29 de septiembre de 2011

Un pusilánime

Llegó el calor: cuando salí a la calle -ocho y media de la tarde- noté que tendría que haber optado por un pantalón corto y no por el vaquero que llevaba. Después, más tarde, sí, se levantó un ventarroncito, pero ahora, cuatro y media de la mañana, estoy así, sin remera, en pata, con la ventana y puertas abiertas a la noche. Hace calor; y no llueve. 

Volví del ensayo hará cuatro horas y me puse a leer, cosa que me mantuvo entretenido hasta hace un ratito. Me preparé entonces un mate y me vine a Blogger. Tenía ganas de escribir: de pasar un rato anotando algo, corrigiendo, pensando. La lectura fue prolija; sin llegar a ser insatisfactoria, no deparó nada especialmente glorioso, y necesité venirme acá, a esforzarme un poquito, a ver si tenía algo para decir. Fumo y escucho el gotear del tanque de la vecina; también está el zumbar de Magnolia, y mi teclear. Por lo demás, no pasa nada. 

El lunes me compré Veinte años de poesía argentina y otros ensayos, de Paco Urondo. Lo había visto comentado no sé si en alguna Diario de poesía, y ya tenía averiguado el precio, hará cosa de un mes. Me agencié eso, y la Hablar de poesía nº 23, que todavía estoy leyendo. Las dos cosas, $90,00. Llegar a fin de mes. 

Lo que me llamó la atención de las prosas de Urondo fue la rotundidad con que opina sobre otros escritores -especialmente poetas, por lo general argentinos-, ya sea contemporáneos o del pasado. Emite muy seguido valoraciones que tienen el aspecto de la precisión, y pone siempre en relación lo literario con lo político -más exactamente: con lo contextual, y en especial, supongo, con cierto proyecto de Nación que tiene-. Si bien no es un académico -se opone explícitamente a ser considerado un intelectual-, queda claro que la lectura que hace de la poesía argentina ha sido meditada, que fue un estudioso -en un buen sentido- de la misma. 

(Me acuerdo de Andrea, una ayudante del cursillo de Letras: "ningún texto es inocente." Qué frase más horrible, más allá de que intenta transmitir algo que quizá sea verdadero, al menos para algunos.) 

Y me quedo pensando. Me quedo pensando en si los poetas tienen que ser los críticos de la literatura, o sus sistematizadores, y de qué modo y hasta qué punto. Si no es simple "política" de artista, o, de última, política a secas. También, si los poetas son los más capacitados para hablar de la poesía, de sus pares, y hasta de sí mismos. 

(El deber ser. Lo regulado con primor. Cierta necesidad de prolijidad y justicia: cada uno, su función: en la Sociedad Ideal, es decir, ordenada.) 

Pienso, entonces. Me hago mis buenas preguntas de idiota, de pajuerano en el gran pequeño juego de la poesía nacional. Me pregunto, por ejemplo, si yo mismo debería hacer valoraciones, apreciaciones, tasaciones, distingos y reproches a los otros, los que publican en el presente, los ya de no ser. Si debería revisar esas mismas valoraciones, apreciaciones, etcétera, de los otros, a fin de, digamos, establecer con cierta propiedad "la Verdad" de esto que hacemos al escribir, al publicar. 

¿Me estoy preguntando si entro en el juego, si acepto las reglas; si hay reglas más o menos fijadas, consensuadas; si, por el contrario, todo es fuerzas y nada más que fuerzas, y el Poder? ¿No me engaño un poco con el carácter más bien sociológico con que yo mismo hablo de la cuestión? ¿Peco de falsa humildad? ¿No me la banco? ¿Tengo complejo de inferioridad? ¿Temo tal vez no poder desempeñarme bien, o al menos satisfactoriamente, en el ruedo, en el baile? 

Pienso, sí. Pienso escribiendo. Cierta retórica habitual en mí quizá desvirtúe la línea de pensamiento que podría lograr de no haberse ya desarrollado cierta lógica argumentativa en esta anotación, lógica probablemente típica de ellas, a esta altura de su desarrollo. Pienso, entonces, en forzar, en adelgazar alguno de sus hilos, terminar por cortarlo, para así lograr cierto desequilibrio, cierta apuesta, cierto decir. Quizás lo anterior sólo sea un crescendo, un acumular; quizá -sueño- venga un desborde.

En todo caso, qué situación distinta, la actual, de aquella de los '60, los '70. En los ensayos y demás artículos de Urondo se respira la revolución, inminente, en el aire. Se lee política: decisiones, proyectos; también el estado de cosas que se rechaza, la necesidad de actuar con convicción. Se habla incluso de abandonar la narrativa para escribir textos de no ficción: la primera, consideran Urondo y otros mencionados en el libro, se alejaría del presente, la otra podría incidir con mejores resultados en la realidad. Qué diferente es la cosa hoy en día, o qué diferente de cómo veo personalmente el asunto: qué hago, qué dejo de hacer, qué cosas son factibles de ser hechas, e incluso, qué escapa a mi imaginación; qué es posible, qué imposible, qué inexistente. 

Uno puede hacer "política cultural", opinando, manifestándose, discutiendo de modo público. Uno puede buscar posicionarse, sacar ventaja, e incluso lucirse, darse el gusto de ganar un argumento, quedarse con la última palabra, definitiva, por ejemplo. También -como me está saliendo un poco hacer, en esta prosa-, poner en evidencia el juego, desencantarse del mismo, asquearse más bien. El sociólogo de turno aclarará, prolijo, que su teoría social del arte también contempla esta última opción, esta otra "veleidad", de índole más bien sacrificada: ascética, ejemplar. El problema, en todo esto, es que tengo presente que actúo sabiendo que estoy actuando (sabiendo, sí, pero más o menos; tampoco la gran cosa). 

