Desperté a eso de las cinco y media, con un par de timbrazos con que agitó el Sergito, que venía para usar la compu. Lo fleté diciéndole que estaba durmiendo e inmediatamente me preparé un mate. Retomé El estremecimiento del velo, sin más en mi cabeza que la satisfacción de mirar las cosas muy ecuánimemente, con las 12 ó 13 horas que había dormido. Porque el sueño cura.
A eso de las siete volvió Sergito, con la Antología de la literatura fantástica bajo el brazo. No había leído ni media palabra, y le permití usar Magnolia con la condición de que me iba a tener que escuchar leerle un cuento al menos, cosa que aceptó muy a regañadientes. Lo mandé a comprar un cuarto de criollitos y una coca de un litro y cuarto y, cuando volvió, nos pusimos, los dos, a intentar decir el abecedario en un solo eruto, tal y como quería hacer Ramirito hace ya mucho tiempo.
Tomé mis dos lithiun y mi olane XR y me concentré en Yeats. El 1880 de Irlanda es fabuloso: por todas partes se nuclean artistas, mediums y todo otro tipo de gente estrafalaria en Sociedades de todo tipo, y se publican colecciones, y se habla y se discute hasta los codos. De los videntes paso, pero me impresiona el que los escritores, por ejemplo, se acercaran unos a otros para poder hacer más. Yeats habla también de política (se interesaba, al principio, por el socialismo), pero todo se daba yendo de un lado a otro, entre conversaciones, conferencias, odios y amistades, como si hubiera una agitación cultural interminable. Y a cada rato: personajes estrambóticos, místicos y borrachos, editores y tertulias, y el gran público lector.
A todo esto, Sergito le daba a los jueguitos, o miraba 10 minutos de una película y 15 de otra, aburriéndose muy exasperadoramente para mí, porque a cada rato así lo declaraba. Él en Magnolia, yo en la mesa y con el mate, cada uno afanándose en un proyecto solipsista, si bien se mira. Le leí un par de cuentos, uno creo que de Chesterton, y cuando le traduje este último al cordobés se le abrieron los ojos.
Finalmente lo despaché, pero justo apareció Marita en el chat, por lo que postergué ir a lo de Sergito, donde me esperaba su vieja, que últimamente de a ratos enloquece (charcos de sangre, ratas) y no puede más con la vida. Pero Fulgi me reclamaba, aunque después resultó que poco dada estaba para la charla. Según ella, se le había secado la cabeza luego de toda una tarde de discutir, con un amigo, "lucubraciones históricas" en torno a la filosofía, y, como yo no presentaba tampoco mayor iniciativa para el diálogo (quiero decir que se pasaba por las bolas todo lo copado que yo estaba con Yeats), volví a la lectura.
Cuando todo estaba perdido (chateaba con alguien de un pueblo llamado Ingeniero Seguí, creo que de Buenos Aires; la mina me buscó porque llevo el mismo apellido), lo encuentro a Deco en facebook. Ahí nomás arreglo un encuentro con él (era la medianoche pasada), y finalmente terminamos en el barcito que él ama, pasando Kube, de Independencia a Buenos Aires, por la Rondeau.
Qué descolgado, me decía, que me invites a cervecear un martes. Bien se ve que vivís al revés. La calles del centro estaban más que vacías. Deco al principio se copaba mucho y se relamía abiertamente con cualquier par de piernas que por allí pasaran (y eran contadas), y muy escasa atención prestaba a las cosas que le contaba. Cuando llegamos al barcito que él ama, nos sentamos en un principio afuera, para poder fumar, y al buen rato nos fuimos adentro, por el frío. Dos chicas medio que dormitaban en un sillón, y el dueño estaba con ambas. Yo los tenía al frente, y fantaseaba con que eran un trío en decadencia, y Deco, que les daba la espalda, bien que las tenía en cuenta, minitas celularescas totales. Escuchamos "Hotel California", en un video lleno de guitarras criollas, y hablamos de música. Hablamos, claro, de todo un poco, pero nada de lo charlado quiero rescatar aquí.
"A la hora de huir, preferimos los taxis." Me separé de Deco a eso de las cuatro, y me vine, chocho con las dos Budweiser que cargaba en el abdomen, a San Vicente. El mate que me preparé para despejar el alcohol está ahora tibio. De repente extraño a Anganuzzi (¿se escribía así?) y algún posible comentario que pudiera haber hecho a la tónica de mis últimos posts en Anotaciones-... Una narrativa de lo cotidiano, de lo propio, de lo apenas llamativo, que sólo vale por las correcciones que a su redacción hago, y ni siquiera.
