29 de agosto de 2011

Los versos de Chénier

Viene Piedra Limada con los 300 pesos. Yo había pasado por el galpón hará tres días en busca de 'money': andaba crocante de seco, y mucho corría el riesgo de quedarme sin puchos, mal mayor. Pero él estaba en la misma, y así como llegué me fui. Hoy, noble y fecundo, y después de haber pasado por el banco, se acerca a mi casa y me saca de la cama a una hora "harto" inconveniente; pero no le salto la bronca: no por la plata, sino porque no da, y porque --'hélas!'-- no me sale. 

Así que lo hago pasar, tomo, a como pueda, un cacho de agua --pastosidad asquerosa--, y pongo la pava. "Sintonizo" Ignacio Corsini en Grooveshark y nos abocamos al grato departir. El pobre anciano anduvo bastante flojo ayer; como que se pasó todo el día en la cama, padeciendo. Le digo que no puede quejarse: es él el que no quiere ir al médico. 73 años: "lindo número para jugarlo a la nacional", declara, resiste. ¿Que cómo anda de salud? Un día bien, otro mal: eso es vida. 

Suena Cuartito azul. De pronto me ilumino: ¿no vengo de leer, hace unos días, versos de Chénier? Pelo la Anthologie... de Gide de que hablé en otro post, y ahí está: ¡existe, existió! Y un misterioso lazo temporal me lleva a imaginar una Buenos Aires de principios del XX en que circulaba André Chénier (1762-1794), en francés o traducido, y pienso en que su nombre significaba algo para alguien: no como ahora, que, en el tango y para todo el mundo, es como un nombre de calle o cosa así, algo que ha pasado a ser mero sonido, una rima sabida de siempre, transparente.

¿Qué es lo que existe o significa, qué no? ¿Qué más, qué menos? Cada hombre es una isla, y la geografía de su peculiar territorio sólo de él es trazada, y con probable torpeza; los otros, ocasionales turistas, apenas han oído hablar de dicho lugar, y lo confunden fácilmente con la Atlántida. Escribir deja una huella, pero esa huella, esa senda, debe ser vuelta a andar cada tanto: para que tenga cierta entidad; y las más de las veces nos enfrentamos a jeroglíficos ininteligibles y desvaídos, sólo porque fueron abandonados hace mucho, expuestos sin más a las inclemencias del descuido. 

El descuido: obvio que no podemos andar revisando, manteniendo, todo lo escrito. ¿Qué hace que rescatemos algo, que cultivemos su memoria? No puedo hoy pensar que sea la mera pasión; en todo caso, si hablamos de pasión, tenemos que aceptar que cada uno tiene la suya, oscuramente singular. Lo que perdura es la resultante de innumerables "vectores de pasión" que pujan de modo sumamente caprichoso, cada uno según su peculiar gusto y tendencia. Y hay grados y tipos de vectores; y hay vectores prestigiosos, y los hay anodinos. 

En fin: todo esto ya ha sido pensado, y de modo más pertinente y perspicaz, por otros. Tampoco es necesario reconstruir, pieza por pieza, el dichoso cuartito, por más que a algunos les atraiga, digo, ese miniaturismo. No hay criterio: no hay un criterio universal y homogéneo. Y las más de las veces nos entusiasmamos con algo que no es central en nuestras vidas: porque no tenemos el suficiente olfato, la suficiente garra, el suficiente gusto. Leí Chénier, olvidé Chénier, así como ahora escucho Ben Kraef & Rainer Böhm: una lógica del arte por el arte, de la ociosidad liviana, gobierna mis breves búsquedas, mi hacer liviana la duración. La pasión real pasa por otro lado: y la postergo, como pensando que no he de morir. Piedra Limada está al borde, y en él lo veo; pero yo, ¡qué va!, todavía ando probándome los neumáticos. 

17 de agosto de 2011

Algunas cartas sobre la mesa

Hoy lo vi al Ger. Estaba sin Azul, cosa que se notó. Yo había tenido turno con la psiquiatra, y me dieron ganas de charlar con alguien. Ya antes le había escrito a Guido, pero andaba de reunión, y arreglamos para mañana a la nochecita. Viajé en un R1 sin tanta gente (eran las ocho), y de atolondrado me bajé una parada antes. Iba oyendo la Pobre Johnny; pronto estuve tocando el timbre de su casa, en el Pje. Villegas.

Cuando volví, preferí tomarme dos colectivos en vez del 600, y llegué a San Vicente pasadas las once. Recuerdo que comí algo, frío, que me había dejado mi vieja en un táper, y que me dormí tipo dos escuchando Iiro Rantala. Hará una hora desperté, y me fui a la estación. Compré Gitanes, tomé una fantita. Volví pensando en nada en particular, por la Agustín Garzón vacía; tenía ganas de escribir.

Y llego acá y no hay nada. Me preparo un mate, abro la ventana a la noche, pero no sale nada demasiado qué. Una leve seriedad acompaña este teclear en silencio. Una leve seriedad, un rostro taciturno, una respiración fatigosa: decididamente, fumo demasiado.

Fumo. Pasan algunos autos, de a poco, acá a media cuadra. La ciudad comienza con su jornada; allá ellos. Hoy miércoles firmo contrato con Ediciones Del Copista para sacar un libro. Mi tercer libro. Cosas de La lección de piano, seleccionadas y ordenadas con ayuda y buenos consejos de Pablo Anadón. Tengo que poner mucha plata (para la que suelo manejar, digo), y los próximos meses van a tener que ser de nada de taxi, nada de cerveza afuera, muy muy poco de libros. Y ver qué pasa.