Sí: la veleidad. Uno no entiende del todo cuál es exactamente el alcance de lo que hace; y tiene sus blogs, y tampoco hay mucho movimiento en ellos que digamos, y sin embargo piensa que al menos un poquito figura; y aparte ha pispeado alguna vez un par de teorías, y se pone, cariacontecido y cejijunto, a pensar; y el punto no es la Literatura, ni la Sociología, y mucho menos la Política, sino que uno, nuevamente, ha comenzado a escribir algo que no sabe cómo ni en qué terminará, y tiene muy pocas claves para resolver la cuestión. Pocas y endebles claves. Y de pensar se trata. 

¿Qué es escribir? Ponerse a prueba. ¿Qué es publicar? Dejar pasar, reconocerse en algo, frente a los otros. ¿Qué se busca, en todo este asunto? Algo, sí, pero que no es nombrable, que no es formulable: formularlo lo haría, nuevamente, texto, escritura, eventual publicación. 

- . - . -

En todo caso, advierto una característica en todo lo anterior: escribo ideas más bien sencillas, comunicables. Habré puesto, entonces, mi pensamiento al servicio de cierta necesidad de claridad que, al parecer, tengo. Explicitar el juego (pero no obligatoriamente denunciarlo), esbozar alguna noción "clara y distinta" para actuar en él, ver si es posible tal cosa, ver si quiero, de última, jugar. No es absoluta la Poesía (si Urondo hablaba de Nación...), ni imprescindible, y mucho menos urgente. No es tampoco detestable, ni mucho menos: la leo, la leeré. 

Quizá tenga ideas tremendamente erróneas sobre el dichoso asunto; son las pocas, endebles que he conseguido aceptar, a lo largo del tiempo. Paco Urondo "piensa" la Poesía Argentina. A mí me gusta bastante lo de Daniel Ponce: en su caso, estudiar antropología, a la vez que se alejaba transitoriamente de la poesía, lo llevó a relativizar bastante el "puterío ilustrado" (categoría en boga entre algunos estudiantes de Letras acá en Córdoba, hará 20 años) de la literatura argentina. Yo la verdad que tengo más bien dudas y preguntas a la hora de escribir sobre todo esto; o, en todo caso, pienso que enfoqué la cuestión de modo harto vago y general, y que por eso mismo no hay dónde hincar el diente, en qué yugular clavarlo. Que, si hubiera señalado algo más concreto (más concreto, es decir, relacionado a lo que amo o a lo que odio), ya andaría mascando más y mejor. 

Sírvame de escarmiento haber escrito esta misma anotación. El Gabo me viene diciendo que comente las lecturas; que eso podría ser ocasión de mejores prosas. No es, se ve, que no me pregunte cosas: es que no sé cómo responderlas, y lo más probable es que, como decían los positivistas lógicos de antaño, la pregunta esté mal formulada. 

21 de septiembre de 2011

El que no descansa


(escuchando True Story - In Two Acts, por RGG)

Quizá se trate de no escribir. De medir las horas con la sola lectura. De los libros de siempre, los ya amigos, y de unos cuantos más del inagotable, hermoso resto. Y pensar. Y las palabras que broten "en el seno del pensamiento": no anotarlas (por ahí sólo en el Diario; pero ya eso sería vacilar), sino apenas si permitir que se vayan, que se desvanezcan: que surjan y se extingan en la mera conciencia. 

(Pasé la noche con Rayuela. Lectura plena: no dieron ganas en ningún momento de dejarla, y corté sólo para escribir esa primera frase, aparte de que quería poner un disco: son más de las 07:00 hs.: ya terminó el toque de queda acordado de bastante mala gana con la vecina nueva, me cacho en diez. -- Añoro la forma en que la primera lectura de esta novela me llevó, hará 20 años, a otros libros, a otras cosas que no son sólo libros pero que los libros, en mi caso al menos, propician. Añoro esa plenitud y no, porque también disfruto de esta otra comprensión, la actual, de este otro disfrute, después de, por ejemplo, todo el jazz escuchado, escuchado un poco porque en ese libro lo escuchaban --ese origen, sí, pero también y más decisivamente las juntadas con el Baby, privilegiado Club de entrecasa--.) 

¿Por qué dejar de escribir? ¿Simplemente hacerlo? ¿Uno se pone a soñar con algo así como un Placer Ilimitado sólo porque pasó sus buenas cinco o seis horas de coparse con un libro, y encima queda más de la mitad? ¿Uno no sabe acaso que por lo general la mayoría de los libros lo cansan, lo molestan, lo terminan aburriendo? Y uno lee por método, y por método escribe (¡¿por qué, por qué, por qué?!), y quiere algo distinto, y siempre ha sido, él mismo, así: alguien que especula vagamente con la dichosa promesa de felicidad, y que cree que puede llegar a alcanzarla, que ésta puede serle otorgada, cosa en el fondo tan imposible. Y prueba, noche loca, algunas mieles, y ya está: se pone a imaginar que de los huecos troncos seguirá manando más y más miel --"eso es pío", Horacio 'dixit'--, o que no se empalagará, una vez más y como siempre. 

(Y eso que bien que sé que el chiste está en alternar: fuerzo los límites de la lectura, o de la música, o de la charla, o del silencio, y ahí estoy otra vez, cambiando de actividad, poniéndome en otra cosa, sin descansar, inútil afanoso. Prácticamente nunca me entrego al "ocio real", ya sea solo o en compañía, y los raros momentos en que éste se da son extrañísimos: sentir la duración, la mera duración, el ser cosa fofa, materia, cuerpo sin pensamiento --de ojotas y sudando, los veranos--.)