Fumo y escucho música en Radio Clásica de RTVE. El mate está más que lavado. En un rato mando al buche lithiun, clopixol y valnar. Escribir así, contando lo que cuento, es de débil voluntad; pero ¿qué otra cosa hacer, cuando no hay proyecto grupal, me cago en Dios, más que cultivar y disimular las imperfecciones del jardincito que le ha tocado a uno en suerte?
Me deja pensando lo que Bardamu citó en su blog. No qué hacer, sino cómo. Nuestros textos no pueden ser los de los irlandeses de 1880. No tienen fuerza porque no tienen ninguna repercusión. La escritura es algo muy chiquito. Ya demasiado esfuerzo debemos hacer con nosotros mismos: para ser, al menos por un rato, no tan idiotas, no tan estupidizados por (Giannuzzi) la época. Algo de eso hablaba con Deco: nos dedicamos a alcanzar un mínimo bienestar, un rinconcito no tan hostil en esta ciudad; cuando hace un siglo eso les chupaba un huevo a los guasitos, y hablaban grandes palabras, y podían soñar, alertas. Sólo queremos bienestar, salud, y jugar con restos del juego de abalorios en que se resume, ahora, la primera parte de nuestras vidas, es decir, los restos del siglo XX.
2 de junio de 2010
22 de abril de 2010
Foráneas de la densidad
Me lo encontré a Leizamón a la vuelta. Leizamón, no Leguizamón: el viejo malandra se altera el apellido para que no lo pillen. Justo se había sentado y ya charlaba con Tío Tom. Me le sumé a la mesa y pedí una cerveza, que llegó no del todo fría; Leizamón, por su parte, pidió su vinito y unas empanadas. Glorificó debidamente la correspondiente damajuana, luego de hacerse un sorbo.
El Caballero del Pincel, que así le decimos, había dejado su bicicleta parada contra el cordón de la vereda. Yo miraba para la Sargento Cabral, él le daba la espalda. Al frente está el gimnasio, y una gurisa al rato se cruzaría para pedirme fuego: sabés cómo le rompería el orto, manifestó el Caballero. Hablamos de todo un poco: de Piedra Limada, de Evo Morales y los pollos genéricos a base de hormonas femeninas (de qué, no supimos precisar), de la Fiebre A, que así le dice. La noche estaba agradable, y yo andaba de ojotas (Mara diría chan-cle-tas, yo agregaría ruleros).
Cuando tocamos el tema del País y los Grandes Proyectos, se sumó Tío Tom. Atrás habían quedado el espolón y cómo curarlo, y la culebrilla, que los médicos, que tanto han avanzado en lo suyo, no saben tratar. Tío Tom está en contra de que se enseñen tantas cosas en la escuela. Qué tanto Inglés, qué tantas materias. El que quiera Inglés, que vaya a las privadas. De ahí lógicamente pasamos a la Industria Nacional, a la Circulación de la Plata y que la haya en la Calle, y cosas así. Dos contra uno: el Caballero del Pincel, a sus 71 años, es individualista (algo así como que al País le va bien cuando a mí me va bien).
Pero se ponía fresco. Como quien dice, pagamos y nos alzamos al ocote. Todavía no eran las once, y las gatas habían acabado ya sus confites, como le dice Gonzalín al alimento balanceado. Palmé rápido; no hubo sueños.
El Caballero del Pincel, que así le decimos, había dejado su bicicleta parada contra el cordón de la vereda. Yo miraba para la Sargento Cabral, él le daba la espalda. Al frente está el gimnasio, y una gurisa al rato se cruzaría para pedirme fuego: sabés cómo le rompería el orto, manifestó el Caballero. Hablamos de todo un poco: de Piedra Limada, de Evo Morales y los pollos genéricos a base de hormonas femeninas (de qué, no supimos precisar), de la Fiebre A, que así le dice. La noche estaba agradable, y yo andaba de ojotas (Mara diría chan-cle-tas, yo agregaría ruleros).
Cuando tocamos el tema del País y los Grandes Proyectos, se sumó Tío Tom. Atrás habían quedado el espolón y cómo curarlo, y la culebrilla, que los médicos, que tanto han avanzado en lo suyo, no saben tratar. Tío Tom está en contra de que se enseñen tantas cosas en la escuela. Qué tanto Inglés, qué tantas materias. El que quiera Inglés, que vaya a las privadas. De ahí lógicamente pasamos a la Industria Nacional, a la Circulación de la Plata y que la haya en la Calle, y cosas así. Dos contra uno: el Caballero del Pincel, a sus 71 años, es individualista (algo así como que al País le va bien cuando a mí me va bien).