Uno un poco no sabe qué es mejor. Mantener estos blogs que hago implica, más allá de escribir, el pagarle a Fibertel una platita mensual, que no es mucha tampoco. Los blogs en sí no son muy visitados que digamos, pero existen. Existen y acumulan cosas. Con el tiempo, uno revisa lo que ha hecho, y percibe evoluciones, cambios, movimiento. Se ven llevados en la dirección de las meras ganas, del capricho circunstancial, y ese modo de darme a conocer, bueno, me cuadra. Otra cosa sería que hiciera, qué sé yo, mercadotecnia de los sitios, y que los propalara y los difundiera adrede mal, y fuera mi propio exitoso empresario de lo que escribo. Cosa que no me saldría ni a palos, nunca, de proponérmelo incluso en serio. Digo: no me veo en ésa.

Sacar un libro tiene algo de parate. De detenerse y evaluar. De proponer cierta forma, cierta selección, establecer un mojón. No es que vaya a escribir distinto después de que el susodicho salga. No necesariamente. Pero bueno: queda el 2011 como el año en que publiqué de nuevo.

Como tener un proyecto. Algo diferente. Chateaba, ayer, con la Cantarero (una mina), y ésta me decía que, para ella, la cultura en Córdoba es bastante mediocre. Que hay mucho afán de figuración en una ciudad donde somos pocos y nos conocemos demasiado. Y jugamos a las tribus culturosas mal, y nos tiramos mierda entre nosotros; como una especie de farándula vernácula que sólo busca llamar la atención, y a como sea, muy tilingamente; y somos sólo cuatro pelagatos, y tres no tienen desde dónde escribir pero jetonean mucho. (Sonreirás, muchacha, porque quedé como el cuarto: los malos, por definición, siempre son los otros.) Como el pueblito ese (y son muchos) donde morían cuatro romanos y cinco cartagineses o, lo que es lo mismo, dos punks y tres heavys; y nadie más en ese pueblo le daba bola a la música, y menos a esos raritos, a esos descarriados; y apenas si atendía a lo del Chaqueño Palavecino, que Mario Pereira propalará por siempre para todo el país.

Por lo general, no soy de asomarme. Estoy acá en San Vicente todo el tiempo, con Felisa y los librejos. De vez en cuando tengo la dicha de escribir. Cae el Gabo por épocas (ahora viene resucitando), y yo me escapo, los findes, a lo del Ger o a lo de Guido. Los lunes cruzo la ciudad: me voy al Cerro a terapia, y aprovecho el viaje para pasar por la Médiathèque para sacar cosas que me duran una, dos semanitas.

Quiero decir: no voy a presentaciones, espectáculos, etc.: a la discreta parafernalia cultural de entrecasa que nos propone esta por otra parte indiferente ciudad. Prefiero irme a Propiedad Privada a tomar una cerveza y sentir ahí cerca el Paseo Sobremonte. Charlar, callar, ver pasar las piernas más hermosas del mundo (salute, Tim), volver en silencio, prometiéndome un mate. Ahora el jueves y el viernes, es verdad, participo en el encuentro "Qué importa la poesía" ahí en el Cabildo, pero es algo totalmente excepcional. Huraño y eremita, maduro las cosas en la soledad, batallo contra los enemigos internos. ("Yo sólo busco la paz interior", decía un pongamos que conserje, en La peste, y Rieux --¿se llamaba así?-- asentía.)

Sé por qué cuento estas cosas. En todo caso, ésta es una de mis voces. La de mostrarme un poco, sin querer necesariamente hacer literatura, sin presentar un personaje demasiado notable. Al contrario: veo que me estoy describiendo como alguien más bien anodino. Más allá de que me encante el rescate que Bardamu viene haciendo de Beckett, no quiero ni soñar en jugar a ser un personaje de novela. Sólo es un preguntarme un poco las cosas, un bucear un poquito, un divagar, también. Un fumar un pucho más, un tomar mate, un escuchar Tutu, y escribir.

(Lo que sí: escribir. Lo que sí: poder escribir. Pienso, apenas escribo esas frases, que volverá el silencio, un poco vacío, no necesariamente angustiante, probablemente más hondo que el que muestran esta y muchas otras entradas de Anotaciones-... Y me quedo pensando en la ascesis, una vez más. En no hablar de más. En ser otro, de última, ideal, elevado, quizá sublime. Uno es uno, lo que significa muchos, y no siempre tenemos el tino necesario para ser mejores. Pero algo hicimos.)

10 de agosto de 2011

Enajenado

Me preparé un buen mate. Después de una Palermo (no puede faltar una cervecita a la hora de clausurar el día), es lo mejor que se puede tomar. Fumo y escucho Paths, Prints, de Jan Garbarek. No lo conocía. Me va gustando el primer tema ("The Path"), a diferencia de los de Officium y algunos otros trabajos en que Garbarek parece darse a un 'new age' de índole culta. En todo caso, ¿vive Garbarek? Todo indicaría que sí. Ganas dan de leer alguna entrevista suya, algo en que diga qué busca, realmente, entre las tantas búsquedas a que se da. 

Desperté tarde. Leí varios Asteroides de Raúl Gustavo Aguirre, un poquito de la Anthologie de la Poésie Française -- Présentée et préfacée par André Gide, uno de los Escritos de Lacan, alguito de la Sociología fundamental del querido Norbert Elias. 

Fumo y pienso qué reúne esas cosas tan dispares entre sí; qué, que no sea mi propio venir durando, leyendo, divagando. Calculo que, sí, existe un sistema de nuestras lecturas --nosotros, fatigadores de libros--, algo que las relaciona, que las vincula entre sí, pero, en mi caso, me quedo pensando, y dudo mucho a la hora de bosquejarlo, de, ni siquiera, señalarlo. A menos que uno quiera abarcar el universo entero de lo editado, La Biblioteca, algo deben de tener en común nuestras lecturas habituales. (Me acuerdo de esa historia del hombre que dibujaba un mapa o cosa así de absolutamente todo, y finalmente se daba de cara con su propio rostro, dibujado por él mismo, a ciegas.)

