18 de octubre de 2009

Contramantra

Toda la tarde con la Anthologie de la littérature québéquoise, leyendo ociosamente redacciones accesibles, cuadros de síntesis, selecciones de textos "representativos" (pero, Tam!, cómo no lo van a ser, qué inquina cultural, tenías que ser un leído), y preguntas y ejercicios para los chicos del norte lejano, tierra que no conoceré, pongamos.

Tengo un llavero de metal de por allá, regalo de un tío, que me contaba cómo andaba interminablemente en tren, de oeste a este o al revés; y por qué Canadá, por qué eligió ese país para hacer turismo, y no hace tanto, qué curiosidad.

Tomo ya mi cerveza-nochecita, fumo mi Philip Morris, le doy, una vez más, a Perros locos. La Molas es tía del Azul, y me retrotraigo en el tiempo para recordar cuando me trató de borrachín, hace muchos años ya, en el Paseo, encuentro casual, y éramos de un mismo ambiente, difuso y personal. Cuando escuché el disco en lo del Ger, le decía que me parecía una voz un poco fría, un poco "sin alma", como sabe decir Tim. Gerardo me destacaba la producción, los musicazos. Claro: lo escuchábamos en su tortuguita, y pocos detalles podían ser percibidos. Pero me lo prestó, y ahora, en el equipito, le escucho cada vez más la fruición posible. Como una calidez tranquila. Porque, sí, la voz de la Molas avanza cuidando cada detalle en la melodía, matizando, ardiendo lentamente, en el rescoldo.

Noche de niñitos, anoche. Juro que vi bolichear, cuatro de la mañana, a una nenita de diez años, pintarrajeada y ataviada a lo flogger. Ya nos batíamos en retirada, con el Ger, ante tanto espectáculo. Pero vino, salvador, un culo hermoso, enfundado en un jean negro que bien lo resaltaba -¿cómo decía Spinetta?: ¿"tengo envidia de ese jean / que sujeta para sí"?-, a sentarse al lado de mi rostro. Por eso, por lo demás. Por la estética de la mirada que deambula cuerpos vestidos, contacto a la distancia, intactos, a distancia.

Aparece la primera Pau, hecha una furia, en el chat, luego de haber sido saludada hace por lo menos una hora. No puede concebir que entre en contacto con ella, que le ponga "hola". Discutimos, pone mayúsculas, se tara. Su día de la madre termina mal. Me deja adrenalina latiendo. Escucho a la Molas en una triste canción, nada resuelto. Daño que nos hacemos los humanos, regusto por ensañarse, nada de pena, pena, algo de pena, nada.

Tenía que ser así, tarde tormentosa; algún rayo que se descargó.

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Micrófono abierto a las voces del alma de turno.