26 de abril de 2013

Ah, una polémica...

Somos esclavos de los dictámenes de décadas pasadas. Me explayo: a temprana edad tomamos nota, con lealtad y fervor, de los elogios que nuestros maestros dedicaban a tales o cuales creadores, y esas loas quedaron grabadas --a veces textualmente-- en nuestras mentes. Al cabo del tiempo, leemos, releemos. Con desasosiego, con creciente rencor, nos vemos obligados a admitir que aquellos a quienes de memoria alabábamos hasta ahora no son tan buenos como creíamos. 

Ezequiel Ambrustolo revisa el Doktor Faustus. Le desagrada, lo critica, lo desafía. Sin embargo, lo que más debiera revisar es el origen de su búsqueda. Habla, al pasar, de la historiografía que consagra dicha novela. ¿A quiénes --incluso a quién-- se refiere? Me aventuro a decir que en los '50s era un lugar común el elogio de Thomas Mann: personas ya no jóvenes pero que al parecer leyeron a los 20 a dichos comentadores tienen en cuenta a este escritor. (En lo que a mí respecta, la novelística alemana clásica fue Grass, y antes Hesse.)

A Ambrustolo no le gusta que Mann reelabore una época, sus ideas. A dicha reelaboración la califica de plagio. Dicha crítica es criticable de muchos modos; elijo el siguiente. Al cabo del tiempo, el siglo XX habrá caducado. Así como de la antigua Grecia lo que queda son los nombres de Homero, Platón, Sófocles (no hablo del lector curioso), así el siglo que nos precede se irá apagando, se irá simplificando, pasará a ser ámbito de eruditos (si los sigue habiendo). Con suerte, puede que se siga hablando del Doktor Faustus. En menos de 1.000 páginas tendrá el lector de esa época una excelente, rica síntesis de lo que, hacia 1950, alguien consideró como el hundimiento de una cultura, tanto en lo que se refiere a la música y las artes en general, como a la filosofía, la teología, la política. Por lo demás, Platón hace hablar a Cratilo y a Gorgias, al mismo Sócrates, lo cual, a la distancia de más de dos milenios, no nos incomoda en lo absoluto. 

Por último, y al pasar: para el protagonista, la lujuria (más allá de la Hetaira Esmeralda, quien, de última, es finalmente sólo un motivo más en las creaciones de Leverkühn) o, por ejemplo, la gula no eran vicios demasiado llamativos. La voluntad de saber, por decirlo así, o más bien la voluntad de elevación artística, lo seducían más. Estaba en su naturaleza el anhelar ser justamente un genio. Satanás rasca donde la sarna más nos pica. El compositor no podría haber cedido a los requerimientos de un diablo cualquiera, sino justamente uno que lo sedujera en cuestiones de sus particulares inclinaciones. El Diablo es grosero sólo con los groseros; con los exquisitos deberá aguzar el ingenio. 

4 comentarios:

  1. Estimado, gracias por su lectura de mi crítica. Debo entender, por la falta de consistencia de sus asertos, que en el fondo y a la esquina coincide básicamente conmigo, sólo que en la vida diaria nos gusta pelear, y somos argentinos y desganados, y el mate compartido mide horas vanas, como dijera cierto ciego querido. Un abrazo. El amanuense

    ResponderEliminar
  2. Gracias por leer. No, no coincido en muchos puntos con vos, Ezequiel. No me parece que Mann esté plagiando, no creo que esté haciendo un revoltijo o pastiche de lecturas, sino que las reelabora, y exquisitamente, a mi entender. Tampoco considero que Satanás deba tentar con cosas vulgares (señalo el sexo y el morfi y la bebida); porque no considero que nosotros los Occidentales (término tremendamente amplio, y por lo mismo vago, y por lo mismo vacío) seamos sólo tentables con esas meras cosas. E insisto: estaría bueno que dijeras quiénes son los de la historiografía mentada. También claro que nos divertimos discutiendo. Pero mi sensación con la lectura de Mann fue la de un abismarme y sorprenderme. Puede que el Satanás no esté a la altura del de Goethe (o el de Valéry), pero a mí me gustó como personaje. No tengo mucha idea de cuestiones teológicas, pero en lo que hace a la música, Mann, hablando de este arte en Occidente, desde Palestrina y antes en adelante, me maravilló. En fin. Se puede discutir mucho. La idea es que tengamos en cuenta las del otro, que no las ninguneemos. No sé si yo tomé de tu texto las que vos considerás esenciales, pero trabajé en el mío las que me interesaron; así es la crítica. Abrazo.

    ResponderEliminar
  3. Decir que escribir sobre fausto es un plagio, o algo por el estilo, es no entender que precisamente de eso se trata. ¡hasta en argentina hay un fausto, el de estanislao! El peru rima es otro fausto y marlowe no fue el primero... Dónde se puede leer la crítica?

    ResponderEliminar
  4. ¿Qué tal, e. r.? El link está al comienzo del segundo párrafo de esta entrada. Te lo copio: http://elblogdelamanuense.blogspot.com.ar/2013/03/el-prolongado-lamento-del-doktor-faustus_23.html . El punto de Ambrustolo no pasa por que Mann haya hecho una nueva versión del Fausto; ése no es el problema. Mann recrea varias teorías y cuestiones que estaban en boga en cierto ámbitos de Alemania entre 1900 y 1945, aproximadamente. El estado de la ciencia, el desarrollo occidental de la música y propuestas como la de Schoenberg, la teología y la filosofía, la política, las artes en general, muchas cosas. Como que pone en boca de personajes ideas y tendencias que se desarrollaron en esa época. Ambrustolo dice que hacer eso es plagiar a quienes históricamente desarrollaron dichas nociones; yo digo que es recrearlas, y que hace a lo que Mann se propuso hacer con esta novela: un vasto cuadro de época, para su diagnóstico (el hundimiento de una cultura).

    Abrazo.

    ResponderEliminar

Micrófono abierto a las voces del alma de turno.