Dejar de escribir pasaría así por renunciar a trabajar de otra manera el tiempo: como si uno se propusiera callar de un modo total. Monje con su votito de silencio, mi oración sería el libro: todos los libros --todos los que tengo, unos cuantos más--. ¿Pasa por eso, por cierto espíritu de sacrificio? Pero cuando anoté esa primera frase tenía un como pálpito de ganancia, de acrecentamiento de algo; escribiendo, desarrollando la idea, ésta se me vuelve antojadiza, y la verdad la rechazo. Vislumbre en el agotamiento, alucinación y extravío del deseo, llamita vulgar, enclenque, pronto extinta, pensaba aparte hace un rato que lo que pasa es que tengo, ahora, 37 años; que es imposible imaginar, por caso, cómo seré a los 50; que en el presente todo es rotación, alternación morosa; pero que, como buena ameba cortazariana, bien puede ser que para esa edad mis seudópodos se hayan transformado un poco al menos, les haya cambiado el metabolismo, digamos, y varíe así el espectro de lo que puedo ver y también imaginar.

(¿Sabiduría idiota? ¿Alguien que llega tarde? ¿Alguien que viene estando un poco fuera de la vida? Pienso en mi rostro, inexpresivo cuando escribo, pero que muchas veces se desfigura en el encuentro y diálogo con los otros, desencajado y brutal, de fuerte, tosca voz. Recuerdo las sensaciones a flor de piel, el frenesí, el haber agotado en algún momento "hasta las heces" la experiencia, allá en mis "dorados" 20. Pero lo recuerdo como idea, como algo vago de que no me llegan imágenes más precisas que ese coletazo más bien póstumo de lo vivido hace mucho, lejano ya.)

Termino, como otras veces, dando cuenta de mí. La ficción no me interesa. Digo: escribirla. Algunos señalarán, precisos, que, por más que haga un texto con vivencias, sensaciones, pensamientos propios, siempre les daré forma, los modelaré: ficcionalizaré, en suma. Allá ellos y su Escuelita de Letras. Al escribir sobre mí mismo se genera cierta tensión que es distinta a lo otro. Cierta clase de esfuerzo, cierto desafío que, en todo caso, es de otra índole. Y eso existe. Y cuenta.

(No escribir. Como si uno se acercara a La Gran Cosa, como si uno se predispusiera a algo realmente significativo. Algo en todo caso que sería de uno consigo mismo; de nadie más, para nadie más. Algo así como una evidencia. De eso trataba de hablar.)

3 de septiembre de 2011

Fogonazo falaz

Fumo. Y me duele un poco la espalda, y sigo. Oigo un jazz suavecito; Gabo duerme el sueño de los justos, allá en la pieza, y no ha comido. Fumo y se me cierra el pecho, y toso y carraspeo: atabacamiento buscado.

Desperté quizá a las cuatro, ayer, y algo caché. Pasó mi vieja en algún momento. Cosas me contaba de su reciente televisión pública; cosas como la Pizarnik y su abrigo viejo, y que le quedaba algo grande, y sobre su leer, leer, leer, según la hermana. Yo fui a comprarme un sanguchón de milanesa de pollo y la fantita de rigor, y conversamos otro rato, peluquería y cine. Luego partió, y me quedé con Girri.

Cayó el Gabo con dos más. Partieron al rato esos dos y tomamos un par de birras "sintiendo" Martín Buscaglia ("¡¿pero quién es ese muerto?!"). Como hace tres o cuatro días borré todo en la compu (Fedora 15 de cero), cientos de discos incluidos, hubo que bajar de nuevo Golpes al vacío. Luego mateamos, y el muy guasito se fue a dormir. Anduve un poco con la Anthologie... de La Pléiade (voy por la 660, más o menos; son creo que 824), comí papa hervida (noble nutriente), y terminé de releer no sé cuál Diario de poesía. La gata parece que ha quedado afuera pero no llama. Me vengo a Magnolia, anoto cosas.

Prendo un pucho. Subo el volumen desde el equipito. El disco en cuestión se llama Brain Dance, y pertenece a Carlo De Rosa's Cross-Fade. El enchastre que mencionaba ayer ha sido mayormente subsanado: el suelo quedó un poquitín pegajoso, sólo hay que seguir pisando. Hoy no leí mucho que digamos las cosas del Google Reader. Me aburre: es estar demasiado con los mismos autores, es pecar de prolijidad. Lo peor es que siempre leo en orden y, así, todos los días me engluto varios posts del demasiado ubérrimo de Neorrabioso, y, cuando continúo con los otros, llego cansado. Oficinistas de la escritura: así nos quieren Google Reader, Blogger y demás.

(Tomarse el palo: eso es agradable. Ir pasando por libros muy al azar, o no leer ninguno, por un buen tiempo, y ya. Estar al pedo: comer cuando pique el bagre, dormir cuando pinte. Ser animalito de Dios. Sólo fumar.)

Algunas cosas he anotado, estos días, en el Diario, sobre escuchar música, digo. Me acuerdo de algo que un neurocientífico comentaba sobre qué pasaba en el cerebro cuando uno oía algo así. Algo así: música. No recuerdo qué decía, pero la cosa es que el enfoque, la manera de abordar el asunto (como experiencia) era algo muy loco, algo analizado haciendo uso de una terminología para mí inusual. Era analizar la cuestión con herramientas conceptuales para nada humanísticas. Y eso me generaba interés y perplejidad a la vez.

Uno, al escribir, amasa. Relaciona, se pierde. Le busca la vuelta. Todo está por hacerse: en uno, en su propia escritura. Esos neurocientíficos consideraban un lapso de tiempo abismal: el hombre y su percepción de la música en el contexto de la evolución. Funciones como capas o estratos que se solapan. Ruido como señal de alerta en la noche de la visión endeble. Algo que se continuaría en lo sobrecogedor propio de la vivencia de lo sublime, pongamos.

