6 de julio de 2010

Rocío.

Pasota de oliváceas, otario inmune, vítor del etario: ¿Quisquisacate es mierda para tu ingrata redoma? Asperjá, flor y meandro insólitos, y desencajá el buey de la cornucopia, visillos la entrepierna, tanta obesa. Solíamos decir del alce en trance, vitriolo de la descomposición; hoy apenas recapacitamos en ansias. Porque, del toisón, el único epitafio o credencial viene a sabiendas. Lícito, overo, pellejo la vinagre, esparadrapo unido: ¿teníamos orzuelos lisos como escarapela y síntesis de los estornudos? No te lo niego: nos regodeábamos lindo.

De todos modos, venablo. De todos modos, el aparatoso esperpento. Te digo y te repito: loco a patadas, camisón y el alcanfor barato, pináculo/incremento a base 'e lino, linotipia falaz contra el arriero. Efá y efá y efá. Eso de cultivar te reventaba los forúnculos y, dejado de la mano del poliedro, tu enhiesta coliflor bien que simulaba Capítulos. Nunca fui de rebañar oteros: ciervo de Juana Manuela, punzó los inservibles, tu lanza o ristra en ajo se envalentonaba contra los beodos mil. Acopio de vendaval y lijas, manopla o huella del franquismo, juraste periscopios o sutileza morosa contra el refucilo de la chacarera ínsita. Bendito cusifay.

Reconcomido entre estampas (¡por Dios, molino campo!), aleación y contra-estaño o lienzo con que reforzar mi mitra y mi medalla, y las aledañitas al cielo en qué, ni a palos rezo por vos, escapulario. Imitación de los macanudos, como la de la cuarterona de ese gustito en ciernes, atiza y lentejuela. Maraña o cachivache de incrustación divina, evolucionábamos hasta florecer en la trincheta de los deberes laicos. Mujer que perseguía al estanciero de los tres pendones, bichito su voraz, cosita de manteca (y Mara: "¡perdón, perdón!", muy desdichada, llorando magullando), nos disponíamos pronto a repimporotear en el oficio, muy a cuatros. Velamen de la inquietud, itas. Como que comíamos a dos carrillos, vela inflada y las pelotas exangües.

Y para que tu melopea, chuloy, pespunteos desacompasados, regurgitara un tornillo, preciso fue que -termo y ojiva- Hiroshima, que te sonreía, se nos alejara entre dos truenos. Redundancia de la sin hueso, probé, mastiqué, tragué. Luego, todos los aludes se percataron de la distancia intonsa entre la antena de los desperdicios y ese chelo de rosadas mejillas. Gaviota tu percal y mamichula.

(Desdicha, tegumento: salo de a ratos la mesada, cacheo al policía, lo escorbuto. Clavícula y rocío: comería frutillas sólo por que me pidieras de nuevo fuego, y al lado te sentaras.)

2 comentarios:

  1. ¿Respiré mientras leía? Me gusta oírte.

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  2. Che, qué visita más ilustre... Te cuento que corrijo en voz alta, como cuenta Oteriño (y muchos otros; él, en un poema) de Flubert, sin su vuelo.

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Micrófono abierto a las voces del alma de turno.