Uno se pone a funcionar; como lector, quiero decir. Como si pusiera 'play' a una máquina mental de asimilación fruitiva a la que tiene que alimentar con materia propicia, literatura afín. Uno disfruta callada, calmamente de lo que recepta; uno, porque se sabe uno mismo en ese tasar y dejar pasar lo que recepta, sigue andando, sigue funcionando. Algo es colmado: medida, regularmente. Algo está ahí, silencioso, expectante, pero de una expectación sosegada, y uno lo provee, sin más --"yo soy tu proveedora de drogas", O. L. 'dixit'--, como un operario en la cadena de montaje, de piezas que algo agradece sin mayor efusividad, sin descontrolarse. 

¿Qué era leer en la adolescencia? Para empezar: una vorágine. Los libros tenían razón. Y en especial la tenían frente al cúmulo tremendo de adversidades que pensábamos que acosaban nuestra vida, tan amenazada, tan rebelde --sentíamos--. Libros como tablas de salvación, nos aferrábamos a ellos con una razón rayana en la desesperación. Los libros decían Verdad: una verdad con que enfrentarse a los supuestos enemigos; algo, esto último, que los más de nosotros hacíamos de modo mayormente imaginario. 

Fumo. ¿Cómo esa aventura hermosa, descocada, vino a dar en esto: en la lectura del reposo, ocio totalmente distendido? Sus signos se oponen entre sí. Calma chicha, uno simplemente cumple su jornada: la de la lectura diaria, copiosa; la de empecinarse aún en elaborar, a como sea, muy perdido, un mapa de la extensísima geografía de la literatura; un mapa de la poesía argentina, por caso. Uno renunció a la Universidad y, así, es todo menos sistemático. Uno fuma y sabe que la poesía medra en la paciencia, en la obstinación: de uno mismo manteniéndola viva, al leerla, al releerla. Ningún poema ofrece su núcleo, nítido, en una primera lectura; y de muchos autores mi comprensión --no mi disfrute-- está casi que totalmente vedada. El terreno es inmenso, pródigo, fértil en abundancia, y no por eso debemos apresurarnos en tomar el poema que esplende por la Verdad, ya no, rechacemos eso. La poesía está ahí casi que para acompañarnos: cuando aprendemos a marchar a su par, frágiles y extenuados entre tanta vida horrenda (quiero decir: toda esta vida entregada al consumismo febril y demás males anejos al Capitalismo Global, triunfante y despiadado). 

Las "verdades" sobre la poesía uno las acuña difícilmente y a costa de muchos errores, de muchas imprecisiones. Casi que dichas "verdades" se anulan al formularlas: y hay que estar muy bien en la charla con otro, tiene que funcionar realmente, tiene que haber una gran sintonía, para tener tan sólo la oportunidad de pasarlas, y así perderlas. Como una pepita de oro que hubiéramos conseguido, a fuerza de sudor y espera, del lecho de un río estruendoso, no domeñado aún: y la pasamos. 

¿Qué hace uno con los libros? ¿Eso, los otros, no lo encuentran demasiado fácilmente cuestionable? Ellos asisten con estupefacción e incredulidad a nuestra pasión vieja. ¿Somos tan despreciables? ¿Somos tan ignorables? Todo lo resuelve el relato: contar, a cada instancia, la anécdota significativa, dar cuenta de ella, anotar, analizar, distinguir, extraer de ella pequeñas conclusiones provisionales. Ahora escribo en el aire: y los conceptos forman una nube pedorra que se abstrae de la realidad, para idealizar. ¿A quién hablo? ¿Por qué hablo? Formulo una vez más esas medrosas preguntas ya (tanto las han defenestrado), y me digo, a mí mismo, ahora: idealidad, evanescencia.

Qué importa, entonces, que, en una remota ciudad de Latinoamérica, alguien, que tanto leyó mencionar por ahí la "Bibliothèque de La Pléiade", tenga ahora en sus manos un volumen de la misma; un volumen que tomó de una 'Médiathèque', un volumen que nadie antes había sacado --quizás amedrentado por lo lujoso, quiero decir lo bonito, del ejemplar; siendo mucho más probable que, en esa remota ciudad de Latinoamérica, prácticamente nadie lea poesía en francés, y mucho menos de modo regular--, un volumen con sus dos tiritas señaladoras (dos, no una, qué raro) dispuestas tal cual el editor las encajara entre tales y cuales hojas al expedir su mercancía. Y ahora, encima, ese que comenta que se atrevió a hacer algo, ¿cómo decirlo?, insignificante para La Ciudad escucha, recalcitrante, un disco de un saxofonista que no hace 'covers' de La Mona precisamente. 

Le dirán, sin más: "asomate"; "asomate al mundo"; "asomate al mundo de los otros". Y tendrán razón; pero yo también, en algún sentido, la tengo. Una vez le dije a alguien del que supe ser amigo: "día que no leo, día perdido"; quedó estupefacto. Bueno: para mucha mayor cantidad de gente, para el común de los mortales, digamos, día que no ve televisión, día sin sentido, incompleto. "Algo me falta." Sin dolor, sin pesar, cuando me vine a San Vicente prescindí de la tele. Pero lo audiovisual es la lengua imperante, imperativa: no la de la letra, no la de los libros. De repente siento hablar a mi alrededor acerca de un país ajeno: un sitio en mitad del cual vivo, enajenado. 