Conceptos que hay que imaginar, colegir, casi que prefigurar. Ese lapso de tiempo muy poco representable, puesto al lado de la historia de la música (no sólo la erudita) en Occidente. Fumo y escucho un saxo tenor improvisando en "Terrane / A Phase". No hay que ser demasiado consciente de la historia de una disciplina artística: uno surfea por un rato la cresta de la ola, hace alguna pirueta sobre la tabla, llega a la costa. Y la ola y la tabla, y la costa misma: marcadas por la historia. Y los movimientos y las expectativas del cuerpo mismo del surfer, y obvio que también su malla: somos hijos del tiempo.

Sí: demasiada imaginación, demasiados pocos datos: maldita subdeterminación. Uno amasa con muy poca harina, y encima se pasó de sal. Estudiar es para otros. Por lo pronto, escucho el final del tema, anoto cosas. Mi escritura va a la deriva, hoy por hoy y de hace algún tiempo, y ya no sé qué importa. Fogonazo falaz, éste que propongo acerca de la música: tanto que la amo, y no sé hablar de ella. Para ella.

2 de septiembre de 2011

Las horas regladas


"Destrucción y melancolía." (Alberto Moravia, El conformista.) 

Fumo. Escucho el segundo de los dos cedés de Lieder und  Kantaten im Exil, de Hans Eisler. El mate, lavado; una coca de litro y cuarto destrozada ahí en el suelo; y no limpio el enchastre (no es un experimento a lo Duchamp tampoco).

Los últimos dos o tres días han sido de concentración, de profundización silenciosa en algo sin mayor significado. Leve tristeza que no quiere reconocerse como tal; leves seriedad, pasividad, callar. No aburrimiento, sino como la experiencia de algo que comienza, de algo que termina, de algo, al parecer, distinto a lo anterior. Un como pocas ganas de escribir en los blogs, un escuchar mucha música, un anotar mucho cosas confusas y pálidas en el Diario. Cosas que, en el fondo, no dicen nada: porque no tienen nada ya: en su interior. 

Leo la Anthologie... de La Pléiade, releo Más allá del bien y del mal, termino "I Samuel" de ese libro, La Biblia, leo la Antología temática de Girri según Pezzoni. Leo, dejo de leer: y las horas se suceden como módulos que van cayendo sin más en un pasado o pozo ciego; y el mate las regula y marca, metódico. Duermo de a ratos, como sin mucho hambre que digamos, fumo con total regularidad. Voy de cuerpo, meo, me baño cada dos o tres días. Y no salgo de casa, y desconozco el sol y el aire límpido. Taciturno, indiferente.

Sí: no hay nada que decir. Me meso el pelo con cierta suavidad, pienso en cortármelo a la 3, veo la sombra de mi cabeza en la pared, acá a la izquierda. Es necesario matar la imaginación: la dañina, la que me juega en contra. No completar tendenciosamente la figura, no completarla en absoluto, dejar abierto el sentido, no leer de más: a los otros, a todo aquel con quien hable, a quien recuerde, y menos a todos aquellos (y son muchos) a los que enfrento 'in effigie'. Así, el monstruo mental, lo noto, baja la guardia, se aquieta, agota menos: y trato de dejarlo atrás, de diluirlo. Quizás, también, llegue a escribir cada vez menos: cada vez menos efusiva,  menos dolidamente. ('Percé', musito: como una mariposa a la que ya cazaron, y es exhibida en un rincón de la sala; y el que nos la muestra no hace mucho alarde del asunto por lo demás.)

Pienso en el Gabo. Pienso en su caer en depresión, en su aislarse, encerrarse, por períodos. -- Qué tremenda variedad de gente que hay, aquí en el mundo, digo. Y hay tantos grupos, afinidades... Con el Gabo nos entendemos, y mucho (pienso), pero para afuera esa amistad será algo totalmente anodino, quizá también despreciable, y hasta ominoso. Y así con cada grupo, cada afinidad. Y todos amontonados, amuchados --por caso, en Córdoba--: anexados, dispuestos y repartidos en "casas", habitáculos varios. 

Fumo. Apago el cigarrillo. Carraspeo. Piedra Limada terminó la biblioteca. Queda traerla. Le llevó algo así como un año hacerla. Dónde la pondré; qué nuevas mariposas contendrá. Futuro igual y liso, futuro de libros. Y no pienso en detenerme, y muy probablemente pase desapercibido para el resto, digo, el mundo, y espero que me importe cada vez menos el mostrarme débil, desaconsejable, fútil. La vida se ha lavado y yo no tengo la culpa.

29 de agosto de 2011

Los versos de Chénier

Viene Piedra Limada con los 300 pesos. Yo había pasado por el galpón hará tres días en busca de 'money': andaba crocante de seco, y mucho corría el riesgo de quedarme sin puchos, mal mayor. Pero él estaba en la misma, y así como llegué me fui. Hoy, noble y fecundo, y después de haber pasado por el banco, se acerca a mi casa y me saca de la cama a una hora "harto" inconveniente; pero no le salto la bronca: no por la plata, sino porque no da, y porque --'hélas!'-- no me sale. 

Así que lo hago pasar, tomo, a como pueda, un cacho de agua --pastosidad asquerosa--, y pongo la pava. "Sintonizo" Ignacio Corsini en Grooveshark y nos abocamos al grato departir. El pobre anciano anduvo bastante flojo ayer; como que se pasó todo el día en la cama, padeciendo. Le digo que no puede quejarse: es él el que no quiere ir al médico. 73 años: "lindo número para jugarlo a la nacional", declara, resiste. ¿Que cómo anda de salud? Un día bien, otro mal: eso es vida. 