Pero se ponía fresco. Como quien dice, pagamos y nos alzamos al ocote. Todavía no eran las once, y las gatas habían acabado ya sus confites, como le dice Gonzalín al alimento balanceado. Palmé rápido; no hubo sueños.
29 de marzo de 2010
Mínima descripción
Dormí poco: me costó, y mucho, despertar. A las doce sonó el despertador, y mis párpados pesaban como una plancha tibia, abotargada. Sé que me volví a dormir, porque a las y veinte sonó el celular y contesté: y hablaba balbuceando. Sé que tomé la decisión de no dejarme estar, sé que mi esqueleto y coyunturas estaban magullados, escarnecidos, por las pocas horas de sueño, sé que caminé a los tumbos.
Inmediatamente prendí un cigarrillo. Así, violencia al cuerpo todavía dormido. Y luego otro, y otro. Cosa de entrar en la realidad. Preparé un mate, leí blogs como pude: inercia de ponerse al día, de ver qué se ha hecho; como una ocupación a ciegas.
Y llego a la una y cuarto, todavía con el mate, y escribo, cuerpo pesado.
Prendo un cigarrillo. Escucho un trío para clarinete, violín y piano de una tal Galina Ustvolskaya. Galina...: ¿Gala? Descargué de aquí el disco en el que está dicha obra. Leo en la Wikipedia en español y compruebo que, como en el caso de otros artículos de compositores del XX, se lista de un modo muy exhaustivo y prolijo lo producido por la rusa. (La rusa, la soviética...)
Hace calor. Corre brisa por la ventana, aparta dulcemente la vieja cortina, la casi transparente, agita una bolsa vacía, de papel, que está sobre la mesa. Siempre la brisa, cuando me da en el cuerpo, digo, me rejuvenece. Quizás ésta, si hubiera durado más, me habría terminado de despertar. Sé que una buena ducha puede obrar maravillas. Pero escribo, escucho, tomo mates, fumo.
(Todo: con la boca ligeramente abierta, descalzo, cruzados los pies, allá abajo de la mesa de la computadora. De repente se me ilumina un poco más el ángulo de la habitación que tengo enfrente, corre la brisa de a ratitos, como jugando, algo se alegra. Pero mi gesto sigue siendo torpe, mi boca sigue entreabierta, demoro el mate, el pucho.)
Cuesta desentumecerse. Sobre todo si uno permanece así, quieto, sentado, apenas tipeando. Me desperezo un poco el morbo. Tipo siete de la mañana andaba despierto, y desayuné un poco con sándwiches de miga de verdura y una coquita del lugar. Me había costado dormirme. Acá se quedó anoche Tal Gabu; durmió en el suelo, no sé cómo hace. Se quedó jugando un buen rato, lo de siempre, en FICS; según supe después se pegó un baño y se fue a trabajar. Realmente no sé cómo hace, sólo dos horas de dormir.
Pasamos toda la noche hablando boludeces, cagándonos bien de risa de Fantini y su modo de hablar ('catedraticus cordubensis'), mientras él intentaba ganar y yo le leía de sociolingüística. Pero las fiestas se acaban.
Ahora el cuerpo, resentido ("ya no estoy para estos trotes", dijera la Babía), tiene que amoldarse a los días de hacer cosas. Dejar de pernoctar. Me huelo un poco el chivo y tomo la decisión: corregir esto, bañarme. Lunes otra vez.
(Ser agradecido con: la brisa, algunas lunas...)
Inmediatamente prendí un cigarrillo. Así, violencia al cuerpo todavía dormido. Y luego otro, y otro. Cosa de entrar en la realidad. Preparé un mate, leí blogs como pude: inercia de ponerse al día, de ver qué se ha hecho; como una ocupación a ciegas.
Y llego a la una y cuarto, todavía con el mate, y escribo, cuerpo pesado.
Prendo un cigarrillo. Escucho un trío para clarinete, violín y piano de una tal Galina Ustvolskaya. Galina...: ¿Gala? Descargué de aquí el disco en el que está dicha obra. Leo en la Wikipedia en español y compruebo que, como en el caso de otros artículos de compositores del XX, se lista de un modo muy exhaustivo y prolijo lo producido por la rusa. (La rusa, la soviética...)