Fumo. Suena "Considering the Snail": hermoso tema, cuya idea principal me trae un poquitín de Manusardi. Me pregunto --reincido-- cuántos sabrán cuál es el nombre de pila de Manusardi --pianista--, sin googlearlo, digo. Años de sobrevivir encerrado en una pieza escuchando pocos discos, una y otra vez, exasperantemente, y eso me da una memoria manca que nadie más tendrá. La memoria de un "exquisito" que tantas veces añora y se detiene frente a las palabras de la tribu. 

24 de julio de 2011

La Biblia o Jammes, o El laberinto de la autenticidad

Pienso en leer La Biblia. Pienso en para qué. Para rellenar horas. La veo ahí, al lado del monitor, cerrada, "humilde". Me digo muy bobamente que no puedo morirme sin "terminarla" al menos. También podría tratar de retomar la relectura de Le Deuil des primevères (tengo prometido traducir un par de poemas), pero no es lo mismo. Francis Jammes no me mueve; a La Biblia (pero hace rato que ya no a Dios, "que no existe") le sale hacerlo. 

Pasan los años, voy envejeciendo sin más, todavía no empiezo, sospecho --pesaroso--, a escribir. Escribir como tarea, digo. Algo de desfogue tiene lo que he venido haciendo hasta ahora; algo de caprichoso, de veleidoso también; algo de exquisito; mucho de burgués indeseable mal. Quizá uno pueda dotar de algún sentido, moral u otro, su hábito de escribir; lo cierto es que uno sabe --y lo supo siempre-- que, para que valga la pena, hay que escribir como un condenado. Un laburo no sé si extenuante, pero sí empecinado, cabeza dura, propio de mulos. 

Una gran regularidad, una obcecación, en la tarea de escribir. 'Nulla dies sine linea': de eso hablo. 

Quizá debería convertirme en una especie estética de periodista o reportero (me refiero a ser un productivo total). ¿Pero sobre qué escribir? Y: sobre el pensamiento, sobre lo cotidiano. Pensamiento como interioridad o reflexión sin tregua sobre lo cotidiano de uno; sobre los mínimos movimientos del alma: cada día, todos los días. Pienso, y no sé si es así. Pienso como comenzando --el "por fin"-- a planificar algo en serio. Pienso como queriendo proponerme un gran proyecto; algo que abarque muchos años. Pienso así: formulándome una tarea muy, muy paciente, y sin mayores esperanzas. Pienso en una severa constancia; para tenerla, digo. Una severa constancia: una afanosa pasión.

Fumo. Como un maldito trabajo que finalmente termina por hacérsele imprescidible a uno, eso. Como una disciplina que puede llegar a tornarse hasta agradable; algo al cabo llevadero. Como calculando los frutos de un muy probablemente lejano futuro. (La Biblia: "por sus frutos los conoceréis".)

Será lo del Dante, de algún modo: a la mitad del camino de la vida, se me aparece la disyuntiva. El cómo del para qué de mi escribir, de mi gustarme escribir. Una especie de regeneración, de replanteo existencial de mi actividad como escritor, digamos. 

En todo caso, señalarán, eso es una cuestión privada, personal. Pero lo escribo (quiero decir: lo publico). Por qué no. ¿No lo estaré lechuceando, con lo mal visto que suele ser hacer eso? ¿"Obras, no promesas"? Lo escribo, lo publico. Quizá no tenga nada que escribir, hoy, sino tan sólo este propósito ("de enmienda"), este esbozo de proyecto. Por qué no. Si estoy solo, y estas anotaciones mayormente lo están también, así, tan a la deriva, tan entregadas al olvido o, mejor dicho, al casi seguro pasar totalmente desapercibido por el público lector. Escribir porque eso solo es lo que es lo mío, porque eso solo es el ahí en donde puedo estar y ser yo, más allá de ser leído o no. Como alcanzando un poquito más de libertad. Como animarme a animarme. 

Fumo. Lo de uno es tan amado por uno mismo... tantas veces, en tantos casos. Tan apreciado, tan sobrevalorado. A lo que escribimos le auguramos, sí, inmortalidad; ahora no nos leen, es cierto, pero eventualmente aparecerá ese lector "que sabe": ese que está preparado para reconocer el valor de nuestro escrito, y que, de algún modo, hasta lo habría estado esperando. 

Y quizá no sean tantos los que aman así --digo: tan desenfrenadamente-- lo propio; pero yo sí lo hago. Mejor: tiendo sospechosamente a hacerlo. Parámetro delicadísimo de mi identidad, eso es lo que pasa. Como quien dice: "pero es que eso es lo que me define...". Porque tampoco quiero entregarme al rol del descreído, del --anotemos-- reventado. En todo caso, vivo y me permito padecer dialécticas varias del alma ("que no existe"). 

Vivimos tantas veces de promesas... Quién las formuló, terminamos por preguntarnos. Y difícilmente hallemos respuesta para dicha pregunta, si no somos de sabernos ver; pregunta que es una vacilación y un cansancio de doblegado finalmente por el peso del desaliento. Fe, Esperanza, Caridad: ¿no las llamaba Nietzsche (todavía me falta aprender alemán) las "vivezas" cristianas? O las "listezas", no sé. Nos deleitamos, entonces, con la promesa del advenimiento del reconocimiento de la propia obra, y somos de ir aportando, pacientemente, grano a grano, nuestros poemitas, nuestras prositas, y los almacenamos con total meticulosidad en blogs, en carpetitas, en ese depositario de la genialidad ignorada, despreciada, herida: por ahora (y: "ya nos resarciremos debidamente...", al modo, placebo verbal, en que se consolaban algunos Padres de la Iglesia prometiéndose desquites para la otra vida, según cita el mismo Nietzsche, en la Genealogía de la moral). 