Suena Cuartito azul. De pronto me ilumino: ¿no vengo de leer, hace unos días, versos de Chénier? Pelo la Anthologie... de Gide de que hablé en otro post, y ahí está: ¡existe, existió! Y un misterioso lazo temporal me lleva a imaginar una Buenos Aires de principios del XX en que circulaba André Chénier (1762-1794), en francés o traducido, y pienso en que su nombre significaba algo para alguien: no como ahora, que, en el tango y para todo el mundo, es como un nombre de calle o cosa así, algo que ha pasado a ser mero sonido, una rima sabida de siempre, transparente.

¿Qué es lo que existe o significa, qué no? ¿Qué más, qué menos? Cada hombre es una isla, y la geografía de su peculiar territorio sólo de él es trazada, y con probable torpeza; los otros, ocasionales turistas, apenas han oído hablar de dicho lugar, y lo confunden fácilmente con la Atlántida. Escribir deja una huella, pero esa huella, esa senda, debe ser vuelta a andar cada tanto: para que tenga cierta entidad; y las más de las veces nos enfrentamos a jeroglíficos ininteligibles y desvaídos, sólo porque fueron abandonados hace mucho, expuestos sin más a las inclemencias del descuido. 

El descuido: obvio que no podemos andar revisando, manteniendo, todo lo escrito. ¿Qué hace que rescatemos algo, que cultivemos su memoria? No puedo hoy pensar que sea la mera pasión; en todo caso, si hablamos de pasión, tenemos que aceptar que cada uno tiene la suya, oscuramente singular. Lo que perdura es la resultante de innumerables "vectores de pasión" que pujan de modo sumamente caprichoso, cada uno según su peculiar gusto y tendencia. Y hay grados y tipos de vectores; y hay vectores prestigiosos, y los hay anodinos. 

En fin: todo esto ya ha sido pensado, y de modo más pertinente y perspicaz, por otros. Tampoco es necesario reconstruir, pieza por pieza, el dichoso cuartito, por más que a algunos les atraiga, digo, ese miniaturismo. No hay criterio: no hay un criterio universal y homogéneo. Y las más de las veces nos entusiasmamos con algo que no es central en nuestras vidas: porque no tenemos el suficiente olfato, la suficiente garra, el suficiente gusto. Leí Chénier, olvidé Chénier, así como ahora escucho Ben Kraef & Rainer Böhm: una lógica del arte por el arte, de la ociosidad liviana, gobierna mis breves búsquedas, mi hacer liviana la duración. La pasión real pasa por otro lado: y la postergo, como pensando que no he de morir. Piedra Limada está al borde, y en él lo veo; pero yo, ¡qué va!, todavía ando probándome los neumáticos. 

17 de agosto de 2011

Algunas cartas sobre la mesa

Hoy lo vi al Ger. Estaba sin Azul, cosa que se notó. Yo había tenido turno con la psiquiatra, y me dieron ganas de charlar con alguien. Ya antes le había escrito a Guido, pero andaba de reunión, y arreglamos para mañana a la nochecita. Viajé en un R1 sin tanta gente (eran las ocho), y de atolondrado me bajé una parada antes. Iba oyendo la Pobre Johnny; pronto estuve tocando el timbre de su casa, en el Pje. Villegas.

Cuando volví, preferí tomarme dos colectivos en vez del 600, y llegué a San Vicente pasadas las once. Recuerdo que comí algo, frío, que me había dejado mi vieja en un táper, y que me dormí tipo dos escuchando Iiro Rantala. Hará una hora desperté, y me fui a la estación. Compré Gitanes, tomé una fantita. Volví pensando en nada en particular, por la Agustín Garzón vacía; tenía ganas de escribir.

Y llego acá y no hay nada. Me preparo un mate, abro la ventana a la noche, pero no sale nada demasiado qué. Una leve seriedad acompaña este teclear en silencio. Una leve seriedad, un rostro taciturno, una respiración fatigosa: decididamente, fumo demasiado.

Fumo. Pasan algunos autos, de a poco, acá a media cuadra. La ciudad comienza con su jornada; allá ellos. Hoy miércoles firmo contrato con Ediciones Del Copista para sacar un libro. Mi tercer libro. Cosas de La lección de piano, seleccionadas y ordenadas con ayuda y buenos consejos de Pablo Anadón. Tengo que poner mucha plata (para la que suelo manejar, digo), y los próximos meses van a tener que ser de nada de taxi, nada de cerveza afuera, muy muy poco de libros. Y ver qué pasa.

Uno un poco no sabe qué es mejor. Mantener estos blogs que hago implica, más allá de escribir, el pagarle a Fibertel una platita mensual, que no es mucha tampoco. Los blogs en sí no son muy visitados que digamos, pero existen. Existen y acumulan cosas. Con el tiempo, uno revisa lo que ha hecho, y percibe evoluciones, cambios, movimiento. Se ven llevados en la dirección de las meras ganas, del capricho circunstancial, y ese modo de darme a conocer, bueno, me cuadra. Otra cosa sería que hiciera, qué sé yo, mercadotecnia de los sitios, y que los propalara y los difundiera adrede mal, y fuera mi propio exitoso empresario de lo que escribo. Cosa que no me saldría ni a palos, nunca, de proponérmelo incluso en serio. Digo: no me veo en ésa.

Sacar un libro tiene algo de parate. De detenerse y evaluar. De proponer cierta forma, cierta selección, establecer un mojón. No es que vaya a escribir distinto después de que el susodicho salga. No necesariamente. Pero bueno: queda el 2011 como el año en que publiqué de nuevo.