Hace calor. Corre brisa por la ventana, aparta dulcemente la vieja cortina, la casi transparente, agita una bolsa vacía, de papel, que está sobre la mesa. Siempre la brisa, cuando me da en el cuerpo, digo, me rejuvenece. Quizás ésta, si hubiera durado más, me habría terminado de despertar. Sé que una buena ducha puede obrar maravillas. Pero escribo, escucho, tomo mates, fumo.
(Todo: con la boca ligeramente abierta, descalzo, cruzados los pies, allá abajo de la mesa de la computadora. De repente se me ilumina un poco más el ángulo de la habitación que tengo enfrente, corre la brisa de a ratitos, como jugando, algo se alegra. Pero mi gesto sigue siendo torpe, mi boca sigue entreabierta, demoro el mate, el pucho.)
Cuesta desentumecerse. Sobre todo si uno permanece así, quieto, sentado, apenas tipeando. Me desperezo un poco el morbo. Tipo siete de la mañana andaba despierto, y desayuné un poco con sándwiches de miga de verdura y una coquita del lugar. Me había costado dormirme. Acá se quedó anoche Tal Gabu; durmió en el suelo, no sé cómo hace. Se quedó jugando un buen rato, lo de siempre, en FICS; según supe después se pegó un baño y se fue a trabajar. Realmente no sé cómo hace, sólo dos horas de dormir.
Pasamos toda la noche hablando boludeces, cagándonos bien de risa de Fantini y su modo de hablar ('catedraticus cordubensis'), mientras él intentaba ganar y yo le leía de sociolingüística. Pero las fiestas se acaban.
Ahora el cuerpo, resentido ("ya no estoy para estos trotes", dijera la Babía), tiene que amoldarse a los días de hacer cosas. Dejar de pernoctar. Me huelo un poco el chivo y tomo la decisión: corregir esto, bañarme. Lunes otra vez.
(Ser agradecido con: la brisa, algunas lunas...)
28 de marzo de 2010
Esas raras composiciones nuevas
Tengo muy abandonadas estas Anotaciones-... Nada que contar, nada que registrar. ¿Será que eso, al cabo, es la escritura: un actualizar la práctica rutinariamente, y lo que gusta -si es que lo hay- de uno va siempre deslizándose a pesar de esta sensación de esterilidad?
Sigo poniendo cosas en La lección... Está bien eso de decir "poner" (como incrustar), porque esos poemas, más que escritos, son fabricados, elaborados cada tanto, cuando la urgencia de escribir es irreflenable y, más allá de que salga algo ilegible o mero barullo (son muchas las veces en que esto sucede), se las fabrica y se las espeta (se las "pone") en el blog.
Para cambiar de tema, digamos que me he hecho descargador habitual de los discos que lista música del siglo XX (link acercado por Isaías Garde). Fui violinista de los ocho a los diecisiete. Por decirlo de algún modo, mis ochenta fueron sólo música clásica: no sólo porque la escuchaba, sino porque "había que" despreciar y denigrar toda otra música (léase "la música popular"). Elitista, era la época de transición entre los vinilos y los cassettes, y cada tanto me iba a Olocco y me agenciaba algo. Y poco había, y era costoso, de esos extraños compositores contemporáneos, por más que varios ya se hubieran muerto, los de 1900 en adelante.
Así que yo tenía mi preciado vinilo de Gidon Kremer tocando el concierto de Alban Berg, y supe amar esa suerte de sentida, dolorosa exasperación. Otro mundo. Pero, como dije, no había plata para comprar a lo loco, y además se conseguían muy pocas cosas de "lo nuevo".
Por más que haya dejado de tocar el violín, por más que haya descubierto y luego amado la música popular (pero: siempre estuvo ahí, de algún u otro modo, inevitable, y a fin de cuentas entrañable), quedó de todos modos esa nostalgia por oír la vanguardia erudita. Y ahora, gracias al cablemodem y demás, las tengo. Con el agregado de que ahora los títulos más bien sobreabundan.
Fumo. Escucho uno de los tres discos de obras orquestales que tengo de Ravel. Tres discos son una enormidad: ¿cuándo sabré esta música del mismo modo ('par coeur') en que sabía el concierto de Berg?
(Me acuerdo de repente de la Conferencia sobre nada de Cage, eso de creer que "se tiene" la música, y desconfío de mí mismo y de la mar en coche.)
Sigo poniendo cosas en La lección... Está bien eso de decir "poner" (como incrustar), porque esos poemas, más que escritos, son fabricados, elaborados cada tanto, cuando la urgencia de escribir es irreflenable y, más allá de que salga algo ilegible o mero barullo (son muchas las veces en que esto sucede), se las fabrica y se las espeta (se las "pone") en el blog.