¿Y quién garantiza dicha promesa? Únicamente nosotros, que justamente no podemos hacerlo. Ganas me dan --ahora que ando releyendo los Sueños-- de agarrar y hacerme senequista consecuente mal, desengañado tremendo. (Desengañado, sí: pero nunca descreído, reventado, arrastrado.) La macana es que tengo que admitir, también para esto, que mi índole es otra. 

Leer La Biblia, leer Francis Jammes: nuevamente me sumerjo en el laberinto de la autenticidad. Mundo hecho de libros, y la biblioteca siempre a mano: qué lejano será todo esto para muchos, de leerlo. De entre los que tengan, aparte, el hábito de leer. Mario, el del quiosco, por ejemplo, que ayer me convidaba con un vaso de vino en plan peronista total: nunca sabrá de este escrito, de este, repito, laberinto. O Piedra Limada, humorista de galpón, que vive en una inercia mayormente distraída. Y todos aquellos de los que no doy cuenta pero que se me están cruzando, ahora mismo, por el pensamiento. Los de "la otra vida". Los de cada otra vida. Los otros.

En fin, en fin, en fin. Cacharé Jammes. Eso: cacharé una cosa, después otra. Cobro, después de todo esto, conciencia --¡disculpen!-- de que venía ejecutando la figura (un poco como las figuras del enamorado según Barthes, pero en otro terreno) de la disyuntiva, de la encrucijada. La de tentarme con un (nuevo) sacrificar algo, la de tentarme con un (nuevo, vacío, ilusorio) renunciar a algo. Tiempo de trabajar: tiempo de bajar la guardia. 

17 de julio de 2011

La intemperie

Le habían encargado escribir. Y algo hizo: desmañado, abotargado, confiado. Anotó frase tras frase, casi que obedeciendo a una ecuación imaginaria que podía ver con mucha claridad: la mujer ya no le interesaba, sino poder dar cuenta de esos tres elementos que ella le había propuesto tan así, desenfadadamente; poder, él también y por una vez al menos, ser capaz de jugar con otras reglas: las de la mujer, que era otra.

El texto que de ello resultó no le interesaba sino la posibilidad que se le abría de pronto, como urgida y menesterosa a la vez, luego de semanas de no poder escribir; luego de semanas de sólo durar, de únicamente permanecer entre cosas que el tiempo, displicente, le alcanzaba. Y el tiempo, y luego la mujer -reflexionaba ahora-, le acercaron siempre formas incómodas de pensar: formas por las que no se dejaba ganar, formas que para él no tenían forma.

Se había sentido impedido, acallado quién sabe por qué. Todo se deshacía, había sido de creer, sin mayor consistencia. Nada importaba, en el fondo; todo eran rápidas fuercitas no logradas. Eso: la forma que no cuajaba, el callar, el tener que callar porque nada tenía para decir, esa especie de pasividad un poco molesta, todo eso lo había como inundado, sumergido en un "estar" (una de las fichas) del que ya nada esperaba. O esperaba algo que de algún modo sabía que no llegaría, que no podría llegar. Y sin embargo...

Eso: sin embargo lo veía posible. Monstruo de la esperanza, figurita del devaneo, pueril y siempre torpe. Y él ya no podía hacerse de otro modo. Hacerse: volver a hacerse a sí mismo, cambiar de posición.

Se preguntó entonces por la mujer. Y no supo qué decirse, porque no podía prefigurarla ya. Eso de algún modo lo maravilló. Había quedado funcionando. El tiempo se abrió hacia adelante, como quitando un muro, y mostró un lago. Había un par de huellas en el limo; ella tenía que haber estado allí, antes, quizá hace mucho, y él no sabía para qué estaba en ese lugar y ante esa forma amiga de la noche y el silencio. Forma quieta pero promisoria. Había un lago, y la espera ahora no era una mera posibilidad, sino una condición casi que como impuesta. Había perdido su casa.

2 de julio de 2011

Viaje al Parnaso

Una de la mañana. Leía en la cama, fumando, cobijado por el acolchado nuevo, y sentía un calorcito tan agradable que pensaba que podía seguir con la lectura de la Grammaire por horas; por eso mismo la interrumpí, me levanté, me preparé un mate y me vine a Magnolia. Escucho ahora Lost Heroes, un disco de jazz para piano solo de un tal Iiro Rantala, finlandés y buen músico para más datos.

Hermosa obra. Temas serenos, agradables, casi que hasta entrañables, de tempo mayormente andante. Ya van tres veces que lo escucho desde que lo bajé -anteayer, creo-. Me sucede con éste lo mismo que con Angel Song: me compraron desde que los oí por primera vez. Un equilibrio muy logrado: buenas melodías y armonías, improvisaciones poco aparatosas. Es de agradecer la labor que Ignoto Transversal viene llevando a cabo en toy enojau. ¿Conoceré alguna vez el nombre real de este blogger, lo llegaré a conocer personalmente? Chateé con él alguna vez; se mostró esquivo en esto, pero por lo demás fue muy abierto, piola.

Así, abandoné el calorcito de la cama y me vine a escribir. - Salí de casa tipo cuatro y media, más que abrigado, con tres libros para la Mediateca bajo el brazo, y con la radio del celular sintonizando la Pobre Johnny. El E no tardó mucho. Viajé al principio parado, más bien adelante. Tenía enfrente a un chiquito down que se daba vuelta en su asiento y le hacía caras a alguien que probablemente era pariente (un tío, pongamos). Esos cuatro asientos iban ocupados por, digamos, la familia. Había amabilidad y cariño en el ambiente. Yo observaba la escena, distraído, y no pensaba en nada en particular.

