14 de noviembre de 2007

Mudado, no como Pedro Kuy a lo que según le entiendo es más bien campo o pueblo, sino de las afueras al asfalto, a casa de barrio, barrio tranquilo. No se la pasa mal: más de quince años rodeado de papa o zanahoria, luego soja, y un aeródromo que los fines de semana despacha paracaidistas coloridos, feamente coloridos, para pasar a vivir en un lugar donde, ¡increíble!, los cigarrillos se compran cruzando la calle.

Las costumbres, por lo pronto, se modifican auditivamente: hay ruido leve pero notorio de autos y colectivos que pasan, y que pasan, y que siguen pasando (como un poema sobre modelos leído en Diario de poesía). No desvelarse: de lo contrario contarías las medias horas, las horas de la frecuencia del transporte. Vecinos, y empezar a saludarse, a conocer. ¿Y a qué almacén le compro? Curiosa necesidad de compromiso: porque el otro te ve pasar, luego comenta. Y territorios reducidos: si antes vivía en una casa con una hectárea de parque, ahora mi habitación es de 3 por 4, y los techos, bajos, no favorecerán la frescura más adelante, más hacia el verano.

Cambio de horarios: porque sigo viviendo con otra gente, pero que tiene un ritmo diferente de alimentación. Cambio de comidas: casera, pero distinta (cada comida casera es distinta). Sólo algo borroso, ambiguo, maleable, persiste: mi yo, que asiste a la variación externa, y responde.

Porque hasta el aire es distinto, y las distancias, y los amigos. Estos últimos ahora visitan más regularmente, los muy chantas, porque, por un buen rato, he dejado de vivir en el culo del mundo o, al menos, de Córdoba.

1 comentario:

  1. Tamarit: hace siglos que no ando por este blog, el mío o ningún otro. Zárate es una ciudad elevada a la vera del Paraná. Ya voy a escribir algo sobre ella. Me alegro por tu mudanza, por el cambio. Te leo, como siempre, agradecido.

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Micrófono abierto a las voces del alma de turno.