Para cambiar de tema, digamos que me he hecho descargador habitual de los discos que lista música del siglo XX (link acercado por Isaías Garde). Fui violinista de los ocho a los diecisiete. Por decirlo de algún modo, mis ochenta fueron sólo música clásica: no sólo porque la escuchaba, sino porque "había que" despreciar y denigrar toda otra música (léase "la música popular"). Elitista, era la época de transición entre los vinilos y los cassettes, y cada tanto me iba a Olocco y me agenciaba algo. Y poco había, y era costoso, de esos extraños compositores contemporáneos, por más que varios ya se hubieran muerto, los de 1900 en adelante.
Así que yo tenía mi preciado vinilo de Gidon Kremer tocando el concierto de Alban Berg, y supe amar esa suerte de sentida, dolorosa exasperación. Otro mundo. Pero, como dije, no había plata para comprar a lo loco, y además se conseguían muy pocas cosas de "lo nuevo".
Por más que haya dejado de tocar el violín, por más que haya descubierto y luego amado la música popular (pero: siempre estuvo ahí, de algún u otro modo, inevitable, y a fin de cuentas entrañable), quedó de todos modos esa nostalgia por oír la vanguardia erudita. Y ahora, gracias al cablemodem y demás, las tengo. Con el agregado de que ahora los títulos más bien sobreabundan.
Fumo. Escucho uno de los tres discos de obras orquestales que tengo de Ravel. Tres discos son una enormidad: ¿cuándo sabré esta música del mismo modo ('par coeur') en que sabía el concierto de Berg?
(Me acuerdo de repente de la Conferencia sobre nada de Cage, eso de creer que "se tiene" la música, y desconfío de mí mismo y de la mar en coche.)
14 de enero de 2010
Jaula para ardillas
Leía la Traducción del Nuevo Mundo de las Santas Escrituras. Venía de Emily Dickinson: Jacob luchando contra Dios. Tarde en la que terminé por dormirme, tipo cinco, y ahora tendré insomnio: una vez más. Se escuchan frases grabadas con voz de idiota en una propaganda de un canal de videoclips. Peino mi pelada. Tengo una coquita de la que tomo cada tanto, y se da al rato un regusto amargo en el paladar, firmemente cerrada la boca. Al lado hay un tipo de anteojos; parece algo más grande que yo. Leí del Google Reader (un poco; no lo agoté), y nada tengo para escribir. Atrás creo que canta Arjona.
Me acomodo un poco la espalda. Toque de depresión: la Literatura ES sentido. Qué daría por una nada constante, por un presente continuo en el que disfrutar simplemente-ser, al modo de los gatos. Cruzo mis pies bajo la silla, con los empeines contra el suelo. Vuelvo a disponerlos en una posición un poco más prolija, más laxamente rígida, más dulcemente robótica. Me peino la pelada con la izquierda.
Huelo de pronto el aire: ¿qué? Un leve olor a nafta. Recuerdo por un segundo a mi viejo, su Torino, y procuro abolir la imagen. Me rasco la palma de la mano izquierda, y oigo una moneda tintinear, atrás. El tipo escribe un poquito, mueve el mouse, vuelve a escribir un poquito.
Me acuerdo de un poema de Benedetti que decía algo así como: "así que al fin esto era la vida". Me miré al espejo, hace un buen rato: un rostro adulto, abotargado por la quietud, fofo, algo adormilado. Yo no soy eso, me digo todavía. Ojos quietos, que miran con cierta dureza, a diferencia de los labios, gruesos. Alguien entra acá, al bar, al drugstore -urgente bautizarlo-.
Me acomodo la espalda. Hay una nueva venta, atrás. Luciana tararea la canción que está sonando. Tetas.
Me acomodo un poco la espalda. Toque de depresión: la Literatura ES sentido. Qué daría por una nada constante, por un presente continuo en el que disfrutar simplemente-ser, al modo de los gatos. Cruzo mis pies bajo la silla, con los empeines contra el suelo. Vuelvo a disponerlos en una posición un poco más prolija, más laxamente rígida, más dulcemente robótica. Me peino la pelada con la izquierda.
Huelo de pronto el aire: ¿qué? Un leve olor a nafta. Recuerdo por un segundo a mi viejo, su Torino, y procuro abolir la imagen. Me rasco la palma de la mano izquierda, y oigo una moneda tintinear, atrás. El tipo escribe un poquito, mueve el mouse, vuelve a escribir un poquito.
