14 de julio de 2010

En la que el prosista se caga en todo y hasta en Nueva York

Piso que, timorato, recondujera inmune las carpas de saltar a ciegas. Ventrílocuo demente, no demasiado amanerado, de fintas mil y estampa, sorbito de caipirinha que dedujera del venablo un árido mentón de cualquier engolosinado en hambre. Encapsulamiento sagaz pero también de alcance, mediante el cual el hórrido verano, sal de veras, repimporotea teucro los ligustrines de ayer. Callada caminó pero la siega, junturas y desmanes consentidos, estableció que el orto y sicomoro de las despedidas bailoteara caduco entre las frondas de lechosidad pulgosa.

Hábito de madreselva: tu tegumento abrupto, caverna de la dentición y empréstito provocadores, no hace de la potranca llamada así Matilda un estropicio de fogosidad y arrechuchos en espera. Limonero y meandros: esa sutil que mucho se esfuerza en el zaguán no concederá lenocinios estereotipados por la contemplación de anáforas -caduco caduceo, rebelión y domeñación-. Porque, de entre todas las condiciones extrapolables del mazo o ciernes de pulgar, la insólita extraerá, contundente y murmuradora, un hálito de nervaduras colapsadas entre yertos espasmos de escansión.

Liza entre paquidermos ordeñables: comés porquerías, tu pezuña no es de las que más amamos, mentón del azabache que se columpia entre desdenes por venir y risotadas ochentosas desde la sillita de ruedas en la que te mecés, salvaje. Por entre columnas te das, dintel de las cabañas en las que cohabito con el pobre y con el melón, moldura inacabable de la dádiva al que se refocila mediante guarniciones de THC filodendral o la revista. Tenedores aguachentos y el cenicerito de percal. Y nunca nos podremos desdecir.

Ocasión en que tu nigromancia de analfabeto espichable corroe entre cartones una plaza de la salutación y estornudo procaces. Callada caminó por entre aldabas, y hasta pateó huesas de callar, por lo que dimos en modelar durante horas para Giordano, cafisho de la señal de engarce. Odio de la maldición a regañadientes.

Melocotón hundido y ojal de almendra: mi torta con rodajas de manzana muy aterida y colapso o yedra de los efás sagrados, fermentan y fermentan y fermentan tus molares de limadura de desolación y destrucción de dioses que no sean ése: el de la cornucopia de leche y miel en la que te otorgás medallitas a cada kilómetro cuadrado, décima etapa. Hinojosa de la rebelión, tu pretérito se esfuerza y, chomazo mi semblante, esparce colillas atascadas en la gorra de lo que más aglutina. Porque si todas las cieguitas condujesen Estados, guanuco el eslabón, a bastonazos remendarían la Muralla.

Callada caminó. Ni Reich te incluye. Tu pipa y tu medalla se desdicen. Calleja pobre a la que sumás denuestos de calzado. Limo sentido.

2 comentarios:

  1. bueno voy a hacer mi entrada, muchas veces me he sentido así y es raro, me gustó, cuánta prosa...seguí así que por ahí vas bien, cuando leo algo tengo que ver dos o tres cosas del autor para ver que onda y leí hasta acá y está bueno, me dejó pensando...viste que iba a entrar en tu blog...bueno nos vemos en otro momento cuando escriba de una máquina de éste siglo, ésta es del pasado y muy leeeeeeeeeeeeeeeentaaaaaaaaaaaaaaaaaaa.un abrazo.Claudia.

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  2. ¡Eh, Claudia! ¡Qué sorpresa! Al principio no sabía quién era pero después me di cuenta.

    Mirá vos, te gustan estas prosas cualquiera... Bueno, sobre gustos, dijo la vieja.

    Che, ya tenemos que organizar una juntada. Le voy a pedir a la Lu tu celu. Nos vemos.

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Micrófono abierto a las voces del alma de turno.