6 de enero de 2011

Contemplación y paja

Me acomodo la espalda. Amanece, y no tengo nada que valga la pena hacer público. Busqué mi Diario y la lapicera con la que me gusta escribir en él, porque sabía que algunas cositas tenía para pensar; porque empezaba a sentir que ya no era tiempo de leer (menú del día: Cervantes y Groys). No los encontré, y estuve a punto de caer en una de esas búsquedas infinitas a que nos es dado entregarnos, cuando más nos valdría dar por terminada la jornada (y ya no hay nadie ahí para darnos tal consejo), por más que pensemos que falta todavía algo, qué, no lo hallarán. Pero, como necesitaba anotar (cualquier cosa; donde fuera), me vine acá, puse un disco (Baïlador) y tracé un comienzo, lo menos choto posible (tengo mis propios criterios de largada, ojo) para, eso, anotar, escribir, redactar.

Todavía no había escuchado este disco. Ignoto Transversal sube muchísimos, y la mayoría de ellos me agradan, pero, como me gusta reescuchar e ir apreciando lentamente cada cosa que oigo, no doy abasto. De todos modos, prefiero -y nadie podría oponerse a ello- esa sobreabundancia a no tener música buena tan así a mano. Hay realmente mucho para elegir; el problema es que lo hago entre cosas de las que, la mayor parte de las veces, no sé de qué se tratan, qué contendrán.

Me acuerdo de algo que señalaba Genette: el juicio de gusto se da desde el momento en que nos ponemos en contacto con la obra. Nada de "a ver, voy a escuchar varias veces el disco para decirte si me gusta, si es bueno", etcétera, sino que, por el contrario, sentimos algo de un modo más bien inmediato. Podemos refinar luego dicha apreciación, podemos incluso cambiar de valoración (aunque sólo en una instancia ulterior), pero "la experiencia indica que" el mismo se da al toque: la obra en cuestión agrada o no ahí nomás, y bien que lo sabemos.

A lo que voy es a que a mí me gusta conocer la música. Saber qué parte viene; verla venir; esperar tal frase, tal momento. Digamos: que los discos sean cosa conocida. No sé, siempre fui de escuchar, de repasar lo que tenía, más allá de ir consiguiendo cosas nuevas. Con los libros (sobre todo los de poesía) me pasa exactamente lo mismo: releo, no me canso de releer. (En tal sentido, los poemas son como las canciones: no terminamos de disfrutarlos sino volviendo a ellos: repasándolos.)

Recuerdo cuando estudiaba violín. Después de practicar (primero los ejercicios, después las obras), venía el descanso. Y el descanso era poner una vez más alguno de mis cassettes (tenía muchos más cassettes que vinilos) y sentarme a escucharlo mientras limpiaba el instrumento. Lo cual consistía en pasarle una franela (clásicamente: amarilla anaranjado) hasta, por un lado, sacarle toda la transpiración que le hubiera dejado (sobre todo al mango, a la tastiera, a las cuerdas) y, por el otro, borrar de la superficie barnizada todo rastro de dedazo, toda grasitud que hubiera quedado impresa allí.

A todo esto, volaba. En esa época, escuchar música pertenecía al ámbito de lo Sublime. Comprendan: era un maldito adolescente. Así, a una actividad puramente "terrena" (no encuentro otro adjetivo, ahora) como lo era el frotar el violín con la susodicha franela se le sumaba el elevarse a alturas inmarcesibles y codearse con algo que no era Schubert, o Berg, sino la quintaesencia de idealizaciones (de veneraciones) que operaban en mí de un modo total.

Al respecto, se me vienen a la mente los comentarios de Bloom, en El canon occidental, sobre literatura y masturbación, y sobre todo algunas páginas de Fausto. De la contemplación ensoñada a la paja aliviadora.

Digamos que la cosa se ha distendido. Sobre si sigo derrochando semen ("no derramarás tu simiente en vano, pedazo de Onán", apostrofaría Tal Gabu, entre bromista y religioso) no me explayaré, pero con respecto a si todavía vuelo cuando escucho un disco, o a si los libros (alguno que otro, cada tanto) me conmocionan al punto de semejar tremendos gongs que conducen al reino de la Belleza, bueno, cabe decir que esa época ha quedado bastante atrás. Música, libros: cosas agradables, de que tengo hambre, sí, y todos los días; pero no un hambre extasiada, arrobada, sino simplemente un modo interesante de ocupar las horas.

Toso, carraspeo. Me quedo pensando en mi teoría (nunca formulada, por lo demás) de la duración. (El vecino se va a trabajar: abre el portón que da al patio común, comienza a sacar la moto.) Me meso el pelo, me huelo el chivo. ¿Qué duración podrán tener estas Anotaciones-... (seamos explícitos: la inmortalidad de la que -también- habla Groys)? Por las dudas, corregiré el texto. Sé que todo nació de ganas de escribir; pero en el Diario. Y sobre todo no de la manuela.

4 comentarios:

  1. Tamarit es nombre de mujer?
    Es verdad que a ciertos versos los paladeamos repetidamente como a algunas melodías, lo cual creo que no sucede con la prosa.
    Aquí todavía es la madrugada, negra y fría.
    Saludos.

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  2. Ignoro, Ele, si Tamarit es nombre de persona, o incluso si es un lugar. Lo puse por cierto berretín que tenía con García Lorca y sobre todo con su libro de poemas póstumo, "Diván de Tamarit".

    Con respecto a la poesía (la buena), siempre me sucede que tengo que volver a ella, no sólo en el momento, sino cada cierto tiempo. Releer para mí viene siendo un hallazgo desde hace algunos años ya.

    Bueno, yo estoy acá en Córdoba. Ahora tengo las 08:28 hs. Saludos, lectora de Boccanera.

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  3. Hola, Pablo. La verdad, yo con la música me pasa que hay discos que no me gustan por más que los escuche, pero por ejemplo Bartok... Lo adoro, y ¡mira que me costó al principio! Por lo demás, bailar con una buena música, a mí, todavía hoy, me sigue llevando a algo más allá del orgasmo, es un éxtasis que nada físico puede comparársele (¿será por eso que me sigue saliendo acné? ¿porque todavía no he superado cierta etapa de mi vida?). En cualquier caso, me ha encantado la anotación. Un saludo desde la congeladísima Bohemia.

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  4. Hola, querido Jorge, ¿qué tal? No, yo no digo escuchar muchas veces un disco para o hasta que me guste, sino volver a escucharlo para conocer la música cada vez más. Y hago eso con la música que me gusta. No es lo mismo, creo yo.

    Con respecto a bailar, yo, en cambio, soy muy patadura, aparte de que temo mucho hacer un papelón. Pero el ámbito de la fiesta (y de la noche "turbia", en general) me encanta: es un ambiente muy seductor, corren otros códigos.

    ¡Bohemia! Quizás, algún día... Fuerte abrazo desde Qusarat.

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Micrófono abierto a las voces del alma de turno.