4 de agosto de 2008

'Visage'

Mañana bastante fría. No es que esté destemplado. Desperté temprano, estudié un poco, me volví a acostar, una horita. Y no hay vacío. De hace meses, no hay vacío, no hay ansiedad. Y me extraña, y no me congratulo (pero lo encuentro natural, disfrutablemente llevadero), y escribo y leo. Como un experimento sobre la propia carne, anteriormente padeciente.

Fumo mi buen CJ. Recauchuto el mate, lavado y frío (recauchutarlo: comenzar a cebar de nuevo), y sigo con la vista el humo que se desprende de la brasa. Quisiera volver a leer ese poema sobre fumar que está en Partes del todo. Es así: una constancia, una tónica, quizá una técnica. Un modo de durar, en todo caso; pero esta duración no es pesarosa, digo, no estoy ya a la espera, al acecho. Soy una cosa más, que ni tiende ni se distiende, no mucho -no exageradamente-, en todo caso, al menos por el momento. ¿Dominio de los apetitos?

Toco la quena, estos días, y mejora, una vez más, su sonido. El caramillo o lo que fuera de El juego de los abalorios... Sonrío un poco travieso: afloran muy viejas lecturas, muy internas, muy de base. Bamboleos de la actividad: no somos uno. Parece que el tiempo sobra, hasta para las recaídas. El tiempo: verdaderamente medida del movimiento.

1 de agosto de 2008

Pifiadas de ojos cerrados

Hilda Herrera. Ojos legañosos. Yerba "Esplendor". - Desperté levemente desasosegado, como embroncado. Algo pasó, dormido, y temo unos cuantos días de embole. Y para qué. Dejé maullar lastimeramente a Felisa mientras preparaba el mate, recién le abrí (y poco le hablo) al rato; no, no me gusta.

Tan cómodo el bienestar: te creés bueno, creés que podés superar amablemente todo. La ecuación socrática, esa de la que habla Nietzsche, ¿me había, nuevamente, poseído? - Suena una alarma chillona, que se corta al ratito, y no hay fórmulas.

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Leí un viejo libro de Julio Requena, reeditado lindamente ahora. Ruinas de Ongamira, creo que se llama. Versos, a veces rimados, muchos alejandrinos, de expresión digamos que diáfana.

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Conclusión: inconcluso.

29 de julio de 2008

"No hay canción que no te nombre."

"¡Abra la tapita, la tapita de la vereda!" Preparo el almuerzo a las fastuosas cuatro y media de la tarde. Fumo mi fiel CJ (fiel menos cuando me olvido de reabastecerme: mirá vos) y gargajeo todavía un poco, al toser. Dejo pasar a Felisa adentro y me cruzo, sentado nuevamente ante Magnolia, de piernas. Pienso en ponerme un pulovercito: la brisa pertinaz aunque suave mueve levemente, de a ratos, las cortinas corridas, y el sol luce allá arriba, algo de costeleta quizá, presagiando mayores calores venideros.

Cómo disfruto el calor; el imbancable incluso. Hacía mucho que no me enfermaba, pero el frío, para mí, implica la influenza. Tirado en la cama, presa de un cuerpo padeciente, me pongo, cuando estoy engripado, a percibir las horas, y escucho mucha música, y me siento pesado -interiormente, digo; mi rostro guarda cierto rictus vagaroso, que acentúa dicho pesar-. Todo se recalca, y uno sabe que sólo cabe esperar, sin nada ahí.

Me pongo, pues, el pulóver. Me estoy divirtiendo mucho con Molloy en francés. Sé que Beckett escribió en inglés y en francés -no indistintamente, claro-, pero no sé en qué idioma fue redactada esta novela. Frases simples, breves, transparentes: lo que desorienta es la misma desorientación de Molloy, su mirada, su andar, su férrea lógica discursiva.

Fuimos a ver anoche Looking Glass con un buen amigo. Disfruté mucho de ver a un artista laborioso, metido en sus proyectos. A la salida, mientras nos íbamos, escuchaba de refilón a un chico que comentaba lo visto; criticaba la obra, y creo que a la persona también. (Lo percibía en un flash: cierto tonito, cierta gravedad.) Me pregunté qué tipo de profundidad tenía su crítica. Al parecer, no la había visto receptivamente, y eso, por lo general, deriva en mala leche: porque el documental se proyectó entero, y él no se fue. ¿Espíritu reactivo; anda en etapa de crecimiento?