Como tener un proyecto. Algo diferente. Chateaba, ayer, con la Cantarero (una mina), y ésta me decía que, para ella, la cultura en Córdoba es bastante mediocre. Que hay mucho afán de figuración en una ciudad donde somos pocos y nos conocemos demasiado. Y jugamos a las tribus culturosas mal, y nos tiramos mierda entre nosotros; como una especie de farándula vernácula que sólo busca llamar la atención, y a como sea, muy tilingamente; y somos sólo cuatro pelagatos, y tres no tienen desde dónde escribir pero jetonean mucho. (Sonreirás, muchacha, porque quedé como el cuarto: los malos, por definición, siempre son los otros.) Como el pueblito ese (y son muchos) donde morían cuatro romanos y cinco cartagineses o, lo que es lo mismo, dos punks y tres heavys; y nadie más en ese pueblo le daba bola a la música, y menos a esos raritos, a esos descarriados; y apenas si atendía a lo del Chaqueño Palavecino, que Mario Pereira propalará por siempre para todo el país.

Por lo general, no soy de asomarme. Estoy acá en San Vicente todo el tiempo, con Felisa y los librejos. De vez en cuando tengo la dicha de escribir. Cae el Gabo por épocas (ahora viene resucitando), y yo me escapo, los findes, a lo del Ger o a lo de Guido. Los lunes cruzo la ciudad: me voy al Cerro a terapia, y aprovecho el viaje para pasar por la Médiathèque para sacar cosas que me duran una, dos semanitas.

Quiero decir: no voy a presentaciones, espectáculos, etc.: a la discreta parafernalia cultural de entrecasa que nos propone esta por otra parte indiferente ciudad. Prefiero irme a Propiedad Privada a tomar una cerveza y sentir ahí cerca el Paseo Sobremonte. Charlar, callar, ver pasar las piernas más hermosas del mundo (salute, Tim), volver en silencio, prometiéndome un mate. Ahora el jueves y el viernes, es verdad, participo en el encuentro "Qué importa la poesía" ahí en el Cabildo, pero es algo totalmente excepcional. Huraño y eremita, maduro las cosas en la soledad, batallo contra los enemigos internos. ("Yo sólo busco la paz interior", decía un pongamos que conserje, en La peste, y Rieux --¿se llamaba así?-- asentía.)

Sé por qué cuento estas cosas. En todo caso, ésta es una de mis voces. La de mostrarme un poco, sin querer necesariamente hacer literatura, sin presentar un personaje demasiado notable. Al contrario: veo que me estoy describiendo como alguien más bien anodino. Más allá de que me encante el rescate que Bardamu viene haciendo de Beckett, no quiero ni soñar en jugar a ser un personaje de novela. Sólo es un preguntarme un poco las cosas, un bucear un poquito, un divagar, también. Un fumar un pucho más, un tomar mate, un escuchar Tutu, y escribir.

(Lo que sí: escribir. Lo que sí: poder escribir. Pienso, apenas escribo esas frases, que volverá el silencio, un poco vacío, no necesariamente angustiante, probablemente más hondo que el que muestran esta y muchas otras entradas de Anotaciones-... Y me quedo pensando en la ascesis, una vez más. En no hablar de más. En ser otro, de última, ideal, elevado, quizá sublime. Uno es uno, lo que significa muchos, y no siempre tenemos el tino necesario para ser mejores. Pero algo hicimos.)

10 de agosto de 2011

Enajenado

Me preparé un buen mate. Después de una Palermo (no puede faltar una cervecita a la hora de clausurar el día), es lo mejor que se puede tomar. Fumo y escucho Paths, Prints, de Jan Garbarek. No lo conocía. Me va gustando el primer tema ("The Path"), a diferencia de los de Officium y algunos otros trabajos en que Garbarek parece darse a un 'new age' de índole culta. En todo caso, ¿vive Garbarek? Todo indicaría que sí. Ganas dan de leer alguna entrevista suya, algo en que diga qué busca, realmente, entre las tantas búsquedas a que se da. 

Desperté tarde. Leí varios Asteroides de Raúl Gustavo Aguirre, un poquito de la Anthologie de la Poésie Française -- Présentée et préfacée par André Gide, uno de los Escritos de Lacan, alguito de la Sociología fundamental del querido Norbert Elias. 

Fumo y pienso qué reúne esas cosas tan dispares entre sí; qué, que no sea mi propio venir durando, leyendo, divagando. Calculo que, sí, existe un sistema de nuestras lecturas --nosotros, fatigadores de libros--, algo que las relaciona, que las vincula entre sí, pero, en mi caso, me quedo pensando, y dudo mucho a la hora de bosquejarlo, de, ni siquiera, señalarlo. A menos que uno quiera abarcar el universo entero de lo editado, La Biblioteca, algo deben de tener en común nuestras lecturas habituales. (Me acuerdo de esa historia del hombre que dibujaba un mapa o cosa así de absolutamente todo, y finalmente se daba de cara con su propio rostro, dibujado por él mismo, a ciegas.)

Uno se pone a funcionar; como lector, quiero decir. Como si pusiera 'play' a una máquina mental de asimilación fruitiva a la que tiene que alimentar con materia propicia, literatura afín. Uno disfruta callada, calmamente de lo que recepta; uno, porque se sabe uno mismo en ese tasar y dejar pasar lo que recepta, sigue andando, sigue funcionando. Algo es colmado: medida, regularmente. Algo está ahí, silencioso, expectante, pero de una expectación sosegada, y uno lo provee, sin más --"yo soy tu proveedora de drogas", O. L. 'dixit'--, como un operario en la cadena de montaje, de piezas que algo agradece sin mayor efusividad, sin descontrolarse. 

¿Qué era leer en la adolescencia? Para empezar: una vorágine. Los libros tenían razón. Y en especial la tenían frente al cúmulo tremendo de adversidades que pensábamos que acosaban nuestra vida, tan amenazada, tan rebelde --sentíamos--. Libros como tablas de salvación, nos aferrábamos a ellos con una razón rayana en la desesperación. Los libros decían Verdad: una verdad con que enfrentarse a los supuestos enemigos; algo, esto último, que los más de nosotros hacíamos de modo mayormente imaginario. 

