11 de junio de 2008

Digamos: otras lecturas.

Escuchando música nueva, y a la espera de tener internet "chez moi". Va a ser medianoche, y el cýber tiene todos sus chicos y su ninguna chica jugando a los jueguitos sin pausa de esta edad (¿"Ubi sunt" Sacoa, Aeropuerto?). Me acaricio la barba rala, algún pelito rojo, alguna cana: dejo, de hace días, que la pelambre crezca, una vez más para mi cara. De campera, con los zapatos viejos -compré otros, marrones, unos náuticos de gamuza, calentitos, tiernos-, pienso en que retomaré Rufin, con su Rouge Brésil, novela de aventuras, histórica y sencillota, que me sirve para afianzar el franchute bendito que, hoy por hoy, me organiza la vida.

También me castigo con el primer tomo de una extensa trilogía de ciencia-ficción, Marte rojo (me acabo de dar cuenta del color en común de estos dos títulos), de, si mal no me acuerdo, Kim Stanley Robinson. Como se ve, estoy leyendo cosas en las que los acontecimientos contados valen bastante más, para el libro (y para el lector de turno), que el modo en que se los cuenta.

Comí unos tremendos fideos tirabuzón con saborizador Alicante (hoy: carne), dos platazos que me tienen pupudo. Hoy supongo que no escribiré ningún poema. Lector ágrafo.

1 comentario:

  1. Amigo Tamarit: Cliqueo sobre el nombre de este tal Stanley Robinson (a quien desconocía por completo) y leo:

    "Titulado en las Universidades de California, Boston y San Diego, escribe su tesis doctoral acerca de las novelas de Philip K. Dick."

    Y me agrada este dato porque justamente estoy leyendo una novela de este último, que me está empezando a fascinar.

    Un abrazo.

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Micrófono abierto a las voces del alma de turno.