Fumo, ya comí. Corregiré, leeré, partiré a francés. La tarde está lenta, y disfruto de esta soledad de ahora mismo: ninguna urgencia.

26 de julio de 2008

The Tandooris y una fan

La chica bailaba a los saltitos frenéticos, entrecerrando los ojos y sonriendo suavemente. Pelo corto, petisa, lucía un cárdigan como que azul grisáceo, y agitaba mucho la cabecita. Era la que más se destacaba, anoche, a mis ojos.

Habíamos ido con un amigo a escuchar a unos tal The Tandooris, y, si bien el concierto habrá durado 40 minutos, mi amigo se las picó a los 10. El grupo, que hacía algo así como música surf, no estaba mal. Tenían un tempo ondulante, a veces bajaban casi imperceptiblemente el pulso después de la estrofa o del estribillo; al rato recuperaban al menos parte de la velocidad inicial. El sonido de las dos guitarras y el bajo era como una plastilina hedionda o varios chicles apelmazados y mascados al mismo tiempo de hacía horas.

La piba bailaba frenética, entrecerrando los ojos, jovencita. Corte garçon y cárdigan. Música en vivo.

24 de julio de 2008

Sintetizado alfanje

Tos pertinaz, le decía a alguien; tos de seguir fumando, a pesar de haber salido hace poco de una gripe, y de fumar un pucho cada 20 minutos. Pulmones que se duelen, al toser, a veces me ahogo, y si la tos llega a lo último siento una ligera arcada. Tos de ser cuerpo envejecido; sin que lo dicho signifique que me arrepienta, no.

Escucho jazz. Temas grabados entre 1943 y 1948: los V-Disc, esos viejos discos de 78 rpm, ahora en cd. Fuerzas Armadas de un país haciendo, por una vez, música linda. Y hoy cae Menéndez. Tomo mi amargo, no pienso en nada en particular. Los de Akahatá parecen ser chiquilines reivindicando a dos o tres monstruos sagrados, demasiado venerados -¿conocerán a otros escritores, aparte?-; me caen simpáticos: yo, que también tuve 20, hace un tiempo.

Día agradable, en Córdoba. Ligera brisa, sí, pero el solcito, que imperó a lo largo de la jornada. Y me hice de un celular, yo, que los odiaba. Y espero a que me llamen. Y lo pongo a cargar. Primero Felisa, ahora este otro muchachito: la soledad.

Me acomodo la espalda, la crujo. Nada maravilloso escribo. Órgano con pedal de volumen. Releí una Antolojía poética de Juan Ramón Jiménez y me puse a pensar cómo sería eso de vivir toda una vida en estado de creación poética. Demasiado vulnerable, te volvería: algo hay que ceder, algo hay que devolverle al mundo. ¿Qué podría revelar una buena biografía de ese poeta? ¿Que tenía depositadas un millón de pesetas en Suiza? ¿Habrá muerto de un pinchazo, también él? Poemas agradables y con palabras muy sencillas, muy comunes.

Prendo otro pucho. Sol que comienza a ponerse, el humo del cigarrillo se quiere disimular entre la sombrita inmaculada. Toso una vez más, carraspeo, gargajeo infructuosamente. Y hoy cae Menéndez.

21 de julio de 2008

Ya está basta, yá

Felisa husmea la bolsa de basura que todavía no saqué a la vereda; luego "toma" una tapita de Sprite y se pone a jugar con ella. Yo comienzo a fumar despaciosa, cautelosamente -luego de la furiosa gripe que me mantuvo en ascuas toseriles-, y escucho Aloha, divirtiéndome mucho con las letras.

Almodóvar, se lee por ahí, gusta de este grupo de músicos catalanes. Grupo extraño, Le Diablo Mariachi, cuya voz principal canta en francés letras cómicas y sulfuraditas. Los vi en YouTube, y el tipo gusta de cantar poniendo entre su garganta y el micrófono un altavoz muy Clarín.

Nublado, en Córdoba. Brisita pertinaz pero no aleve. Por suerte mañana retomo las clases. Me harté del hastío. No pesaroso, claro, pero secante. Ni siquiera un buen libro de Stanislaw Lem que comencé a hojear salvó las papas. Menos que menos los Escritos 1 de Lacan, que tengo que devolver a su esotérico dueño.