Fumo. ¿Cómo esa aventura hermosa, descocada, vino a dar en esto: en la lectura del reposo, ocio totalmente distendido? Sus signos se oponen entre sí. Calma chicha, uno simplemente cumple su jornada: la de la lectura diaria, copiosa; la de empecinarse aún en elaborar, a como sea, muy perdido, un mapa de la extensísima geografía de la literatura; un mapa de la poesía argentina, por caso. Uno renunció a la Universidad y, así, es todo menos sistemático. Uno fuma y sabe que la poesía medra en la paciencia, en la obstinación: de uno mismo manteniéndola viva, al leerla, al releerla. Ningún poema ofrece su núcleo, nítido, en una primera lectura; y de muchos autores mi comprensión --no mi disfrute-- está casi que totalmente vedada. El terreno es inmenso, pródigo, fértil en abundancia, y no por eso debemos apresurarnos en tomar el poema que esplende por la Verdad, ya no, rechacemos eso. La poesía está ahí casi que para acompañarnos: cuando aprendemos a marchar a su par, frágiles y extenuados entre tanta vida horrenda (quiero decir: toda esta vida entregada al consumismo febril y demás males anejos al Capitalismo Global, triunfante y despiadado). 

Las "verdades" sobre la poesía uno las acuña difícilmente y a costa de muchos errores, de muchas imprecisiones. Casi que dichas "verdades" se anulan al formularlas: y hay que estar muy bien en la charla con otro, tiene que funcionar realmente, tiene que haber una gran sintonía, para tener tan sólo la oportunidad de pasarlas, y así perderlas. Como una pepita de oro que hubiéramos conseguido, a fuerza de sudor y espera, del lecho de un río estruendoso, no domeñado aún: y la pasamos. 

¿Qué hace uno con los libros? ¿Eso, los otros, no lo encuentran demasiado fácilmente cuestionable? Ellos asisten con estupefacción e incredulidad a nuestra pasión vieja. ¿Somos tan despreciables? ¿Somos tan ignorables? Todo lo resuelve el relato: contar, a cada instancia, la anécdota significativa, dar cuenta de ella, anotar, analizar, distinguir, extraer de ella pequeñas conclusiones provisionales. Ahora escribo en el aire: y los conceptos forman una nube pedorra que se abstrae de la realidad, para idealizar. ¿A quién hablo? ¿Por qué hablo? Formulo una vez más esas medrosas preguntas ya (tanto las han defenestrado), y me digo, a mí mismo, ahora: idealidad, evanescencia.

Qué importa, entonces, que, en una remota ciudad de Latinoamérica, alguien, que tanto leyó mencionar por ahí la "Bibliothèque de La Pléiade", tenga ahora en sus manos un volumen de la misma; un volumen que tomó de una 'Médiathèque', un volumen que nadie antes había sacado --quizás amedrentado por lo lujoso, quiero decir lo bonito, del ejemplar; siendo mucho más probable que, en esa remota ciudad de Latinoamérica, prácticamente nadie lea poesía en francés, y mucho menos de modo regular--, un volumen con sus dos tiritas señaladoras (dos, no una, qué raro) dispuestas tal cual el editor las encajara entre tales y cuales hojas al expedir su mercancía. Y ahora, encima, ese que comenta que se atrevió a hacer algo, ¿cómo decirlo?, insignificante para La Ciudad escucha, recalcitrante, un disco de un saxofonista que no hace 'covers' de La Mona precisamente. 

Le dirán, sin más: "asomate"; "asomate al mundo"; "asomate al mundo de los otros". Y tendrán razón; pero yo también, en algún sentido, la tengo. Una vez le dije a alguien del que supe ser amigo: "día que no leo, día perdido"; quedó estupefacto. Bueno: para mucha mayor cantidad de gente, para el común de los mortales, digamos, día que no ve televisión, día sin sentido, incompleto. "Algo me falta." Sin dolor, sin pesar, cuando me vine a San Vicente prescindí de la tele. Pero lo audiovisual es la lengua imperante, imperativa: no la de la letra, no la de los libros. De repente siento hablar a mi alrededor acerca de un país ajeno: un sitio en mitad del cual vivo, enajenado. 

Fumo. Suena "Considering the Snail": hermoso tema, cuya idea principal me trae un poquitín de Manusardi. Me pregunto --reincido-- cuántos sabrán cuál es el nombre de pila de Manusardi --pianista--, sin googlearlo, digo. Años de sobrevivir encerrado en una pieza escuchando pocos discos, una y otra vez, exasperantemente, y eso me da una memoria manca que nadie más tendrá. La memoria de un "exquisito" que tantas veces añora y se detiene frente a las palabras de la tribu. 

24 de julio de 2011

La Biblia o Jammes, o El laberinto de la autenticidad

Pienso en leer La Biblia. Pienso en para qué. Para rellenar horas. La veo ahí, al lado del monitor, cerrada, "humilde". Me digo muy bobamente que no puedo morirme sin "terminarla" al menos. También podría tratar de retomar la relectura de Le Deuil des primevères (tengo prometido traducir un par de poemas), pero no es lo mismo. Francis Jammes no me mueve; a La Biblia (pero hace rato que ya no a Dios, "que no existe") le sale hacerlo. 

Pasan los años, voy envejeciendo sin más, todavía no empiezo, sospecho --pesaroso--, a escribir. Escribir como tarea, digo. Algo de desfogue tiene lo que he venido haciendo hasta ahora; algo de caprichoso, de veleidoso también; algo de exquisito; mucho de burgués indeseable mal. Quizá uno pueda dotar de algún sentido, moral u otro, su hábito de escribir; lo cierto es que uno sabe --y lo supo siempre-- que, para que valga la pena, hay que escribir como un condenado. Un laburo no sé si extenuante, pero sí empecinado, cabeza dura, propio de mulos. 