(No pensaba con palabras, quiero decir. La atmósfera del colectivo, con toda la gente que había ido cargando, era más bien tibia, dulzona. Más allá de las sacudidas, no estaba del todo mal, hoy, viajar en bondi. Algo funcionaba.)

Algo funcionaba: alguien le alcanzó a otra persona un celular que se le había caído. El enano ciego y jorobado (pequeño Tambor de hojalata, ¿cómo se llamaba?) que sube poco antes de la terminal cosechó varios pesitos. De pronto, y para mi sorpresa, el que iba al lado del tío del chiquito down se ofreció a llevarme los libros. Accedí y agradecí. El tipo los cobijó en su falda. Poco después se liberó un asiento. Los recuperé y volví a agradecer.

Sé que para algunos este texto tomó el camino de lo bolulindo. Pero por qué prohibirse tonos, estados. Eso sucedió, y eso anoto ahora, porque es eso lo que vuelve. Ya me tocarán de nuevo los tiempos de penar, los tiempos de ansiar de más, de forzar (inútilmente) los dados del devenir.

Dones casuales, no esperados, entonces. Viajar, hace muchos años, en colectivo, era para mí toda una tortura. No soportaba -padecía- el chirriar de los metales sueltos, las violentas frenadas, la espera en la parada, los gestos, el silencio de la gente, el malhumor, la impaciencia, los gritos y conversaciones demasiado fuertes, todo eso. Yo era mortuorio. Incluso salir de casa, por años, para mí, fue lo peor, lo más temido. Podía estar una o dos semanas sin bañarme, dejándome crecer el pelo, desgreñado, sucio, dejando crecer la barba, pálido y oscuro, solo con los libros de la biblioteca, con la inmensa noche por lectura, con el silencio (con no dialogar con nadie), con fermentar mal y nauseabundo -"espiritual"- en mi depresión negra, odiando el mundo y la vida, aferrado a nada, sólo a la duración, y a la inextricable y muy melancólica música. Sólo salía para ir al médico, y esa única salida la aprovechaba apenas para agenciarme más libros. Y luego, el dolor callado, supurante, inútil. Techo y comida, libros y dolor.

A quién puede sorprender, entonces, que disfrute de cosas tan sencillas como la simpatía, la sonrisa, la ternura. Cosas que no son vacías si es que un padecer torturado no las ha vaciado, no las ha negado previamente.

- . - . -

Llegué al centro y fui a la Alianza. Después me junté con Pablo Anadón -con el que algo estamos tramando-. Nos encontramos en el Café del Monse. El sol estaba yéndose; en esa parte del centro ya no había hacía rato, porque los edificios lo tapan pronto. Yo me pedí una cerveza, pero Anadón, decididamente cauto, optó por el café. Pronto nos sumergimos en la conversación.

A tal punto nos sumergimos, que ni tiempo ni ganas me dieron de pispear chicas. Sabe decir el Flaco (que justamente entró al Café a tomar algo) que por esa esquina pasan los mejores culos de Córdoba. Es comprensible: Abogacía está a media cuadra, y las vagas, lógicamente, se re producen para ir a clases. Por ahí vi a una que compraba algo en el quiosco que está al lado; aprobé y volví, sin más, a la charla.

Anadón prefiere hablar sin levantar la voz. No me costó oírlo, pero era raro: los bares del centro como que exigen los gritos, el énfasis jactancioso, la risotada que a veces desfigura el rostro. Hablamos, claro está, de poesía. El punto que apasiona a Anadón, y por el que viene rompiendo lanzas es, resumo (que me corrija, porque tiendo a desfigurar mucho lo oído, lo leído), el poco arte con que se está escribiendo, de hace unos años a esta parte, la poesía en Argentina. Por "arte" quiero decir: artesanía, oficio, pericia, habilidad, oído. Es decir: gran parte de los poetas que hoy dan a conocer lo suyo no saben lo que hacen; que pretenden hacer poesía con procedimientos toscos.

Esto puede generar oposición, controversia. Fénix (la revista que dirige el mismo Anadón) y también Hablar de poesía (la de Ricardo Herrera) están manteniendo un debate con poetas de que, digamos, Diario de poesía es representativa. Es algo flojo presentarlo así, lo sé, sobre todo porque yo vengo enterándome del debate más que nada por la Hablar de poesía, pero en líneas generales puede decirse que hay, por parte de las primeras, una propuesta a los poetas argentinos de recuperar el verso clásico (y el arte necesario para practicarlo), mientras que la última propone continuar el trabajo que iniciaron, pongamos que hacia 1920, las vanguardias históricas.

Digo todo esto de corrido y como al tun-tún, pero sé que, en el sucederse de los debates, los argumentos se han ido refinando y complejizando, de parte de ambos "bandos". Como no soy del ensayo (que se me hace algo meditado, elaborado, ordenado) sino de la anotación (una como impresión, un ponerse a escribir, sí, pero sobre todo a divagar, hasta que algo "cierra" y redondea el texto), lo mío, lo de hoy, es comentar un poco que existe dicho debate, y que hay reflexiones y textos interesantísimos que invito a rastrear a la muchachada deseosa de saber más del asunto.

Una cosa le comentaba a Anadón, que quiero repetir aquí: en las dos formas de hacer poesía (la del verso medido, la del verso, pongamos para resumir, libre) hay poemas memorables, y en las dos hay cosas (muchas cosas) malas. Apuesto, para empezar, por la pericia del lector, cuando reconoce que hay arte (en el sentido, repito, de oficio) en algo que lee. Para mí, es un mínimo, un piso que tiene que alcanzar el poeta. Me acuerdo de algo que dice Harold Bloom en Poesía y represión, eso de que el poema está como que obligado a responder una pregunta (un poco impaciente, un poco ofuscada, la verdad) de parte de su lector: "¿por qué tengo que leer esto?". O por qué volver a leerlo. O por qué el poema se hace necesario, si es que algún texto puede hacerse necesario en nuestras vidas.