Me acuerdo de un poema de Benedetti que decía algo así como: "así que al fin esto era la vida". Me miré al espejo, hace un buen rato: un rostro adulto, abotargado por la quietud, fofo, algo adormilado. Yo no soy eso, me digo todavía. Ojos quietos, que miran con cierta dureza, a diferencia de los labios, gruesos. Alguien entra acá, al bar, al drugstore -urgente bautizarlo-.
Me acomodo la espalda. Hay una nueva venta, atrás. Luciana tararea la canción que está sonando. Tetas.
28 de diciembre de 2009
Al voleo
Salgo a fumar. Leo cuidadosamente las instrucciones de lo que se debe hacer en caso de incendio. El calor es sofocante. La superficie de la estación de servicio no reverbera todavía, pero falta poco. De pronto pienso en esas películas en las que un auto llega a una estación en pleno desierto de Arizona, a la siesta: todos sudados, todos malhumorados. Apago el cigarrillo con desdén y vuelvo a la 4.
Un chiquito juega a los tiros en la 3. No tendrá cuatro años. Toma una Mirinda y cliquea matando. Más allá, en la 1, un empleado de Oca, apoyado el mentón en una mano pensativa, navega absorto. La 2 no funciona. Está sin andar de hace días, sin ser reparada.
Calor, entonces. Nikita volvió anoche a casa. La habían encontrado los vecinos, y la tenían en la pieza. Llegué a casa, a eso de las tres, tres y media de la mañana, y la oí maullar. Me puse a llamarla, y fue entonces cuando los vecinos me la devolvieron. Se había escapado la otra noche, y no tengo idea de por dónde habrá andado. Debo haber dejado una silla cerca de una ventana abierta, y se fue a curiosear.
Nikita es mi nueva gata. Debe tener tres meses, y se la pasa hinchando las pelotas. Anoche, mientras dormía, se la agarró contra mi único cactus. Desparramó toda la tierrita, jugó con la maceta, con los cactus. No ordenó nada después.
Piedra Limada enfermó. El sábado tuvo comilona con parientes. Ayer amaneció con un tremendo dolor, como un ataque al hígado. Con mi vieja sospechamos que es la vesícula. Anoche lo estuve cuidando. Llegué al galpón, lo encontré echado en la cama, vestido. No toleró quitarse las zapatillas. Cuestión de orgullo (como preferir morirse vestido, listo para el cajón.) Era un anciano dolorido. Se entredormía y en sueños se quejaba de a ratos, lastimeramente. Dormía boca arriba, roncando levemente. ¿Irá al médico? Hace más de un año que tiene un dolor en una de sus rodillas, dolor que por momentos es intolerable, y no va al médico.
Aparte. El nenito que está acá al lado le comunica a los gritos al padre que jugará a un juego que a este último no le gusta. Seamos mayores de edad para asesinar.
Un chiquito juega a los tiros en la 3. No tendrá cuatro años. Toma una Mirinda y cliquea matando. Más allá, en la 1, un empleado de Oca, apoyado el mentón en una mano pensativa, navega absorto. La 2 no funciona. Está sin andar de hace días, sin ser reparada.
Calor, entonces. Nikita volvió anoche a casa. La habían encontrado los vecinos, y la tenían en la pieza. Llegué a casa, a eso de las tres, tres y media de la mañana, y la oí maullar. Me puse a llamarla, y fue entonces cuando los vecinos me la devolvieron. Se había escapado la otra noche, y no tengo idea de por dónde habrá andado. Debo haber dejado una silla cerca de una ventana abierta, y se fue a curiosear.
Nikita es mi nueva gata. Debe tener tres meses, y se la pasa hinchando las pelotas. Anoche, mientras dormía, se la agarró contra mi único cactus. Desparramó toda la tierrita, jugó con la maceta, con los cactus. No ordenó nada después.
Piedra Limada enfermó. El sábado tuvo comilona con parientes. Ayer amaneció con un tremendo dolor, como un ataque al hígado. Con mi vieja sospechamos que es la vesícula. Anoche lo estuve cuidando. Llegué al galpón, lo encontré echado en la cama, vestido. No toleró quitarse las zapatillas. Cuestión de orgullo (como preferir morirse vestido, listo para el cajón.) Era un anciano dolorido. Se entredormía y en sueños se quejaba de a ratos, lastimeramente. Dormía boca arriba, roncando levemente. ¿Irá al médico? Hace más de un año que tiene un dolor en una de sus rodillas, dolor que por momentos es intolerable, y no va al médico.