Mate lavado, impaciencia de que todo comience de nuevo. Salir a caminar, claro. Ver cuerpos en movimiento, alternar con otras voces.

Me pica el bagre

Maravillosa Marisa Monte: escucho un disco suyo que me enamora dulcemente. Recuerdo un documental con la obra de Carlinhos Brown, esa escuelita de música en un barrio marginal de no sé dónde, y en un momento cantaba con ella. Feo peinado llevaba entonces: ricitos negros; pero qué voz.

Lo de los ricitos me hace acordarme de Noche y día, esa novela de Virginia Woolf en la que había una prima del campo, muy siglo XIX aunque ya era el XX, cuyo peinado me lo imagino así, con esos ojos.

Ayer salí a por libros. Compré Rocamora, de Alejo Carbonell, que devoré con aplicación y gusto. Poemas tranqui, de aliento sencillo, de a ratitos de una épica accesible. Libro vendido a choreros $15, por los más choros todavía de Rubén. No entiendo por qué tan caro, si ni tapa buena tiene el libro: no más de 110 gr. En fin: el precio, a criterio de buen ladrón.

Me fui a la Mediateca y saqué Beckett y Breton. El francés de Molloy es muuuy accesible: lo recomiendo.

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"Una pausa de mil compases"... Bellísimas canciones. Qué de naderías se pueden anotar. Me acuerdo de una mujer que gustaba de Chico Buarque, y parece que también de mí. No pudo ser, porque no pudo ser. Pero su belleza salvaje, su cuerpo eléctrico y lento -Whitman y el cuerpo eléctrico-, su estilo inagotable de mujer que se sabía potentemente bella, al menos para mi deseo.

"Dicen que fue llorando, sonriendo, cantando"... Explota el rostro o borbotón contenido de lágrimas de felicidad, de esa emotividad artístico-popular, y me prometo cosas para las próximas horas; enaltecido vislumbre. Estado apto para escribir bien, al menos en mi caso; o escribir cosas que amo escribir. Lo verdadero.

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Algo le falta a este post. Algo como sustancia. ¿Un poco de la melaza de Dune? Me esperan fideos de anoche, me espera esperar, me espera ir a francés, a las siete y media, y esperar. Releo por estos días el seminario de Lacan sobre Poe, y esta vuelta no me parece tan pelotudo, tan soberbio. En Córdoba hace frío, y de a ratitos se levanta una muy ligera brisa, que pronto se va. Tengo las cortinas corridas, y las celosías -"Preso ventanilla"-, y no pienso bañarme, hoy. Tengo mis discos, tengo mis libros, tengo mi internet; sal le falta a todo esto: una pechugonita que bien aspecte las horas. Y que no llega.

20 de julio de 2008

Huesito al sol

Nunca me convenció demasiado la ópera italiana. Vulgar, grotesca, demagógica: eso se me representaba inmediatamente al oírla. Me pongo a prueba, y escucho, ahora, L'Elisir d'Amore. Lo que más lamento es no estar viéndola, representada, digo.

Esto era el cine; esto eran las gradas, las tribunas populares. Dicen. Melodías que se caen de directas, preguntas, respuestas y contrapartes a intervalos regulares. Poder insobornable de la música simpatética: llega de plexo, no precisa de intermediario, se impone por medio de un sensualismo feroz y dulce ("ésta es mi feroz canción...").

¿Habré tenido demasiado Bach, cuando estudiaba? Mi profesor decía idolatrar a Beethoven, y me preguntó a quién veneraba yo. Y le dije -por cumplir; por decir algo- que a Schubert. Simpático Schubert, simpático jovenzuelo de francachelas, de muerte prematura. Ni Bach ni Paganini: Schubert.

Así, esos alegres italianos me resultan sospechosos. Sospechosos de vitalidad (pletóricos de salud), al parecer. Alegría que rebosa, plena, dichosa. Carácter de cada música, que bien comprendo. No importa que no sea cantada: cada música tiene su 'elan', su aire, su argumento, e inmediatamente hace sentir en nosotros lo que es. Problema de cuando nos aburrimos: la hemos cosificado mal.

Solución de continuidad: no está taaan mal esto que estoy oyendo. Una vez eslabonado el problema, se quita la cadena. Escarceos contra diversas sombras.