siempre a la que me refiero dulcemente ante ella. - Bellísima en sus modos, risa del rostro que despega, me meo con la Quinta, parte el periodista.
Así, siempre el así, ganas de pasar al baño, mi mate con limón. Así, alivio, siempre alivio, esta vejiga, y voy pensando en un título, uno más, para la entrada. Escribir como escribir, tiempo que se despega de su (stóp), me rasco la me rasco de pasar el tiempo en Soledad Sobradora.
(Porque estas distancias, stóp, stóp, mi mate con limón no me acompaña, lo tomo como un ejercer y un ejercicio de distancias.) (Que nó lejanías, parecer.)
Intento acomodarme la espalda, chau Sokol. - Pienso en la Amiga, pienso en la pausa y la pauta que leen lo que escribo, que chequean lo que escribo, Jaula para ardillas. Cansancio y lasitud, pienso y no pienso, discute Zlotowiazda con (stóp), la gata, la Felisa, ¿anda por ahí? - Se habla de tele, se interrumpe la escriturancia, flamean secos los trapitos contra el Sol, pasa la hora de la indigesta.
El vago se defiende, el periodista ahora escucha, me suena el (stóp), me reacomodo la espalda, anoche...
Anoche estuve con la Amiga, la dulce y la salada, la tersa, la a veces transparente, pero la siempre a la que me refiero dulcemente ante ella. - Bellísima en sus modos, risa del rostro que despega, me meo con la Quinta, parte el periodista.
Así, siempre el así, ganas de pasar al baño, mi mate con limón. Así, alivio, siempre alivio, esta vejiga, y voy pensando en un título, uno más, para la entrada. Escribir como escribir, tiempo que se despega de su (stóp), me rasco la me rasco de pasar el tiempo en Soledad Sobradora.
(Porque estas distancias, stóp, stóp, mi mate con limón no me acompaña, lo tomo como un ejercer y un ejercicio de distancias.) (Que nó lejanías, parecer.)
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