Aparte. El nenito que está acá al lado le comunica a los gritos al padre que jugará a un juego que a este último no le gusta. Seamos mayores de edad para asesinar.
27 de diciembre de 2009
Llegó Nikita (próximo post)
"¿Voy al baño y vuelvo?", le aviso a la que atiende, acá en la Estación de Agustín Garzón y San Jerónimo, mientras veo cómo ella termina de preparar dos hamburguesitas para un gordo tremendo de remera y pantalón negros, anchísimos. "Síii...", entona ella, sin desviar su mirada de las hamburguesas. Ya confía en mí: anoche vine, y estuve más de una hora navegando.
Salgo, meo brevemente, vuelvo. El gordo tremendo está subiéndose a un remis estacionado a la entrada del drugstore. (Nunca digo "drugstore", pero busqué la palabra precisa; el bar de la estación habría sido más natural.) Vuelvo y me siento a la 3, mi compu; y de mi remera verde con motivos bastante desdibujados ya de las figuras de Nazca se desprende un vaho a sudor vencido, sudor de dormir seis horas a la tarde, con el calor que hacía, de remera.
Tomo una coca. Al volver del baño vi la no muy densa pero sí apreciable nube de insectos que copaba los faros centrales de la estación. Está nublado, creo que desde ayer, y el calor navega y nada por debajo de las nubes, y nos pegotea las ropas, y hace que deseemos bañarnos una vez más con agua fría, que por minutos bastante caliente sale, cuando hay sol. (Menos de veinte pesos por el gas, esta vuelta.)
Calor, entonces. El barcito de la estación, tiene, sí, su aire acondicionado, y se lo recuerdo a la chica cuando hablamos del calor; pero ella me recalca lo que es estar trabajando con el horno a full. Cada uno, su pesar; "nadie está conforme con lo que le tocó", cantó Silvio.
(Silvio. Sus canciones, que me emocionaban. Por puro amor enceguecido. Escucharlo, ahora, como repasando un marco de lo que fue, un sitio sin nadie ahora. Silvio, con sus rimas y décimas, con su voz finita, con su épica certera y su lírica amorosa arrasadora, sigue componiendo. A una ex-novia mía su padre le dijo, en pleno cumpleaños, que Silvio se había suicidado. "Ya no podremos creer en nada más", algo así me decía la Cuqui, mientras me miraba con ojos vidriosos, vidriosos también por las cervezas. Pero era otoño.)
No hay música en el barcito. La cafetera sopla de continuo, y la iluminación, penetrante, me enfrenta a una pared pintada de una especie de rojo. La Navidad ha pasado quemándome la UCP de la computadora y trayéndome un "chanchito" (dícese del equipito musical accesible, de forma y tamaño característicos) en compensación. Antes de venir, salí al patiecito central, con una de las sillas verdes (cuyo respaldo está remendado con piolín), la mesa ratona de la Abuela Mecha, agua helada (en lo posible), un vaso y los implementos de fumar. Puse Argentino Ledesma en el chanchito y me puse a mirar la noche. Las últimas lluvias habían quemado el foquito de afuera, así que todo yacía en una suave oscuridad, "y el espíritu de Jehová se cernía sobre las aguas"...
Al rato salieron los vecinos. Se iban a lo de la madre de la Nelly, y partieron como llevados por algo. Ledesma cantaba "Fosforeras, fosforeras...", y yo me deprimía de a poco. Ya había leído demasiado Bayer, ya había releído el librito de Ceferino Lisboa, ya sólo quería estar conmigo y tener, por fin, un pensamiento vacío, transparente, quieto, en lo posible sin ecos. La melancolía de los tangos no me embargaba. Y pensé: "ya no escribo; ya quedó atrás la poesía".
Algo queda: bajo el calor agobiante, saber del panorama de insectos bajo el foco de la estación, como un enjambre inhumano cuyos caparazones brillan y que secretan breves jugos que pronto se secan. No mucho más.
Salgo, meo brevemente, vuelvo. El gordo tremendo está subiéndose a un remis estacionado a la entrada del drugstore. (Nunca digo "drugstore", pero busqué la palabra precisa; el bar de la estación habría sido más natural.) Vuelvo y me siento a la 3, mi compu; y de mi remera verde con motivos bastante desdibujados ya de las figuras de Nazca se desprende un vaho a sudor vencido, sudor de dormir seis horas a la tarde, con el calor que hacía, de remera.