Para mí, una cuestión central es que el poema sea memorable. Muy pocos poemas acceden a dicha categoría, y además supongo que sus parámetros varían de lector a lector.

(Pienso ahora que varias veces lo memorable no es un poema. En muchos de mis poemas trato de dar cuenta de "la oscura lucidez" de una mujer que conocí hace mucho. Y esos poemas no bastan para nombrar esa imagen o sueño; y esa imagen o sueño es para mí lo memorable, lo inaudito, lo que no se repetirá; algo, bien veo, que el lector sólo podría colegir, muy en el mejor de los casos.)

Pero también lo memorable, en poesía, tiene forma. No una forma fija, pero sí una que se ha ido decantando con el correr de los siglos. Ha ido madurando, se ha ramificado en diversas especies, ha medrado. El temor de Anadón es que los poetas de la actualidad no estén enterados de ello, esto es, que no hayan leído nada o casi nada de ese tremendo pasado (tremendo por lo vasto, por lo rico). Pasado como legado; Anadón habla de "la tradición". En esto yo lo comparo con, por ejemplo, los rockeros que sólo escuchan rock, y básicamente nada (quizá por prejuicio) de otros "géneros" -como los llama el mercado-: una idea que tengo, que seguro me refutarán en varios casos.

En fin: hay una propuesta. Una exhortación dirigida a las nuevas camadas. Yo lo diría así: no hay que limitar las lecturas. (Y sobre todo: hay que leer más de lo que se escribe.) No se puede tener el prejuicio de que lo pasado ha caducado por el mero hecho de pertenecer al pasado. En especial porque, si uno lo empieza a leer, a revisar, se da cuenta de que, realmente, no ha pasado; esto es, que nos sigue diciendo cosas, muchas veces de un modo más "memorable" que muchas de las de nuestros contemporáneos: cuando aprendemos a apreciarlo.

Herrera insiste en retomar el verso medido; él al menos (lo cuenta, por caso, en la reflexión que abre la Hablar de poesía nº 21) se vio en la imperiosa necesidad de rescatarlo: para sentir que no estaba haciendo cualquier cosa (en el preciso sentido en que se dice "cualquiera"). Yo quiero ser un poco menos vehemente. Me gusta que haya tanta riqueza (variedad, cantidad) de poesía en el presente. ¿Cómo pedirle a los otros que ahonden en su oficio? ¿En nombre de qué? Uno sienta posición con la propia obra (y si no trasciende no trasciende). En mi caso, casi todos los poemas que vengo publicando en La lección... responden a algún tipo de arte (oficio, habilidad). Me gusta eso que dijo Spinetta últimamente: que él, a la mediocridad (de los rockeros actuales, o muchos de ellos), respondía con calidad, con elevación. La verdad no sé (¿cómo saberlo?) si mis versitos están proponiendo algo valioso o no; pero hay muchas cosas que ya no me permitiría escribir: por un mínimo de exigencia.

8 de junio de 2011

Un loco

Dos hornallas, prendidas. En Córdoba hace frío. Escucho piezas para piano de Aaron Copland, luego de una larga tarde de lecturas variadas. Felisa duerme y duerme, con cierto gesto de malhumor. Me cruzo de piernas y me cebo un mate, y me pregunto por Tal Gabu, que se las tomó.

Ayer me patiné un poco de plata (y no me sobra) en un par de libros. Me hice de Crías nuevas, de Fernando Bellino, y de la Hablar de poesía nº 21. De más está decir que ya me los fagocité. Pero qué importa: la poesía es para releerla; para comenzar a entender un poco aunque más no sea mediante la relectura. Porque es la particular voz de otro, de un escritor que no soy yo, la que tiene que comenzar a surgir, a entreverse, más allá de lo que uno le impone, cómo la sobrecarga, la desfigura.

Día de descubrimientos, el de ayer: saqué de la Mediateca de la Alianza la obra poética de un tal Léopold Sédar Senghor, senegalés, ya de no ser. Y lo que en ella leo me deja boquiabierto. Tengo para empacharme por días. Pienso de pronto en cómo será mañana, en cómo ocuparé el día, y lo que la imaginación me devuelve es una jornada igual a la de hoy: estar acá en casa, con las hornallas, con los libros. Una jornada plena. A la tardecita me iré a francofonear; y volveré cansado, y seguiré leyendo, reventándome (puchos, sedentarismo total).

Pero, como quien dice, el futuro está abierto. Ayer, al volver de terapia en el T (viniendo del Cerro a San Vicente), se sentó a mi lado un loco. Inmóvil, rígido, mudo, todo el tiempo la vista al frente, las manos sobre un bolso que llevaba sobre el regazo. Yo calculé que se iba a bajar en el centro; pero siguió.

Entonces supe que la cosa era conmigo; que me seguía descaradamente. Cosa que se confirmó cuando me levanté para bajarme, y él también lo hizo. Nunca lo había visto, ni en el barrio ni en ninguna otra parte. Bajamos, entonces; él atrás mío. Prendí un pucho y esperé, parado en la vereda. Él, ahí, comenzó a caminar, rígido y lento, en dirección al centro. En ningún momento se dio vuelta.

No tuve miedo. Me preparé para la pelea. Había pensado en levantarme del asiento un par de paradas antes, para que él hiciera lo propio, y ahí esperar parado, y que así él se vendiera. Pero no lo hice: porque le estaba dando la oportunidad de desmentirme.