Una gran regularidad, una obcecación, en la tarea de escribir. 'Nulla dies sine linea': de eso hablo. 

Quizá debería convertirme en una especie estética de periodista o reportero (me refiero a ser un productivo total). ¿Pero sobre qué escribir? Y: sobre el pensamiento, sobre lo cotidiano. Pensamiento como interioridad o reflexión sin tregua sobre lo cotidiano de uno; sobre los mínimos movimientos del alma: cada día, todos los días. Pienso, y no sé si es así. Pienso como comenzando --el "por fin"-- a planificar algo en serio. Pienso como queriendo proponerme un gran proyecto; algo que abarque muchos años. Pienso así: formulándome una tarea muy, muy paciente, y sin mayores esperanzas. Pienso en una severa constancia; para tenerla, digo. Una severa constancia: una afanosa pasión.

Fumo. Como un maldito trabajo que finalmente termina por hacérsele imprescidible a uno, eso. Como una disciplina que puede llegar a tornarse hasta agradable; algo al cabo llevadero. Como calculando los frutos de un muy probablemente lejano futuro. (La Biblia: "por sus frutos los conoceréis".)

Será lo del Dante, de algún modo: a la mitad del camino de la vida, se me aparece la disyuntiva. El cómo del para qué de mi escribir, de mi gustarme escribir. Una especie de regeneración, de replanteo existencial de mi actividad como escritor, digamos. 

En todo caso, señalarán, eso es una cuestión privada, personal. Pero lo escribo (quiero decir: lo publico). Por qué no. ¿No lo estaré lechuceando, con lo mal visto que suele ser hacer eso? ¿"Obras, no promesas"? Lo escribo, lo publico. Quizá no tenga nada que escribir, hoy, sino tan sólo este propósito ("de enmienda"), este esbozo de proyecto. Por qué no. Si estoy solo, y estas anotaciones mayormente lo están también, así, tan a la deriva, tan entregadas al olvido o, mejor dicho, al casi seguro pasar totalmente desapercibido por el público lector. Escribir porque eso solo es lo que es lo mío, porque eso solo es el ahí en donde puedo estar y ser yo, más allá de ser leído o no. Como alcanzando un poquito más de libertad. Como animarme a animarme. 

Fumo. Lo de uno es tan amado por uno mismo... tantas veces, en tantos casos. Tan apreciado, tan sobrevalorado. A lo que escribimos le auguramos, sí, inmortalidad; ahora no nos leen, es cierto, pero eventualmente aparecerá ese lector "que sabe": ese que está preparado para reconocer el valor de nuestro escrito, y que, de algún modo, hasta lo habría estado esperando. 

Y quizá no sean tantos los que aman así --digo: tan desenfrenadamente-- lo propio; pero yo sí lo hago. Mejor: tiendo sospechosamente a hacerlo. Parámetro delicadísimo de mi identidad, eso es lo que pasa. Como quien dice: "pero es que eso es lo que me define...". Porque tampoco quiero entregarme al rol del descreído, del --anotemos-- reventado. En todo caso, vivo y me permito padecer dialécticas varias del alma ("que no existe"). 

Vivimos tantas veces de promesas... Quién las formuló, terminamos por preguntarnos. Y difícilmente hallemos respuesta para dicha pregunta, si no somos de sabernos ver; pregunta que es una vacilación y un cansancio de doblegado finalmente por el peso del desaliento. Fe, Esperanza, Caridad: ¿no las llamaba Nietzsche (todavía me falta aprender alemán) las "vivezas" cristianas? O las "listezas", no sé. Nos deleitamos, entonces, con la promesa del advenimiento del reconocimiento de la propia obra, y somos de ir aportando, pacientemente, grano a grano, nuestros poemitas, nuestras prositas, y los almacenamos con total meticulosidad en blogs, en carpetitas, en ese depositario de la genialidad ignorada, despreciada, herida: por ahora (y: "ya nos resarciremos debidamente...", al modo, placebo verbal, en que se consolaban algunos Padres de la Iglesia prometiéndose desquites para la otra vida, según cita el mismo Nietzsche, en la Genealogía de la moral). 

¿Y quién garantiza dicha promesa? Únicamente nosotros, que justamente no podemos hacerlo. Ganas me dan --ahora que ando releyendo los Sueños-- de agarrar y hacerme senequista consecuente mal, desengañado tremendo. (Desengañado, sí: pero nunca descreído, reventado, arrastrado.) La macana es que tengo que admitir, también para esto, que mi índole es otra. 

Leer La Biblia, leer Francis Jammes: nuevamente me sumerjo en el laberinto de la autenticidad. Mundo hecho de libros, y la biblioteca siempre a mano: qué lejano será todo esto para muchos, de leerlo. De entre los que tengan, aparte, el hábito de leer. Mario, el del quiosco, por ejemplo, que ayer me convidaba con un vaso de vino en plan peronista total: nunca sabrá de este escrito, de este, repito, laberinto. O Piedra Limada, humorista de galpón, que vive en una inercia mayormente distraída. Y todos aquellos de los que no doy cuenta pero que se me están cruzando, ahora mismo, por el pensamiento. Los de "la otra vida". Los de cada otra vida. Los otros.

En fin, en fin, en fin. Cacharé Jammes. Eso: cacharé una cosa, después otra. Cobro, después de todo esto, conciencia --¡disculpen!-- de que venía ejecutando la figura (un poco como las figuras del enamorado según Barthes, pero en otro terreno) de la disyuntiva, de la encrucijada. La de tentarme con un (nuevo) sacrificar algo, la de tentarme con un (nuevo, vacío, ilusorio) renunciar a algo. Tiempo de trabajar: tiempo de bajar la guardia.