Tomo una coca. Al volver del baño vi la no muy densa pero sí apreciable nube de insectos que copaba los faros centrales de la estación. Está nublado, creo que desde ayer, y el calor navega y nada por debajo de las nubes, y nos pegotea las ropas, y hace que deseemos bañarnos una vez más con agua fría, que por minutos bastante caliente sale, cuando hay sol. (Menos de veinte pesos por el gas, esta vuelta.)
Calor, entonces. El barcito de la estación, tiene, sí, su aire acondicionado, y se lo recuerdo a la chica cuando hablamos del calor; pero ella me recalca lo que es estar trabajando con el horno a full. Cada uno, su pesar; "nadie está conforme con lo que le tocó", cantó Silvio.
(Silvio. Sus canciones, que me emocionaban. Por puro amor enceguecido. Escucharlo, ahora, como repasando un marco de lo que fue, un sitio sin nadie ahora. Silvio, con sus rimas y décimas, con su voz finita, con su épica certera y su lírica amorosa arrasadora, sigue componiendo. A una ex-novia mía su padre le dijo, en pleno cumpleaños, que Silvio se había suicidado. "Ya no podremos creer en nada más", algo así me decía la Cuqui, mientras me miraba con ojos vidriosos, vidriosos también por las cervezas. Pero era otoño.)
No hay música en el barcito. La cafetera sopla de continuo, y la iluminación, penetrante, me enfrenta a una pared pintada de una especie de rojo. La Navidad ha pasado quemándome la UCP de la computadora y trayéndome un "chanchito" (dícese del equipito musical accesible, de forma y tamaño característicos) en compensación. Antes de venir, salí al patiecito central, con una de las sillas verdes (cuyo respaldo está remendado con piolín), la mesa ratona de la Abuela Mecha, agua helada (en lo posible), un vaso y los implementos de fumar. Puse Argentino Ledesma en el chanchito y me puse a mirar la noche. Las últimas lluvias habían quemado el foquito de afuera, así que todo yacía en una suave oscuridad, "y el espíritu de Jehová se cernía sobre las aguas"...
Al rato salieron los vecinos. Se iban a lo de la madre de la Nelly, y partieron como llevados por algo. Ledesma cantaba "Fosforeras, fosforeras...", y yo me deprimía de a poco. Ya había leído demasiado Bayer, ya había releído el librito de Ceferino Lisboa, ya sólo quería estar conmigo y tener, por fin, un pensamiento vacío, transparente, quieto, en lo posible sin ecos. La melancolía de los tangos no me embargaba. Y pensé: "ya no escribo; ya quedó atrás la poesía".
Algo queda: bajo el calor agobiante, saber del panorama de insectos bajo el foco de la estación, como un enjambre inhumano cuyos caparazones brillan y que secretan breves jugos que pronto se secan. No mucho más.
8 de diciembre de 2009
Testigos
Prendí un cigarrillo, una colilla. Me puse un pantalón y abrí la puerta. Ahí estaba el Testigo, inmutable, sonriente. ¿Pasaba porque es el día de la Virgen? Le recibí el folleto. Despachó rápido y continuó con los otros departamentos de La Vecindad.
Iba mejor vestido que muchos de sus colegas locales. Camisa celeste, como a veces se los ve en las producciones fotográficas de sus publicaciones. Bien peinado, sonrisa neutra, todo un empresarito de las almas.
Leí un poco el folleto. Flor de diseños a los que apelan. Claridad expositiva, muy correcta diagramación. Color de fondo: papiro nuevo. Naranja arena desierto.
(Pero yo espero a que sea Vicky la que caiga. Con su falda, con sus caderas, con su pecho rebosante y toda su edad apenas maduradita. Para decirle, confesarle: "sí, dame tu cursito semanal, vení de nuevo, así te preparo mate, así me hablás de tu perrito entre Isaías y Hechos, así vuelvo a hacer que te sigo, así te me declaro".)
Iba mejor vestido que muchos de sus colegas locales. Camisa celeste, como a veces se los ve en las producciones fotográficas de sus publicaciones. Bien peinado, sonrisa neutra, todo un empresarito de las almas.
Leí un poco el folleto. Flor de diseños a los que apelan. Claridad expositiva, muy correcta diagramación. Color de fondo: papiro nuevo. Naranja arena desierto.
(Pero yo espero a que sea Vicky la que caiga. Con su falda, con sus caderas, con su pecho rebosante y toda su edad apenas maduradita. Para decirle, confesarle: "sí, dame tu cursito semanal, vení de nuevo, así te preparo mate, así me hablás de tu perrito entre Isaías y Hechos, así vuelvo a hacer que te sigo, así te me declaro".)
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