¿Sólo imaginé? Veremos, el lunes que viene. El futuro está abierto, y no siempre es para mejor. Lo que sí, pienso en él: flaco, alto, un poco encorvado (Los adioses); y en mí mismo, hace algunos años: no siguiendo gente, pero sí inmóvil, rígido, mudo, en colectivos estruendosos y colmados de gente en los que naufragaba en una mezcla abyecta de espanto y odio.

15 de mayo de 2011

Lope, o del ocio

iba el lobo lope 
tragando saliva 
estaba sufriendo 
por no hablar a tiempo 
su amor se le iba
(Kiko Veneno)
Opale 
Se calienta la pava. Van a ser las ocho, y no hay asomos de cansancio aún. Escucho Opale (P. Fresu, F. Tattara, F. Di Castri), música hermosa que hacía meses no ponía. Leí durante toda la noche, sin que llegara a generarse "la búsqueda infinita", a la que mucho temo, y el Gabo igual. La noche es un gobierno: el del silencio, el de los gestos medidos. Me acuerdo de la otra, la de los bares ("y una y otra cerveza / cerveza con maní", Fabiana 'dixit'), y no lamento haber pasado sosegado el fin de semana. La Sil me contaba de un colega suyo, bastante capo él, cuyo viernes a la noche ideal constaba de un buen sillón, un buen whisky y un buen tratado de física.

Lope de Vega 
Yo también anduve con mi Libro Gordo de Petete: me vengo castigando con una lectura lenta de unas Obras poéticas de Lope que, sin ser completas, tienen 1476 pp. Evalúo como al tun-tún sus versos, me planteo algún que otro problema de métrica, de sintaxis, de vocabulario, problema que se me presenta brevemente y luego, a poco de avanzar en la página, se esfuma. Supongo que si anotara las ideas más bien pavas que voy teniendo podría escribir algún engendro sesudo, alguna reflexión descabalada (gracias, Borges) que llamaría la atención de muy pocos, si no de nadie. Sabiendo muy bien esto, me divierto, como C. E. Feiling con esas traducciones que, según declara en Amor a Roma, hacía sin el menor ánimo de darlas a conocer.

Son, las mías, aventuras de lector contumaz. ¿Qué importa a nadie que, 'circa' 1600 y en España, o en todo caso en Lope, el sustantivo "pirámide" fuera masculino? ¿Qué, una poesía que precisa de ingentes notas a pie de página? ¿Y qué, que sea cada vez más de la idea de que la rima constriñe a cierta sintaxis? Lezama Lima no sólo leía a los barrocos, sino incluso a los barrocos menores, por más que después delirara a gusto; yo, que hace muy poco di cuenta, y todavía lo estoy procesando, de que el cubano me había arruinado los versos, vuelvo a Lope como a un viejo amor. ¿Y cómo no quererlo, si escribió: "y de mi verso altísimo sujeto"? Y para dicho sujeto, el amoroso -opto por creer-, ¿qué mejor que la llaneza, la abundancia, la blandura de su dicción?

Así, son investigaciones caprichosas, fortuitas. Medidas fiebres, quizá: esta curiosidad abarcará dos, tres semanas, me propondré luego otro afán, serán otros los libros a leer. Al cabo del tiempo me acordaré con una algo enojada especie de cariño que sí, me había puesto tonto el mencionado "sujeto", del que no habrá de quedar más que el aire...

El aire: eso es lo que resta, en mi memoria, de prácticamente todo lo que leo. No recuerdo casi ningún verso de nadie, sino sólo la impresión que la lectura de tal o cual poeta dejó en mí; una especie de vislumbre. Sí: como un conocimiento vago, impreciso, aunque a la vez muy cierto, muy sensorial, muy poco mediado por el discurso, por más que parezca extraño. Y también: sé a quiénes me tengo prometido, en las diversas épocas o estados anímicos míos, releer. Releer: revisar, redescubrir; o, glosando a Nietzsche, volver a a leer por primera vez, o su deseo.

Pienso cada tanto en la relación entre poesía y música. Tenemos nuestros discos habituales; tenemos nuestros libros amigos. Nada se sabe de una vez y para siempre; pero no es meramente por eso que releemos, sino también, y no tendría que ser de otro modo, por el placer, el asombro, el abismarse: esa sensación, ese, repito, estado anímico, que nos sabe brindar tal o cual autor.

Con un poeta con el que hablé hace poco nos acordábamos, entre otras cosas, de los del '27, esos gallegos. Me decía que, como en otras cosas, también en poesía se van desactualizando temas, estéticas, épocas enteras; pero esto lo estoy agregando, razonando. Lo que él señalaba era simplemente que, con el tiempo, muchos versos se nos vuelven lejanos, ajenos. ¿Qué es la poesía en cada época, entonces? ¿Y cómo es la poesía ahora? Pero qué preguntas más ociosas. Porque hay que pensar el asunto muy a lo particular, muy teniendo siempre presente al lector concreto, a cada catador de poesía, a todos los que la aman y la buscan. Cada lector va formando su propio Parnaso; por caso, no hay que dar más importancia de la que se merece a los suplementos literarios.

Pero me quedé pensando en otra cosa. ¿No es que, porque leo Lope y demás zarandajas, esgrimo dicho argumento; esto es, no será que soy un lector a contracorriente de lo contemporáneo? Al toque me acuerdo de cierta conocida: tiene leído unas ocho veces Los miserables, las últimas tres en francés. ¿Por qué? Porque le fascina; y nada más. Lectores inesperados encontrarás en tu camino, lector juicioso: cada uno hace de su derrotero un reino, "un tremendo pirámide".

Termina Opale. Hacía un buen tiempo que no escribía una anotación. Un par de pájaros se largan a cantar, pero muy de a poquito. Todavía no abrí los postigos al día. Hay lecturas que, en todo caso, nunca cometeré; sé piadoso con esta que te he endilgado.