26 de agosto de 2007

Ocupo esta siesta soleada navegando por internet. No me interesa lo novedoso: por épocas. De pronto sí, y paso horas y horas leyendo cosas que olvidaré rápidamente. Un verdadero apabo, según el término y concepto inventados por Ricardo o algún conocido suyo, hace muchos años ya. Porque lo que va quedando son palabras, y apenas si pocas vivencias. Lo pequeño.

Alargo un mate bastante lavado, con mi termo rojo, que no es Lumilagro sino uno cualquiera conseguido en la despensa del barrio. Vieja despensa, de esas que tienen de todo, ubicada en una casona de esquina al estilo de las de Cuquejo, casonas de pueblo, que es lo que era Coronel Olmedo antes de empezar a ser alcanzada por los estiramientos de Córdoba, que se cansó -todavía no, todavía no- de creer en el noroeste y sus sierritas y ahora comienza a mirar al sur, el llano sur de las plantaciones de papas, zanahorias y afines. No me imagino rodeado de countries, pero eso es lo que el viejito del almacén, sabedor de toda noticia -confiable o no-, pronostica.

Hago ruido con el mate. Siesta, final de siesta de domingo. Todavía no almorcé, pero no tengo hambre aún. Kuy ha publicado un poema en dísticos, unos endecasílabos, que es lo único que, entre los pocos blogs que sigo, da indicio de actividad. ¿Nos ponemos vagos con todo este hermoso domingo encima? ¿Nos preparamos los cordobeses para el más de lo mismo que se avecina con las ya inminentes elecciones? Por lo pronto, disfrutamos de la tranquilidad -hablo por todos-, salimos al Parque Sarmiento con un rompevientos, leemos algún libro no demasiado pesado, vemos tele, navegamos. Todo, para acompañar al tiempo; para que el tiempo siga transcurriendo. Eso pequeño.

3 comentarios:

  1. Tamarit, te leo.

    La siesta, tu circunstancia, el mate, lo pequeño. Y me encuentro entrometido ahí: Kuy.
    Muy amable.

    A veces, leer tus entradas es repirar el aire que en Buenos Aires me falta.
    Vivo en un departamento, un edificio, entre paredes, pero mi primera infancia fue en Junín, provincia de Buenos Aires. Aún conservo en la piel esa experiencia de haber trepado a higueras, de haber visto matar a las gallinas, de conocer en el barrio a los vecinos.
    Ahora no. Ahora todo es anónimo. Ahora todo está lejos, pese a su espeluznante cercanía.

    Con tus entradas, otro aire remoza el aire que respiro. Resalto y destaco eso, eso pequeño.

    Nos leemos.

    ResponderEliminar
  2. ¿Y qué decís de las iguanas? ¿Había, allá, en Junín? Mi abuela, ya de no ser, decía que las había comido. "¿Cómo era?", se le preguntaba. "Tajada de carne, tajada de grasa, tajada de carne, tajada de grasa", respondía, parsimoniosamente.

    Te mando un abrazo.

    ResponderEliminar
  3. No recuerdo haber comido iguanas, pero sí, por ejemplo, recuerdo vagamente el sabor del dulce de higo que preparaba mi vieja; recuerdo el limonero, el ciruelo en el fondo del jardín, la casa de la señora de Bozo que vivía del otro lado lado de la tapia; recuerdo las gallinas y las víboras, los gatos y el galpón de porquerías (al que llamábamos, creo, "galpón de herramientas"). Y afurea, a la hora del crepúsculo, recuerdo a la gente tomando mate, sentada a horcajadas sobre sillas astrosas, cada quien frente a la puerta de su casa... Y no quiero seguir recordando porque, dado que ahí transcurrió mi primera infancia, muy fácilmente transformaría el comentario en un pequeño libro de memorias.

    ResponderEliminar

Micrófono abierto a las voces del alma de turno.