14 de octubre de 2009

Bonanza

La vieja, pelo largo teñido de rojo oscuro, cara que es máscara, no tiene vuelto de 100; me quedo, así, sin cigarrillos. Me dice: "lo lamento", al tiempo que me da la espalda. Reboto de ese lugar de mala onda, y me voy caminando tranquilo: sabés que, para fumar, te metés en cualquier lado, fumes lo que fumes. Me encuentro con Piedra Limada quien, apoyado en la reja negra y mientras uno de los inquilinos pinta de azul cielito las paredes exteriores de la casa, espera a que se hagan las siete: a que haya partido. Converso brevemente con él, me voy. Por el camino me encuentro con la vecina, ligo dos puchos salvadores: hasta mañana, no volverá a fumar, me dice, me sonríe.

Tomo un mate más que lavado, lo estiro de hace como dos horas. El aire está fresco, la heladera zumba su eterna cañeriíta de vaya a saber qué fluido. Siento autos andar, no quiero leer, no tengo nada por hacer, hoy. Ocioso que se deja estar, los libros son la repetición de los libros.

Ayer me junté con Alemar, la simpatía serena personificada. Está contenta: tiene faso a más no poder. Piensa, "elle songe à" hacerse dealer, y descarta la cosa. En cualquier momento se queda sin laburo, y juntos volvemos a proyectar poner una rotisería, una pizzería, algo. Sentados en la explanada del Buen Pastor que da a las aguas danzantes, me acuesto de pronto sobre el cemento y miro el cielo: apenas nubes copitos, dos, tres, chiquitas, hacia el oeste, y atardece. Tomamos de un mismo Citric, se nos hace amiga una perrita negra, los jóvenes, esbeltos, se distienden. Somos dos gordos treintañeros en un mar apaisado de adolescentes. Después vamos a La Alameda, y le damos a las empanadas, mientras hablamos de dejar (yo) el cigarrillo, de meternos a un gimnasio.

Días de esparcir las palabras, aguadas, a más no poder. Días de caminar con la brisa, de sentirme entero, sin fisuras, sin desdoblamientos al hablar. Fumo el segundo cigarrillo; tendré que esperar media hora a que abra Belén: otra gorda. Días de no sufrir.

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